El mito de la perpetua barbarie (1)

Jorge Luis Borges con su lucidez característica, decía en una entrevista de 1985: “Los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles.” (Cfr. Roberto Alifano, La entrevista. Un autor en busca de sus personajes, Proa, Buenos Aires, 2012) El peronismo, para Borges y para buena parte...

Jorge Luis Borges con su lucidez característica, decía en una entrevista de 1985: “Los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles.” (Cfr. Roberto Alifano, La entrevista. Un autor en busca de sus personajes, Proa, Buenos Aires, 2012) El peronismo, para Borges y para buena parte de la humanidad que vio y conoció la historia después de 1945, es una alegoría salvaje de la barbarie: “salvaje” y “alegoría” de lo que, por mucho, mucho tiempo -hasta hoy- se lo llamó, en consideraciones intempestivas, “aluvión”; y se le adosó otra palabra para afirmar esta condición: “zoológico”. Esa fue una de las nomenclaturas acuñas en aquella época. La torrencial manada de animales salvajes que atestan la ciudad (recinto de los sectores pudientes adversas a toda expresión rudimentaria e inculta) y comienzan, masivamente, a poblarla. Ponen los pies en las fuentes de las plazas públicas (de las cuales son propietarios) y hacen del paisaje urbanístico un conventillo. Este fenómeno aluvional es a lo que le temen porque en él late la barbarie. Es parte de su naturaleza constitutiva por todas las razones. Incluso las negativas que, vistas desde la perspectiva etnocéntrica de las clases acomodas, no lo son para nosotros. Sino todo lo contrario.

“Salvaje”, “alegoría”, “aluvión” y se suma “zoológico”. Cuatro palabras que componen eso que tanto irritaba a Borges y le producía urticaria a Ezequiel Martínez Estrada y que el viejo Domingo Faustino Sarmiento se encargó de estudiar: la barbarie. Puede llevar el nombre de indios, gauchos y negros; inmigrantes y trabajadores provenientes del interior, o, como ha sido en las últimas semanas, hinchas y barrabravas de fútbol. La barbarie forma parte de la trama de América Latina y particularmente de la Argentina. Se aloja en lo más íntimo. En lo más profundo. Es mito y también historia.

Veamos. La barbarie como concepto ya viene mal parido. Desde los antiguos griegos para acá, un bárbaro es un extranjero. Alguien que no ha nacido en el país, por tanto, no pertenece a él: a su realidad. A su cosmovisión. La barbarie, y el bárbaro, como sujeto portador de esa barbarie, representan lo extraño, lo desconocido, al que los civilizados quieren conocer únicamente para conquistarlos y someterlos, pero no para incluirlos dentro de la civilización a la que ellos pertenecen y de la que se consideran, casi por derecho divino, sus propietarios en una falsa antinomia que, como vemos, se renueva a la luz de los recientes acontecimientos. Dos caras de una misma moneda que continuará dando vueltas en el aire mientras sigan permaneciendo indemnes los núcleos históricos que la originan.

Ahora bien, el criterio es acertado por la fuerza, la voluntad y la pulsión enérgica de lo que encarna ese extraño fenómeno de “lo popular”. Extraño, porque es, como bien dice Rousseau, “irrepresentable”. Yo agregaría “inidentificable”. No porque no lo podamos identificar de un modo más general o concreto, sino porque al ser un fenómeno tan cambiante, tan vertiginoso y tan complejo. Precisamente por lo primero, cuesta -y costará- otorgarle esa identidad definitiva. Esa identidad perpetua. Esa identidad anclada en la inminencia. Porque nada es definitivo. Nada es perpetuo. Nada es inminente más que la propia muerte, como enseñó el maestro Heidegger. Mucho menos lo será nuestra identidad como latinoamericanos. Y lo tercero es un camino todavía más pedregoso, porque interpelar esa complejidad que significa lo popular es lo más difícil. Jamás recibiremos nuestro diploma que señale que tenemos una identidad establecida. Más bien, todo lo contrario. Y eso es bueno. Porque una identidad petrificada es una identidad en cautiverio.

Fácil de domar. Fácil de domesticar. Nuestra identidad está en permanente movimiento. Es lo único permanente. El saber que nos movemos, aunque no lo hagamos. Anida una condición dialéctica que me atrevería a decir que es única y que se emparenta con las tradiciones latinas que hemos heredado desde la conquista de América, pasando por las oleadas migratorias que vinieron siguiendo el tren de la Segunda Revolución Industrial a finales del siglo XIX. Si somos todo, terminamos por ser nada, agregaría un concienzudo Hegel, que de totalidades sabía bastante. Por eso nuestra identidad es y será inidentificable.

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