El mito de la perpetua barbarie (3)
Si esto fuera tan simple, resuelto ya con aquella frase de Borges que inaugura estas reflexiones, nos quedaríamos más tranquilos, porque somos seres incurables. Ergo, la barbarie para la cultura aristocrática es una enfermedad incurable de la que se tiene que aprender a coexistir. Y nunca van...
Si esto fuera tan simple, resuelto ya con aquella frase de Borges que inaugura estas reflexiones, nos quedaríamos más tranquilos, porque somos seres incurables. Ergo, la barbarie para la cultura aristocrática es una enfermedad incurable de la que se tiene que aprender a coexistir. Y nunca van a apelar a la otra interpretación, contemporánea a la del autor del Facundo, planteada por Juan Bautista Alberdi en alguno de sus textos póstumos, donde proponía integrar lo que él llamaba “democracia bárbara” con la “democracia civilizada”. Había que integrar a ambas porque no se puede construir un país sino hacemos que las dos se integren. No hay nación sino generas la unidad política que contenga a las dos. Entre aquello que parece ser de irreconciliable, siendo aleccionando bajo estas leyes de nuestra propia historia. Una nación -sostenía Alberdi- se constituye con sus dos partes.
No alcanza con una sola. Ese espacio vacío jamás podrá ser llenado, por más civilización que lleguen de los barcos, porque lo que bajará de ahí no será precisamente la realeza del Palacio de Buckingham, sino todo lo contrario. Esta concepción ha sido un poco olvidada, retaceada por la historia oficial de la cual el genial Borges ha sido admirador, o supo serlo en buena parte de su vida, olvidándose de esa enseñanza alberdiana que plasmó de un modo brillante en su gran poema conjetural de 1943. Este poema, para el que no lo ha leído, es la síntesis más extraordinaria de la tesis de Alberdi que acabamos de esbozar.
Pero volvamos al punto, y en esto tenemos que ser muy claros: no hay una barbarie objetivada, constituida desde un otro-perpetuo que parte en dos a las sociedades en la oscura dicotomía civilización y barbarie. No hay un a priori de la barbarie y un a priori de la civilización (que es donde descansa lo bueno, lo noble, lo políticamente correcto). Lo que tenemos es una construcción de la barbarie. Se azuzan los instintos más primitivos que tiene la condición humana (como la violencia). Se deja librada a la pulsión de muerte al malestar. Se le quita toda atadura (como ha sido la posibilidad de acceder al espectáculo) y se proyecta ese malestar incontenible en un sentido gregario, es decir, que logre articularse esas pulsiones en una fuerza que desate, como hemos visto, un desastre de tales proporciones que mantenga en vilo, ya no al país anfitrión de la final de la copa, sino al mundo entero, y por supuesto, la preocupación de una barbarie “internacionalizada”. Le tienen más temor a una Internacional de barrabravas e hinchas argentinos que a la Internacional Obrera (quizá porque ya no hay obreros donde emerja el poder para hacer una revolución). Desde ese desafortunado prejuicio europeo había que repensar el curso de la revolución, y decir que nos estamos esquivando en el sujeto histórico. O eso parece, a luz del terror europeo, y el lugar donde nace esta pulsión - ¿llamémosla revolucionaria? -, o por lo menos con un tamiz de insurgencia. No sólo les temen a musulmanes que huyen de la guerra que ellos mismo crean y recrean permanentemente, sino a hinchas y barrabravas sudamericanos. Lenin comenzaría a hacer la revolución con ellos. Pues, se comienza una revolución, podríamos aseverar, con los sectores a la que las clases dominante les temen, dependiendo la época. Ayer fueron esclavos, campesinos y obreros; hoy son musulmanes, barrabravas, desclasados y marginados. Abre, sin duda, una reflexión: se puede organizar una Cumbre del G-20, pero no un partido de fútbol. Para lo primero están dadas las condiciones. Para lo segundo, no. Paradójico. Pero esta ha sido la realidad. Casi de novela.
¿Estamos condenados a ser bárbaros, según la mirada aristocrática que se ha adueñado por completo de la palabra civilización? Es la pregunta. Y creo que la respuesta no es tan sencilla como puede parecer, sin embargo, me atrevo a decir que no, por lo expuesto en líneas anterior: La barbarie se puede construir. En Argentina, en Bolivia, en Estados Unidos o en Turkmenistán. Y puede representar la “Puerta al Infierno” para cualquier país del mundo. Si actos de estas características ocurrieran en Francia, ¿serían tachados de bárbaros? ¿O es un epíteto sólo aplicable a países que están en la periferia y no forman parte de la centralidad de Occidente? El estereotipo de la manera de cómo nos miran desde afuera y del que nos hacen entrar en la disputa de asumirlo o no como parte de nuestra propia tragedia: “Somos de lo peor: somos bárbaros”. Y puertas adentro se reproduce este mismo discurso con mucha mayor virulencia y oscuridad de aquello que no somos, pero que a los ojos de los dueños del patrimonio “civilización” lo somos y repetimos con crudeza eso que dicen porque nos sentimos parte de esa cultura. Parte de la cultura del dominador. Esto es historia vieja remozada a estos tiempos que corren.
