Bolivia ya no negocia como Estado: las potencias hablan directamente con el territorio
La posesión de Leonardo Loza fue un movimiento del bloque euroasiático en territorio disputado por EE.UU.
Hace dos días publiqué en mi muro de Facebook una fotografía y un comentario breve sobre la presencia de embajadores de Rusia e Irán, junto con comitivas de China e India, en la posesión del gobernador Leonardo Loza en Cochabamba. Las respuestas fueron variadas, más de las que esperaba para un tema que en Bolivia no suele estar entre las prioridades del interés de la opinión pública.
Con todo, hay que decir que gran parte de los comentarios fueron insultos pergeñados por bots, haters, trolls y otros encantos. Pocos se dieron a la tarea de construir algún argumento en el nivel y esfera que corresponde lo cual, al fin, me muestra que ya estoy bajo el radar de la posible censura de mi cuenta.
Aclaro nuevamente. No se trata de afinidad política ni de valoración personal de Leonardo Loza. El punto es analítico. Mi interés está en observar dinámicas geoeconómicas, territoriales y políticas en múltiples escalas.
Desde esa perspectiva, la presencia de estos actores diplomáticos, representantes de potencias mundiales, exige una lectura estructural. Lo que vemos se inserta en una tendencia más amplia, la emergencia de microecosistemas de soberanía dentro del Estado-nación westfaliano, en un contexto de crisis del sistema internacional que dió nacimiento a ese tipo de configuración estatal.
A partir de ello, esta situación nos obliga a reflexionar en al menos tres dimensiones centrales:
Primero, la debilidad relativa del Estado boliviano. No en el sentido simplista o ideológico de Estado fallido, sino como un Estado cuya capacidad de control territorial, regulación económica y monopolio efectivo de la coerción es heterogénea y, en varios espacios, limitada. Esto no es una anomalía exclusivamente boliviana, sino una característica recurrente en Estados periféricos insertos de manera dependiente en el sistema-mundo.
Segundo, la debilidad del gobierno como eje exclusivo de articulación externa. Para estas potencias, el gobierno central ya no aparece como el único interlocutor relevante. La práctica diplomática revela una diversificación de canales. Por lo tanto, actores subnacionales, liderazgos territoriales y estructuras de poder local adquieren centralidad. Esto implica, en términos concretos, una relativización del monopolio estatal sobre la representación internacional del territorio. Nos muestra también que lo geopolítico-económico ya no se juega unicamente al nivel de la escala mundial y regional.
Tercero, la vulnerabilidad territorial frente a múltiples actores internos. Bolivia presenta una configuración donde distintos nodos de poder, a saber, la minería aurífera, los sindicatos cocaleros, la agroindustria cruceña, estructuras urbanas con alta capacidad de movilización como El Alto o Santa Cruz, operan con grados variables de autonomía. Esto no equivale automáticamente a una fragmentación consumada, pero sí indica un proceso potencial de diferenciación territorial del poder.
Es importante precisar que la existencia de múltiples territorialidades no implica, por sí misma, una fragmentación del Estado. Sin embargo, sí constituye una condición de posibilidad para procesos de reconfiguración del poder, especialmente cuando actores externos comienzan a interactuar directamente con estos espacios.
En ese marco, la presencia de diplomáticos en Cochabamba debe leerse como un indicador de ajuste estratégico ante su desplazamiento por Estados Unidos. Ante ello, Rusia, China, India e Irán no operan bajo supuestos formales del orden westfaliano clásico; están reconociendo, en la práctica, la complejidad interna de los Estados periféricos y actuando en consecuencia.
Todo esto se inscribe en un proceso más amplio de desplazamiento relativo del centro de gravedad global desde Estados Unidos y Occidente hacia Asia. Esta transición no es abstracta; se materializa en territorios concretos como el nuestro.
Bolivia no es un observador externo de esta transición, sino un espacio donde esta reconfiguración se expresa de manera directa. La forma en que actores externos interactúan con nuestras estructuras internas revela nuestras propias debilidades, pero también delimita con precisión los puntos críticos sobre los cuales debería centrarse cualquier estrategia estatal seria: control territorial efectivo, articulación política interna y capacidad de centralización decisional. Y está claro que decirlo es mucho más fácil que intervenir en esos espacios. Y es que mientras no exista un liderazgo capaz de aunar las voluntades del bloque popular ello no será posible. Es, pues, una ingenuidad pensar que esos problemas estructurales pueden ser tecnocráticamente solucionados.
Por tanto, más que un motivo de alarma inmediata, estamos ante un llamado de atención estructural. Un diagnóstico de las fisuras existentes en la organización del poder en Bolivia, en un momento histórico en el que esas fisuras dejan de ser invisibles para convertirse en puntos de entrada para la acción geopolítica externa.
Felipe Limarino es analista en Inteligencia Territorial, Riesgo Geoeconómico y Análisis Espacial





