El saicismo y la robotización de la historia (2)

La robótica representa la modernización de los medios de producción es su máxima expresión, la hipertecnificación, que derriba el mito de la sociedad posindustrial o poscapitalista que tuvo tanto auge tras la caída del Muro de Berlín, junto con El fin de la historia y el último hombre de...

La robótica representa la modernización de los medios de producción es su máxima expresión, la hipertecnificación, que derriba el mito de la sociedad posindustrial o poscapitalista que tuvo tanto auge tras la caída del Muro de Berlín, junto con El fin de la historia y el último hombre de Francis Fukuyama (1992) y el club de lo “poshistórico” de Elias Canetti y Jean Baudrillard. Esta es una contradicción que iremos desandando a medida que nos sigamos introduciendo en tema.

Bien. El desarrollo tecnológico es fundamental para la existencia de la industria, no como en las primeras revoluciones de los siglos XVIII y XIX en Inglaterra y Europa con el humo saliendo de las chimeneas como símbolo de la consolidación del capitalismo, pero sí como el corazón palpitante para que la modernidad capitalista siga marcando el curso histórico del planeta, por lo que es imperativo dejar bien en claro el siguiente punto: sin capitalismo no hay modernidad y sin modernidad no hay capitalismo. Paridos por un sentido transformador, vinieron prácticamente juntos al mundo. La modernidad es fruto del modo de producción capitalista, como lo fue el medioevo del feudalismo y la antigüedad del esclavismo. La base histórico-material determina las pinceladas y matices; las luces y sombras de cada época. Y la amalgama de colores ha venido cambiando porque ha mudado el modo de producción, como diría Marx. Por tanto, los prefijos “pos” o “post” para decretar el fin de una época o la transición hacia otra, han aparecido en los libros de un modo muy apresurado, queriendo sentenciar el ocaso de una edad y un sistema que están muy lejos de desaparecer. Apenas va por sus jóvenes 500 años, y todavía le falta más hilo a su carretel. En tanto y en cuanto el planeta aguante y pueda sostener su nivel voraz de depredación y expoliación.

En este nuevo contexto, China y la robótica (sin olvidarnos de las tecnologías informáticas y los medios de comunicación) aparecen en la misma senda para delinear el rostro que tendrá el mundo en el próximo siglo. Pero en el devenir, el capitalismo, además de la modernización de su base material -e inmaterial-, tendrá que imponer un modelo de organización del trabajo humano (ya que nuestra mano de obra todavía seguirá siendo necesaria, por lo menos hasta el siguiente siglo), que haga al sistema obtener mayor rentabilidad bajo una forma de acumulacion que usufructue al máximo la fuerza de trabajo en un nuevo esquema de explotación que China y los regímenes neoliberales ya han venido poniendo en marcha, y su precursor está en el posfordismo, mejor conocido como “toyotismo”. Veamos.

Para hablar de posfordismo, es decir, lo que vino después del fordismo, tenemos que mencionar a la corriente de producción hegemónica de buena parte del último siglo y que lleva en su nomenclatura el nombre del reconocido empresario de automóviles Henry Ford. Ahora, este término, acuñado originalmente por el filósofo italiano Antonio Gramsci, hace hincapié en la fase industrial de la economía capitalista, donde la fuerza de trabajo asalariada y la fábrica como lugar de producción y generación de capital serán los pilares de esta etapa. La producción de mercancías materiales en serie a través de máquinas manejadas por obreros, será la esencia de un régimen que afianza el periplo de un capitalismo en expansión. Y, en este sentido, no se puede hablar de fordismo sin mencionar el otro concepto central en esta organización de producción: el taylorismo -basado en los postulados del ingeniero y economista estadounidense Frederick W. Taylor- el cual centra la actividad productiva en hacer más eficaz y rentable la mano de obra para aumentar los niveles de productividad -o plusvalía relativa-, teniendo como fundamento el aprovechamiento al máximo del tiempo de trabajo para la realización, de lo que será, la producción masiva y en serie. Es esta racionalización del trabajo formulada por Taylor el punto neurálgico del modelo de acumulación fordista. Como bien sostiene el geógrafo británico David Harvey: “En muchos aspectos, las invenciones tecnológicas y organizativas de Ford fueron una mera extensión de tendencias consolidadas. Por ejemplo, la forma corporativa de la organización empresarial se había perfeccionado gracias a los ferrocarriles en el curso del siglo XIX, y después de la ola de formación de trusts, carteles y fusiones empresarias a fines de siglo, se extendió a numerosos sectores industriales (un tercio de los activos industriales norteamericanos se funsionarían entre los años 1898-1902). Del mismo modo, Ford no hizo más que racionalizar las viejas tecnologías y una división preexistente del trabajo especializado, si bien al hacer que el trabajo fluyera hacia un trabajador estacionario, logró grandes aumentos de productividad.” (David Harvey, La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural, Amorrortu, Buenos Aires, 1998, p. 147) Para Harvey, “la fecha simbólica de iniciación del fordismo es 1914, cuando Henry Ford introdujo su jornada de cinco dólares y ocho horas para recompensar a los trabajadores que habían armado la línea de montaje en cadena de piezas de automóvil que había inaugurado el año anterior en Dearborn, Michigan.” (Ibíd., p. 147) Aunque es mucho más complicada -como el mismo autor asevera-, aquí comienza a echar raíces una nueva forma de pensar y organizar el mundo, que, a fin de cuentas, es de lo que se trata.

Esta lógica productiva, luego de la crisis del petróleo en 1973 y el desgajamiento progresivo del Estado de Bienestar, pasó a ser, lo que Harvey llama, un “régimen de acumulación flexible” (David Harvey, La condición de la posmodernidad, ob. cit., p. 146), o lo que comenzó a conocerse, entrada la década del 70, como toyotismo. Una marca automotriz para reemplazar a otra. Observen como Harvey elige utilizar el concepto “acumulación flexible” antes que posfordismo o toyotismo. De hecho, ninguno de los dos términos aparecen en esta obra. Prefiere escarbar en las entrañas de la cuestión, como lo intentaremos hacer nosotros, sumergiéndonos también en este concepto para poder comprender los prolegómenos de este nuevo momento (no tan distinto a sus predecesores, pero con la robótica como novedad imperante) que, hoy, se está abriendo camino en este siglo XXI y que ha iniciado el proceso de depuración del orden histórico precedente, colonizando lentamente la vida de Occidente y el mundo, otra vez desde el Pacífico.

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