Estar en la universidad es una cosa de pocos: sobre un podcast sobre educación superior
Cobertura: lo esperable y lo problemático
El 22 de abril, el canal de YouTube de la Agencia de Noticias Fides publicó el video “Educación Superior en Bolivia: limitaciones y desafíos hacia el futuro”. En él, la politóloga Natalia Aparicio conversa con Vicente Cuéllar —ex rector de la UAGRM— y Martín Montaño —director de carrera en la Universidad Católica de Santa Cruz—. La charla, de casi una hora, abordó diversos temas sobre la educación superior en Bolivia: preparación de los estudiantes, calidad docente, vocación de investigación, entre otros.
Una hora es, sin duda, insuficiente para desarrollar estos temas en profundidad. Sin embargo, la discusión pública sobre educación superior no debe desaprovecharse. En ese espíritu, en las siguientes líneas aporto algunos datos y elementos para pensar el problema con mayor precisión.
Me concentro, por razones de orden y espacio, en un solo punto: la matrícula y cobertura en la educación superior y sus implicaciones para la desigualdad. Aparicio señaló que, así como se redujo el analfabetismo (!), también creció la matrícula universitaria entre inicios de siglo y 2021. Según estos datos, 758.000 personas estarían inscritas en el nivel universitario. La politóloga consideró esta cifra “baja”, aunque luego matizó: “también (los bolivianos) somos pocos”. ¿Cuál es, entonces, la situación real?
Con la Encuesta Nacional de Hogares 2024 pueden hacerse algunas estimaciones. Actualmente, primaria y secundaria concentran la mayor parte de la matrícula: 35.5% y 33.8%, respectivamente. El nivel superior agrupa al 17.4%, mientras que el resto corresponde a educación inicial. La menor proporción en educación superior es esperable: la educación básica busca coberturas cercanas al 100%. De hecho, en la población de 6 a 18 años la cobertura alcanza el 97.7%. Esto es comprensible: se trata de establecer una base común de conocimientos, comenzando por leer y escribir.
La educación superior, en cambio, apunta a la especialización. Por definición, los profesionales deben diferenciarse entre sí. En ese sentido, no es esperable una cobertura universal. Tomando la franja de 18 a 28 años —y excluyendo al 3% de 18 años que aún cursa secundaria—, el 38% se matriculó en estudios superiores. El 57.9% siguió otras trayectorias, principalmente hacia el mundo del trabajo.
¿Es razonable esperar que la mayoría acceda a la educación superior? Es, sin duda, un derecho. Pero su ejercicio depende de condiciones más amplias. Para muchos bachilleres, la transición al trabajo no solo es prioritaria, sino la única opción disponible.
En la población de 25 a 64 años, aproximadamente el 20% ha concluido estudios universitarios. En comparación regional, esta proporción es algo menor: 31.4% en Chile, 24.8% en Argentina, 21% en Brasil y 20.6% en México. Bolivia no se aleja drásticamente de la región, pero sí ocupa posiciones rezagadas.
¿Qué implica esto? Desde una perspectiva orientada a superar la dependencia de recursos naturales, una baja proporción de profesionales puede limitar la producción de conocimiento y la transformación productiva. Sin embargo, más profesionales no garantizan por sí mismos ese resultado: también se requieren condiciones adecuadas de investigación y desarrollo.
Desde el nivel de aspiraciones de los actores el problema se plantea de otro modo. La universidad, se ha demostrado, impulsa las trayectorias laborales y permite acceder a mejores ingresos, incluso sin completar el grado. Esto explica su atractivo.
Retribuciones no lineales
Los datos de la ENH lo confirman. En promedio, quienes tienen secundaria completa perciben ingresos de 2.604 bolivianos, mientras que quienes accedieron a educación superior alcanzan los 3.615. Esto implica un incremento del 38.8%. No es un cambio marginal: es uno de los saltos más importantes en toda la trayectoria educativa, comparable solo con el paso desde ningún nivel educativo a primaria incompleta.
Sin embargo, esta relación no es lineal. Los incrementos entre niveles intermedios son menores, lo que sugiere que la educación superior funciona como un punto de inflexión más que como una simple continuidad. Además, la dispersión de ingresos aumenta con el nivel educativo. En los niveles bajos predominan ingresos homogéneamente reducidos; en la educación superior, en cambio, las trayectorias laborales se diversifican.
La educación superior muestra así dos rasgos. Por un lado, su acceso implica la exclusión de una gran cantidad de bachilleres —tema que merece un análisis específico—. Por otro lado, quienes logran atravesarla no solo mejoran sus ingresos, sino que ingresan a un espacio de oportunidades más diferenciado. Desde la perspectiva de los actores es razonable que la universidad otorgue mejores posibilidades, si no ¿de qué valdría tanto esfuerzo? La cuestión es si el logro universitario es en sí un logro o el porcentaje que no llega a entrar a la universidad está excluido porque los costos de oportunidad son demasiado altos.
No se trata, en todo caso, de proclamar la necesidad de universalidad de la educación superior. La fracción beneficiada por pasar por la universidad aprovecha un conjunto muy limitado de posiciones ventajosas. Estas no aumentan solo por existir más universitarios con credenciales. ¿Hacia dónde entonces orientar la educación superior? Ahí es donde las preguntas se ponen más interesantes.


