El mito de la perpetua barbarie (2)

Como Borges sugirió en aquellos tiempos aluvionales, tomando como guía la monumental obra de Sarmiento (1845) Facundo o civilización y barbarie (fuente de este dilema histórico-universal-existencial), que el peronismo es incorregible. El peronismo es, en efecto, esa salvaje alegoría...

Como Borges sugirió en aquellos tiempos aluvionales, tomando como guía la monumental obra de Sarmiento (1845) Facundo o civilización y barbarie (fuente de este dilema histórico-universal-existencial), que el peronismo es incorregible. El peronismo es, en efecto, esa salvaje alegoría contemporánea del pueblo argentino. Pues, las masas, las multitudes, la sociedad subalterna -para decirlo en términos más socioantropológicos-, es, por naturaleza, bárbara y está condenada a esa condición identitaria. A convivir con ella para toda la eternidad. Ontológicamente, a ser eso que eligió ser. Ese destino que se forjó bajo el canon del sufriente desertor de las pampas, y que, hoy, es lo incorregible, que, en la concepción temporal del autor de Ficciones, siempre será eterno. Porque no se lo puede modificar. Nació así y morirá siendo así.

Por más que encuentre encanto en esta condición dionisíaca e irreverente (porque, además, provengo de ese mismo barro), no estoy para nada de acuerdo con el sentido político que le da Borges, que es el mismo que se repitió en la Argentina hace poco menos de dos meses -el pasado 24 de noviembre-, donde un partido de fútbol de una final de copa, como es la Libertadores de América, entre los dos equipos más importantes de ese país, abre lugar a esto que bien llamo “el mito de la perpetua barbarie”, que es el mito de lo incorregible borgeano, y que, a su vez, forma parte de la mitología histórico-política del Facundo sarmientino, obra que Borges adoraba a raudales y a la que prologó en el otoño de 1973, marcando un antes y un después en su visión de la historia y de la vida: “El Facundo nos propone una disyuntiva -civilización o barbarie- que es aplicable, según juzgo, al entero proceso de nuestra historia. Para Sarmiento -escribe Borges-, la barbarie era la llanura de las tribus aborígenes y del gaucho; la civilización, las ciudades. El gaucho ha sido reemplazado por colonos y obreros; la barbarie no sólo está en el campo sino en la plebe de las grandes ciudades y el demagogo -refiriéndose al general Juan Domingo Perón- cumple la función del antiguo caudillo, que era también un demagogo. La disyuntiva no ha cambiado. Sub specie aeternitatis, el Facundo es aún la mejor historia argentina.” (Jorge Luis Borges, “Prólogos con un prólogo de prólogos” en Obras Completas, vol. IV, Emecé, Buenos Aires, 1996, p. 125) Ese antiguo caudillo era Juan Manuel de Rosas al que Borges aborrecía desde su intemporal unitarismo.

Reconoce que hay bárbaros y civilizados. Que esa barbarie es inintegrable. Y que dicha dicotomía es un atributo universal e infinito. Tal como lo pensaba Sarmiento y muchos de su generación. De ahí el dictum que toma de la Ética de Baruch Spinoza, como vimos en estas líneas del prólogo al Facundo. Es decir, una condena a cadena perpetua a la que estamos destinados a pasar el resto de nuestros días como nación. Lo político, entiéndase, es la justificación para hacer de un hecho o acontecimiento un problema de cierta magnitud y nutrido con una lógica que lo hace autónomo. Esa lógica que se despega del devenir histórico es lo que los filósofos y lingüistas llaman “hermenéutica”. ¿Qué es la hermenéutica? El arte de interpretar los hechos. Un arte muy difícil. Más en estos casos. Y más aún con el pensamiento de Borges, que ha ido de “el íntimo cuchillo en la garganta” del Poema conjetural a la incorregible barbarie que habita en el campo y la plebe urbana. Pero lo político toma relieve cuando hay una sector o clase que lleva las riendas de ese proceso histórico. No es lo mismo que la vaca sea ordeñada por un granjero que por un aristócrata. Este último es, ante todo, dueño de la vaca. El granjero sólo sabe cómo sacar la leche. Si la historia es ordeñada por aristócratas de cuna y pensamiento, el sentido político será completamente distinto a si esa misma historia fuera ordeñada por campesinos, indios o gauchos.

La barbarie, en tanto estigma histórico, en tanto maldición que nos arrastra a los latinoamericanos y principalmente a los argentinos, como ha sido instalado durante esas álgidas semanas desde la prensa canalla y las opiniones de sesgo aristocrático, no es un a priori, es decir, no hay una barbarie esperando en las sombras, en el tercer anillo en las proximidades de un estadio de fútbol para atacar a la civilización que viaja alegre en un micro rumbo a jugar el partido de su vida o que forma parte del ese paisanaje citadino siendo víctima de esos grupos portadores naturales de esa pulsión de muerte, cuya cultura de las entradas de dicho espectáculo deportivo no los pudo maniatar y contener, y, por ello, arremetieron contra la pobre civilización que pasaba por allí, sin un Estado, representado en las fuerzas de seguridad, que pudiera controlar esta contingencia, a sabiendas que el apriorismo barbárico estaba ahí: esperando para acechar.

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