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Día a día, nos estamos yendo ¡les toca asumir la posta!

Cuando los amigos empiezan a marcharse de esta dimensión, con una recurrencia que cada vez nos hace sentir más vulnerables, empezamos a valorar el tipo de educación que tuvimos en los hogares donde fuimos mandados por gracia divina, con padres y hermanos con los que compartimos alegrías y tristezas, escuelas donde aprendimos a leer y escribir, nuestros primeros maestros, a ejercitar nuestras iniciales interacciones sociales con otros pequeños varoncitos y mujercitas, que después se transformaron en nuestros amigos de vida.

Los parientes de sangre, y aquellos que compartían su tiempo y generación con nuestros progenitores de forma cercana, fueron nuestras tías y tíos que nos regalaba la vida, para llegar posteriormente a nuestra pubertad, etapa donde ya tuvimos la felicidad de tener amigos que nos acompañarían por siempre, aunque hubiese unas cuantas cuadras o kilómetros que nos separarán.

Buscamos afanosamente formarnos, cuando el saber llegaba en unas hojas que había que cuidar como oro, porque los libros, abrían la mente y el espíritu en todo sentido. Así, pudimos coronar nuestro bachillerato y luego, algunos estudiar, otros aprender un oficio, en la lógica de ser útiles. El tiempo y la biología también llamaron a nuestras puertas, buscamos y encontramos pareja, nos comprometimos y trajimos nuestros propios hijos a este mundo.

En ese lapso, aquel bichito de servicio a la sociedad, de querer mostrar nuestras capacidades, de descollar en nuestro entorno, nos soplaba al oído y taladraba nuestras conciencias, cuando éramos testigos de injusticias, de discriminaciones, de malos tratos y de falta de oportunidades para muchas personas que eran consideradas, por decirlo suavemente, como de segunda clase.

Particularmente, en la Bolivia de aquellos tiempos, de los golpes de estado, de los mandones por la fuerza, de los genios del tumulto, de los que se organizaban para manejar las riendas y alternarse en el ejercicio del poder, se fue gestando que los que eran invisibles debían volverse personas que representaban votos reales y no papeletas de fraude. Varias personalidades que fueron perseguidos, maniatados, torturados, vejados, discriminados, y muchas veces asesinados, fueron los revolucionarios bienhechores de nuestra sociedad, de esa en la que nos encontramos al presente.

En esta geografía, de muchos entuertos, traiciones para beneficio de unos cuantos que por ejemplo, rifaron nuestra cualidad marítima, donde se tuvieron que tragar muchos sapos algunos dignos representantes, con visionarios que nos dejaron frases como “Bolivia se nos muere” o “Tierras a los indios y minas al estado”, “La Tea que dejo encendida, nadie la apagara”, “Volveré y seremos millones”, se fue labrando el orgullo de ser bolivianos, donde, seguramente con errores y aciertos, vivimos nuestra realidad, y donde posiblemente, las últimas generaciones que recibimos las enseñanzas de que nuestra palabra es igual o más importante que nuestra firma en un papel, o que nuestros derechos terminan donde empiezan los del resto, que la disciplina y el esfuerzo de cada quién debe respetarse, que seguimos trabajando a pesar de los años que ya servimos a la patria, de amigos como Carlos Palenque, Adrian Barrenechea, o Marcelo Quiroga Santa Cruz, Ruben Poma, Benjo Cruz, o los mártires de la calle Harrington, como no referirnos a Luis Espinal, Domitila Chungara, u olvidarnos del movimiento universitario que protagonizamos para derrocar a las últimas dictaduras, y tantos otros, me muestran que cumplimos.

Que nuestra democracia no es producto del último tiempo. Cada quién, de los adultos mayores, lleva en su mente el esfuerzo, la entrega y sobre todo la dedicación y esperanza que le pusimos al proyecto Bolivia. Todavía nos dejamos sentir. Por eso, somos celosos guardianes de lo conseguido y difundiremos no solo los éxitos, también los fracasos para evitar que se vuelvan a repetir, hasta el momento que nos toque dejar este mundo.

Mientras tanto, los jóvenes, con las herramientas actuales que facilitan el aprendizaje, deben prepararse, proyectar y engrandecer el legado que tienen, que insisto, no es el mejor ni el perfecto que quizás quisimos labrar, pero que nos costó sangre, sudor y lágrimas, preservarlo y hacerlo crecer, en épocas difíciles.

Ya no hay cabida para dejarse engatusar con discursos de originarios y karas. Ayer fuimos originarios chapacos, cambas, collas, ayoreos, guaranís, etc. Hoy somos bolivianos, provincianos y citadinos, campo - ciudad, buscando juntos el escurridizo desarrollo.

La representación que tengamos en nuestra democracia, debe emerger de esa realidad y no con desviaciones que nos están llevando a una inevitable confrontación, al querer que la mayoría en nuestro parlamento este vigente por intermedio de una minoría de originarios y que los más que vivimos en las ciudades, sean estas las más populosas, las intermedias o las que apenas atisban como urbes, tengamos una limitada presencia en la Asamblea Plurinacional.

Somos de la década de los años cincuenta, del anterior siglo. Ahora les toca a las nuevas generaciones, establecer un nuevo equilibrio en nuestra democracia entre el campo y la ciudad, buscar y consolidar nuevos liderazgos, generar políticas públicas adecuadas y que respondan a los retos que se avecinan, insistir en que nuestra sociedad tenga presente que las leyes y normativas que se vayan promulgando, deben cumplirse. Parece fácil, pero créannos: el desafío es para titanes.

¡Sin embargo, confiamos en que ustedes asumirán la posta!


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