El premio Nobel de Economía 2025 y qué podemos aprender como país
Hace unas semanas, el prestigioso Premio Nobel en Ciencias Económicas fue otorgado a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por sus aportes a la comprensión del crecimiento económico impulsado por la innovación. Mokyr fue reconocido por identificar los prerrequisitos de un crecimiento sostenido basado en el progreso tecnológico, mientras que Aghion y Howitt recibieron el galardón por desarrollar la teoría del crecimiento endógeno mediante la destrucción creativa, por lo cual, estas ideas valiosas invitan a reflexionar sobre aspectos estructurales que requiere nuestro país.
Evidentemente, existe una agenda por la atención de temas urgentes, para lo cual, pasadas las elecciones la población posee el planteamiento por parte de las autoridades electas para su solución; sin embargo, es importante que, por atender temas urgentes, no se dejen de lado los aspectos importantes o estructurales. Si bien lo primero resulta impostergable, no debe descuidarse aquello que, aunque rinde frutos en el mediano y largo plazo, garantiza efectos duraderos, siendo que, las economías más desarrolladas son prueba de que la inversión sostenida en conocimiento, innovación y apertura al cambio produce beneficios que trascienden los ciclos políticos.
En este sentido, Mokyr analizó los factores que permiten que las innovaciones se encadenen y generen un desarrollo tecnológico autosostenible, subrayando la importancia de una sociedad abierta a nuevas ideas y al pensamiento científico, capaz de transformar los descubrimientos aislados en avances acumulativos, es decir que todo el conocimiento generado por la parte de las universidades, institutos de investigación y población que se dedica al desarrollo científico, sea escuchado y sus ideas puedan ser aplicadas para transformar la realidad, toda vez que cuando una sociedad es estática o reacia al cambio —advirtió— la innovación se marchita.
Por su parte, Aghion y Howitt formalizaron la teoría del crecimiento endógeno por destrucción creativa, según la cual el progreso depende del reemplazo constante de lo viejo por lo nuevo, siendo que las empresas y tecnologías innovadoras desplazan a las obsoletas, impulsando la productividad y el bienestar; este proceso, aunque disruptivo, es esencial para un crecimiento sostenido y dinámico, lo cual queda demostrado en las mejoras de calidad de vida que actualmente se disfrutan a comparación de un par de generaciones atrás.
¿Y cómo se relacionan estas ideas con Bolivia? La respuesta yace en observar los principales sectores económicos del país que son: hidrocarburos, minería, agroindustria, transporte y comercio, los cuales continúan dominados por estructuras tradicionales y de baja competencia, sumándose la dependencia del modelo extractivista, la resistencia cultural al riesgo y fracaso, la burocracia excesiva y una legislación que a menudo protege monopolios estatales o gremiales, desincentivando el emprendimiento, además de las subvenciones estatales, que no han hecho otra cosa que crear en ciertos casos, dependencia en lugar de incentivar productividad o innovación.
Por otra parte, la teoría del crecimiento endógeno enseña que el desarrollo no proviene únicamente de los recursos naturales ni de la inversión extranjera, sino de factores internos como la educación, la innovación y la solidez institucional; en el corto y mediano plazo, Bolivia debe aprovechar responsablemente sus recursos naturales y atraer inversiones que fortalezcan su base de capital, sin embargo, en paralelo, urge mejorar la educación, fomentar la innovación y promover una cultura emprendedora, de modo que, en el largo plazo, las bases del crecimiento descansen sobre el conocimiento y la eficiencia, por lo cual, solo así será posible transformar la estructura productiva del país, dejando atrás las inercias burocráticas y los modelos que perpetúan el subdesarrollo, por lo que el verdadero desarrollo de un país no surge de lo que se extrae del suelo, sino de lo que se genera en las mentes de sus habitantes.


