El mito de la perpetua barbarie (4)
Al respecto Borges, con palabras de elogio hacia el hacedor del proceso civilizatorio argentino, escribe en su prólogo a Recuerdos de provincia: “Ningún espectador argentino tiene la clarividencia de Sarmiento. Sobre lo que fue la conquista de esta zona de América: fragmentaria y lentísima...
Al respecto Borges, con palabras de elogio hacia el hacedor del proceso civilizatorio argentino, escribe en su prólogo a Recuerdos de provincia: “Ningún espectador argentino tiene la clarividencia de Sarmiento. Sobre lo que fue la conquista de esta zona de América: fragmentaria y lentísima ocupación de casi desiertas llanuras. Sabe que la revolución, a trueque de emancipar todo el continente y de lograr victorias argentinas en el Perú y en Chile, abandonó, siquiera transitoriamente, el país a las fuerzas de la ambición personal y de la rutina. Sabe que nuestro patrimonio -el de la civilización- no debe reducirse a los haberes del indio, del gaucho y del español; que podemos aspirar a la plenitud de la cultura occidental, sin exclusión alguna.” (J.L. Borges, Obras Completas, ob. cit., p. 124. Las cursivas son nuestras) La única exclusión que olvida Borges es la del indio y el gaucho. Pero no es que la olvida. Simplemente no los contempla en su arquetipo de civilización. Pues, termina haciendo una exclusión, que es la misma que hace su mentor para edificar su quimera civilizatoria. Una paradoja que sólo un escritor como Borges es capaz de maquillar con los elocuentes artilugios de la retórica.
En este sentido, para Arturo Jauretche, la dicotomía civilización y barbarie es una zoncera, es decir, una noción negativa, torpe o equivocada que se tiene de algo, cuyo padre es Sarmiento y la considera como “la madre que las parió a todas”. Sobre esto dice: “Las zonceras (…) consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia -y en dosis para adultos- con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido.” (Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas, 1ª ed., A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1968, p. 15). Y continúa con su formidable afirmación: “Este no es un trabajo histórico; pero nos conducirá frecuentemente a la historia para conocer la génesis de cada zoncera. Veremos entonces, que muchas tuvieron una finalidad pragmática y concreta que en el caso las hace explicables aún como errores, y que su deformación posterior, dándole jerarquía de principios, ha respondido a los fines de la pedagogía colonialista para que actuemos en cada emergencia concreta sólo en función de la zoncera abstracta hecha principio.” (A. Jauretche, Manual de zonceras argentinas, ob. cit., p. 17). Pero a su vez, fijará sobre los constructores de estas ideas dominantes como Sarmiento la siguiente sentencia: “Tampoco son zonzos congénitos los difusores de la pedagogía colonialista. Muchos son excesivamente ‘vivos’ porque ése es su oficio y conocen perfectamente los fines de las zonceras que administran” (ídem, p. 23).
La barbarie, en rigor, no es algo que esté ahí: esperándonos, aguardándonos. No es alguien que nos mira con ojos de asesino y está a punto de matarnos. La barbarie no es realidad: es posibilidad. Puede surgir como no. Su sentido. Su significado: está en la multiplicación. En el grupo. En su condición gregaria. En la muchedumbre dionisíaca. No es algo patente, sino latente, como nos ha enseñado el maestro de Viena, Sigmund Freud, cuyas reflexiones en aquel libro excepcional de 1920, Más allá del principio de placer (Amorrortu, Buenos Aires, 2017), son necesarias para comprender un poco mejor todo esto.
A la barbarie se la llama. Se la convoca. Permanentemente se la convoca, como fue en la previa de la final de la Libertadores última en Buenos Aires. Se generan las condiciones para que aparezca. Se la fábrica en cuestión de horas. En cuestión de minutos. Y con ese producto, un negocio para ser vendido al mejor postor, en plazas que mejor paguen, o, con la que se establezca un trato que tire a la basura doscientos años de historia: la que alguna vez fue la metrópoli que sojuzgó a nuestro continente y de la cual nos liberamos, hoy se convirtió en la civilizada capital de la copa que, no en vano, lleva por nombre la acción heroica de aquellos que dieron su vida por hacer de estas tierras un lugar libre de toda opresión.
Hasta lo simbólico nos es usurpado, como bien dijo en declaraciones recientes el gran César Luis Menotti haciendo alusión a la disputa del partido en suelo foráneo: “El mundo de los negocios está devorando todo”. En efecto, se lo está devorado todo. Incluso, una de nuestras pocas alegrías que es el fútbol.
En suma, la barbarie no está. Pero sin duda puede estarlo.
En este sentido, para Arturo Jauretche, la dicotomía civilización y barbarie es una zoncera, es decir, una noción negativa, torpe o equivocada que se tiene de algo, cuyo padre es Sarmiento y la considera como “la madre que las parió a todas”. Sobre esto dice: “Las zonceras (…) consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia -y en dosis para adultos- con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido.” (Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas, 1ª ed., A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1968, p. 15). Y continúa con su formidable afirmación: “Este no es un trabajo histórico; pero nos conducirá frecuentemente a la historia para conocer la génesis de cada zoncera. Veremos entonces, que muchas tuvieron una finalidad pragmática y concreta que en el caso las hace explicables aún como errores, y que su deformación posterior, dándole jerarquía de principios, ha respondido a los fines de la pedagogía colonialista para que actuemos en cada emergencia concreta sólo en función de la zoncera abstracta hecha principio.” (A. Jauretche, Manual de zonceras argentinas, ob. cit., p. 17). Pero a su vez, fijará sobre los constructores de estas ideas dominantes como Sarmiento la siguiente sentencia: “Tampoco son zonzos congénitos los difusores de la pedagogía colonialista. Muchos son excesivamente ‘vivos’ porque ése es su oficio y conocen perfectamente los fines de las zonceras que administran” (ídem, p. 23).
La barbarie, en rigor, no es algo que esté ahí: esperándonos, aguardándonos. No es alguien que nos mira con ojos de asesino y está a punto de matarnos. La barbarie no es realidad: es posibilidad. Puede surgir como no. Su sentido. Su significado: está en la multiplicación. En el grupo. En su condición gregaria. En la muchedumbre dionisíaca. No es algo patente, sino latente, como nos ha enseñado el maestro de Viena, Sigmund Freud, cuyas reflexiones en aquel libro excepcional de 1920, Más allá del principio de placer (Amorrortu, Buenos Aires, 2017), son necesarias para comprender un poco mejor todo esto.
A la barbarie se la llama. Se la convoca. Permanentemente se la convoca, como fue en la previa de la final de la Libertadores última en Buenos Aires. Se generan las condiciones para que aparezca. Se la fábrica en cuestión de horas. En cuestión de minutos. Y con ese producto, un negocio para ser vendido al mejor postor, en plazas que mejor paguen, o, con la que se establezca un trato que tire a la basura doscientos años de historia: la que alguna vez fue la metrópoli que sojuzgó a nuestro continente y de la cual nos liberamos, hoy se convirtió en la civilizada capital de la copa que, no en vano, lleva por nombre la acción heroica de aquellos que dieron su vida por hacer de estas tierras un lugar libre de toda opresión.
Hasta lo simbólico nos es usurpado, como bien dijo en declaraciones recientes el gran César Luis Menotti haciendo alusión a la disputa del partido en suelo foráneo: “El mundo de los negocios está devorando todo”. En efecto, se lo está devorado todo. Incluso, una de nuestras pocas alegrías que es el fútbol.
En suma, la barbarie no está. Pero sin duda puede estarlo.


