Los dos milagros tarijeños
Se trata de dos “milagros” de signo distinto, aunque en ambos, Tarija, pareciera sintetizar con intensidad, determinadas tendencias que marcan al conjunto de Bolivia.
El primero se dio a finales del anterior siglo y principios de este; nos referimos al descubrimiento de los megacampos de gas: San Alberto, Sábalo, Margarita, que dieron la ilusión de la riqueza inacabable. Dólares que empezaron a llegar en cantidades nunca vistas antes, merced a los volúmenes de gas extraído y los altos precios en que se cotizaba a nivel internacional, en la época.
La “fiebre del gas” inundo todo el país, pero Tarija merced a las enormes cifras que le correspondían, tanto por regalías, como por la distribución del IDH, obtuvo, porcentualmente, una cuota mayor en el reparto.
Y los resultados finales en ambos casos, nacional y departamental, fueron desastrosos. Para utilizar la metáfora fácil, “el sueño se convirtió en pesadilla”. Vivimos el drama de un Estado que no tenia la capacidad técnica y financiera necesaria para administrar los nuevos recursos y de un sector dirigencial sin la visión suficiente para realizar lo cambios necesarios, y mirar a largo plazo. Los millones de dólares se convirtieron en carreteras mal hechas, fábricas y factorías abandonadas, porque se construyeron en los sitios incorrectos o porque cargaban con deficiencias estructurales, burocracia inflada hasta el limite con fines de clientelismo, etc.
En el caso de Tarija, los efectos son duraderos, ya que el Estado central, bajo el argumento, de que tenía “demasiado dinero”, dejó de incluirla en inversiones significativas de carácter nacional y le traspasó diversas obligaciones, que ahora, en medio de la absoluta quiebra, se ve en figurillas para poder cumplir.
Y, sin embargo, paralelamente, mientras el gas se agotaba alimentando diversos tipos de acciones estatales y políticas dudosas, en el valle tarijeño, se generaba una práctica productiva virtuosa; la de los cultivos de alto valor, centrada en primera instancia en la viticultura.
La industria vitivinícola de Tarija tiene el enorme mérito de haber logrado crecer sin subvenciones estatales directas, pero además en una lucha permanente contra el contrabando proveniente de la argentina, que en los prolongados años de crisis del vecino país, en el momento en que nuestra moneda era fuerte, ofrecía productos a precios regalados.
La viticultura tarijeña ganó el mercado nacional e impuso una nueva cultura de consumo en la mayor parte del territorio, y adicionalmente en base a una calidad indiscutida, comenzó a ganar posiciones en el mercado internacional. Sobre esa base, unos años después, comenzó a operarse la segunda fase del “milagro”; el enoturismo; la ruta del “vino”, que también en poco tiempo, se ha impuesto en el mercado nacional y ha comenzado a concitar la atención de diversos actores internacionales.
Pero adicionalmente, la industria vitivinícola tarijeña y el enoturismo, tienen un valor mayor como insumo para la sostenibilidad futura de Bolivia, en la medida en que son prácticas productivas y de servicios compatibles con la conservación y la salud del entorno natural.
El valle central tarijeño es virtuoso en cuanto a la fecundidad de sus suelos y tiene una campiña cuya belleza constituye un atractivo en si misma. Pero al igual que el conjunto del país, está amenazado por el comercio ilegal de tierras; los famosos loteamientos, además de concesiones mineras, que amenazan la integridad del territorio.
La viticultura, los otros cultivos de valor que han comenzado a desarrollarse en Tarija, tales como los arándanos, olivos, etc., unidos al desarrollo turístico, marcan el rumbo que debe tomar Bolivia, si es que quiere tener un lugar digno en el nuevo mundo que se esta gestando a partir de la revolución tecnológica en curso. Solo la biodiversidad conservada y la producción armoniosa con ella, pueden asegurarnos un sitio en ese nuevo panorama en que la inteligencia artificial, el descubrimiento de nuevas fuentes de energía y las nuevas formas de procesar materiales, están diseñando una forma distinta de ser para los seres humanos.
Son varios los pensadores que han identificado a Tarija como una especie de síntesis geográfica de Bolivia; un pequeño territorio dividido por numerosas cadenas de montañas, en el que se concentran varias eco regiones (las más importantes de Bolivia, con la sola excepción de la amazonia).
En este territorio se han desarrollado con especial énfasis esas dos “tendencias” que marcan la bifurcación de las posibilidades futuras de nuestro país: por una parte el extractivismo del dinero fácil y el devenir miserable, y por el otro la producción sostenible, la única que nos puede garantizar un futuro digno en una sociedad global en cambio.