No alcanza con una sola. Ese espacio vacío jamás podrá ser llenado, por más civilización que lleguen de los barcos, porque lo que bajará de ahí no será precisamente la realeza del Palacio de Buckingham, sino todo lo contrario. Esta concepción ha sido un poco olvidada, retaceada por la historia oficial de la cual el genial Borges ha sido admirador, o supo serlo en buena parte de su vida, olvidándose de esa enseñanza alberdiana que plasmó de un modo brillante en su gran poema conjetural de 1943. Este poema, para el que no lo ha leído, es la síntesis más extraordinaria de la tesis de Alberdi que acabamos de esbozar.
Pero volvamos al punto, y en esto tenemos que ser muy claros: no hay una barbarie objetivada, constituida desde un otro-perpetuo que parte en dos a las sociedades en la oscura dicotomía civilización y barbarie. No hay un a priori de la barbarie y un a priori de la civilización (que es donde descansa lo bueno, lo noble, lo políticamente correcto). Lo que tenemos es una construcción de la barbarie. Se azuzan los instintos más primitivos que tiene la condición humana (como la violencia). Se deja librada a la pulsión de muerte al malestar. Se le quita toda atadura (como ha sido la posibilidad de acceder al espectáculo) y se proyecta ese malestar incontenible en un sentido gregario, es decir, que logre articularse esas pulsiones en una fuerza que desate, como hemos visto, un desastre de tales proporciones que mantenga en vilo, ya no al país anfitrión de la final de la copa, sino al mundo entero, y por supuesto, la preocupación de una barbarie “internacionalizada”. Le tienen más temor a una Internacional de barrabravas e hinchas argentinos que a la Internacional Obrera (quizá porque ya no hay obreros donde emerja el poder para hacer una revolución). Desde ese desafortunado prejuicio europeo había que repensar el curso de la revolución, y decir que nos estamos esquivando en el sujeto histórico. O eso parece, a luz del terror europeo, y el lugar donde nace esta pulsión - ¿llamémosla revolucionaria? -, o por lo menos con un tamiz de insurgencia. No sólo les temen a musulmanes que huyen de la guerra que ellos mismo crean y recrean permanentemente, sino a hinchas y barrabravas sudamericanos. Lenin comenzaría a hacer la revolución con ellos. Pues, se comienza una revolución, podríamos aseverar, con los sectores a la que las clases dominante les temen, dependiendo la época. Ayer fueron esclavos, campesinos y obreros; hoy son musulmanes, barrabravas, desclasados y marginados. Abre, sin duda, una reflexión: se puede organizar una Cumbre del G-20, pero no un partido de fútbol. Para lo primero están dadas las condiciones. Para lo segundo, no. Paradójico. Pero esta ha sido la realidad. Casi de novela.
¿Estamos condenados a ser bárbaros, según la mirada aristocrática que se ha adueñado por completo de la palabra civilización? Es la pregunta. Y creo que la respuesta no es tan sencilla como puede parecer, sin embargo, me atrevo a decir que no, por lo expuesto en líneas anterior: La barbarie se puede construir. En Argentina, en Bolivia, en Estados Unidos o en Turkmenistán. Y puede representar la “Puerta al Infierno” para cualquier país del mundo. Si actos de estas características ocurrieran en Francia, ¿serían tachados de bárbaros? ¿O es un epíteto sólo aplicable a países que están en la periferia y no forman parte de la centralidad de Occidente? El estereotipo de la manera de cómo nos miran desde afuera y del que nos hacen entrar en la disputa de asumirlo o no como parte de nuestra propia tragedia: “Somos de lo peor: somos bárbaros”. Y puertas adentro se reproduce este mismo discurso con mucha mayor virulencia y oscuridad de aquello que no somos, pero que a los ojos de los dueños del patrimonio “civilización” lo somos y repetimos con crudeza eso que dicen porque nos sentimos parte de esa cultura. Parte de la cultura del dominador. Esto es historia vieja remozada a estos tiempos que corren.


