Ese país viable
Debo confesar que estuve fuertemente tentado a cambiar el titulo de esta nota añadiendo un “in”, al termino “viable”. Estoy seguro que si lo hubiera hecho, el número de “cliks” al articulo hubiera aumentado exponencialmente. Y es así: en determinados sectores de la clase media se experimenta un determinado morbo, al hablar de la posibilidad del fracaso de Bolivia como país y su catalogación como “Estado fallido” (similar al que muchos otros sienten al comentar sobre un matrimonio en desintegración por infidelidad, o al despido escandaloso de algún colega, situado en un buen puesto).
Las dudas respecto a nuestra viabilidad a futuro, tienen mucho que ver con el “desprestigio” que ciertos círculos intelectuales, hicieron a nuestro “pasado”, con fuerte persistencia, y notable éxito, hay que decir. Uno de los textos centrales en ese terreno fue “La dramática insurgencia de Bolivia” publicado por Charles Arnade en 1964. Ahí se focalizaron las ideas que catalogan a nuestro país como una suerte de Estado “bastardo”, nacido merced a la acción de un grupo de pillos e inmorales (los “doctorcitos altoperuanos”). De esa manera además se opacó al núcleo intelectual chuquisaqueño (altoperuano) que con mayor claridad esbozó las ideas centrales del proceso independista a nivel continental.
Fueron varios los autores, pero especialmente José Luis Roca en su monumental trabajo “Ni con Lima, ni con Buenos Aires”, que a nuestro juicio hasta ahora no ha sido valorado en toda su dimensión, el que demostró la incoherencia de las tesis de Arnade y el uso irresponsable que hizo de medias verdades, mentiras y rumores. Arnade, más allá de “La dramática insurgencia…”, no hizo ningún otro trabajo significativo en vida, e incluso tuvo que retractarse de alguna afirmación que hizo respecto a determinadas acciones de Casimiro Olañeta.
Pero el “éxito” que tuvieron las ideas “Arnadistas”, no se podría explicar si no hubieran tenido, como contexto al “arguedismo”, entendido como la expresión intelectual más depurada del racismo, convertido en sentido común en amplios sectores de nuestra sociedad. Sobre el concepto de la “nación enferma”, se produce entonces la construcción conceptual del correspondiente “Estado bastardo”. Y sobre esa base general, un extremo culto a la “derrota”, una suerte de celebración del fracaso (acuérdense por ejemplo del “mapa de perdidas territoriales de Bolivia”), que, introducida al imaginario colectivo de la sociedad, le hace un enorme daño a la autoestima nacional.
Más allá de la polémica con Arnade, el enorme valor del trabajo de Roca, se encuentra en que a través de un puntilloso análisis de las distintas etapas en las que se ha desarrollado nuestro devenir histórico, demuestra la coherencia de lo que podríamos denominar como “bolivianidad”. Décadas atrás, Adolfo Mendoza en otro trabajo central para la construcción de nuestro pensamiento, ya había explicado en “El macizo boliviano”, el fundamento geofísico de la formación del país.
Pero volviendo a las diversas hipótesis sobre nuestra viabilidad, que hoy campean aupadas por la crisis política del día a día, vale la pena preguntarse; ¿hay posibilidades reales de una fragmentación?, ¿podemos llegar a ser un Estado fallido?
Resulta difícil de creer, porque tanto la base física descrita por Mendoza, como la construcción histórica reseñada por Roca, han dado como resultado un mercado interno, a pesar de todas sus limitaciones, sólido. Por otra parte, nuestras dinámicas demográficas han generado un enorme proceso de interacción e hibridación cultural que recién empieza a manifestarse en sus formas políticas e institucionales (en la elección pasada, por ejemplo, ha sido significativa la elección, en Santa Cruz de la Sierra, de una chola de origen aimara, como parte del concejo municipal).
En nuestro país, por lo menos hasta ahora, nunca han tenido éxito electoral, ni peso político las propuestas “separatistas”. Los lideres emergentes de departamentos como Santa Cruz o Tarija, saben que a la vez que plantean demandas regionales, deben reafirmar su “bolivianidad”. En lo que se denomina el “campo popular” ha ocurrido un fenómeno análogo; en su momento Felipe Quispe “El Mallku”, que había coqueteado varias veces con la idea de la “república aymara”, tuvo que resignar el liderazgo del sector contestario a principios de siglo, a manos de Evo Morales, que en ese momento planteaba una visión más “nacional” y cercana a las clases medias de lengua materna castellana.
Bolivia no es un país “inventado”, ni formado a partir de decisiones políticas cupulares, pero evidentemente a los factores históricos, económicos y demográficos hay que sumarle ese otro elemento central, que varios autores denominan como “voluntad nacional”, y que en resumidas cuentas implica una construcción “ideológica” (categoría bastante venida a menos en estos tiempos), en el mejor sentido de la palabra.
¿Podemos imaginarnos la via crucis de un país partido, cuando un altísimo porcentaje de la producción de Santa Cruz, por ejemplo, se destina al mercado nacional, o cuando elevados porcentajes de pobladores de lengua materna distinta se agrupan en espacios urbanos reducidos? Reflexionado el tema bajo esa óptica, es difícil pensar que las visiones “separatistas” de uno u otro lado, puedan tener éxito, pero si es evidente que, si siguen creciendo, sin que haya el debate ideológico correspondiente de por medio, pueden causarnos mucho daño en los próximos años.
Ese vacío ideológico, es también producto de la mediocridad de nuestras élites, para las que el concepto de ejercicio político parece haberse reducido a imaginar operaciones de corto plazo (una estrategia electoral, un convenio de comercio, un acuerdo con empresarios o sectores sociales, etc., etc.). Un escenario donde el concepto de la “nacionalidad boliviana”, parece haber caído en desuso, aunque la realidad del día a día de la vida social boliviana (económica, cultural, etc.), diga lo contrario.
[1] Rodrigo Ayala es cineasta y gestor ambiental


