El saicismo y la robotización de la historia (1)
“Si fuese posible crear un robot capaz de ser funcionario civil, creo que haríamos un gran bien. Por las Leyes de la Robótica sería incapaz de dañar un ser humano, incapaz de tiranía, de corrupción, de estupidez, de prejuicio.” (Isaac Asimov, Yo, robot, trad. de Manuel Bosch Barrett,...
“Si fuese posible crear un robot capaz de ser funcionario civil, creo que haríamos un gran bien. Por las Leyes de la Robótica sería incapaz de dañar un ser humano, incapaz de tiranía, de corrupción, de estupidez, de prejuicio.” (Isaac Asimov, Yo, robot, trad. de Manuel Bosch Barrett, Sudamericana, Buenos Aires, 1977, p. 110) Categórico en estas líneas el escritor ruso Isaac Asimov, que de esta manera definía en su célebre novela de ciencia ficción Yo, robot, publicada en 1950, la utopía de una sociedad controlada por robots y por los avances de la robótica, en un futuro que cada día parece más cercano y con los recientes avances tecnológicos en esta área, eso que alguna vez imaginó el novelista se está haciendo realidad.
Ahora bien, lo que su utopía futurista no se plantea en profundidad -que es el motivo de estas reflexiones a propósito del mes de los trabajadores y los Mártires de Chicago-, y quizá lo deja al margen para no constituirlo en la trama de su novela, es el reemplazo de la mano de obra humana por la robótica, generando un problema para las enormes masas de trabajadores que se quedarán sin trabajo y para los países del mundo que tendrán que afrontar el infausto dilema de la exclusión, esta vez en manos de máquinas con inteligencia artificial. La preocupación de Asimov es más bien de orden moral e institucional y no de clase, a partir de la frase -en la voz de uno de sus personajes- que acabamos de citar: se preocupa por la tiranía, la corrupción, la estupidez y el prejuicio, y las subraya como inmanentes de la condición humana. Pero no se preocupa por la problemática del trabajo humano. Apenas lo menciona en un par de ocasiones, como en el párrafo que enunciaremos a continuación: “Los sindicatos obreros, como es natural, se opusieron a la competencia que hacían los robots al trabajo humano (...) Todo aquello fue inútil y ridículo. Y, sin embargo, así era.” (Isaac Asimov, Yo, robot, ob. cit., p. 3) “Todo aquello -refiriéndose a la oposición de las representaciones obreras- fue inútil y ridículo”. Pues, claro: ¿cómo oponerse al fenómeno imperante de la robotización, de esa “nueva modernidad”? Asimov clausura el antagonismo entre humanos y máquinas. Sentencia desde un comienzo el conflicto. Anula, en rigor, la historia.
La cuestión, que se encuentra relativamente resuelta a favor de la colonización robótica, no produce ningún tipo de atenuante, más allá de lo mencionado, ya que en la mente del autor la tensión pasa por otro lado, más relacionado a las tres leyes de la robótica que se desarrollan a lo largo de la ficción. Ergo, si en este universo hay un disputa entre humanos y robots, ésta no pasa por el trabajo. Pero la realidad de nuestro universo se perfila distinta.
Muy distinta. Lo que a su juicio parece ideal y plausible, no contempla la dinámica humana del trabajo, que ya es ocupado por la robótica, y las consecuencias que esto traería en una sociedad que, como insinúa su narrativa ambientada en el 2058, sigue estando regida por los parámetros del capitalismo. O al menos, eso es lo que parece. Por lo que el problema se acrecentaría aún más con la hegemonía de la robótica.
Este escenario pre-apocalíptico se torna verosímil en nuestra realidad de no-ficción, donde ya vemos robots desarrollar diversas tareas, alguna de ellas complejas y sofisticadas, que van desde el servicio en un restaurante hasta la medicina, complementándose al trabajo humano.
Y no es casualidad que entre los primeros países en llevar adelante las innovaciones en este campo se encuentre China, que en este siglo XXI se ha convertido -como dice Karl Marx- en “la locomotora de la historia” (Karl Marx y Friedrich Engels, Obras escogidas, vol. I: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Akal, Madrid, 1975), y a este punto es al que queremos llegar.
Ahora bien, lo que su utopía futurista no se plantea en profundidad -que es el motivo de estas reflexiones a propósito del mes de los trabajadores y los Mártires de Chicago-, y quizá lo deja al margen para no constituirlo en la trama de su novela, es el reemplazo de la mano de obra humana por la robótica, generando un problema para las enormes masas de trabajadores que se quedarán sin trabajo y para los países del mundo que tendrán que afrontar el infausto dilema de la exclusión, esta vez en manos de máquinas con inteligencia artificial. La preocupación de Asimov es más bien de orden moral e institucional y no de clase, a partir de la frase -en la voz de uno de sus personajes- que acabamos de citar: se preocupa por la tiranía, la corrupción, la estupidez y el prejuicio, y las subraya como inmanentes de la condición humana. Pero no se preocupa por la problemática del trabajo humano. Apenas lo menciona en un par de ocasiones, como en el párrafo que enunciaremos a continuación: “Los sindicatos obreros, como es natural, se opusieron a la competencia que hacían los robots al trabajo humano (...) Todo aquello fue inútil y ridículo. Y, sin embargo, así era.” (Isaac Asimov, Yo, robot, ob. cit., p. 3) “Todo aquello -refiriéndose a la oposición de las representaciones obreras- fue inútil y ridículo”. Pues, claro: ¿cómo oponerse al fenómeno imperante de la robotización, de esa “nueva modernidad”? Asimov clausura el antagonismo entre humanos y máquinas. Sentencia desde un comienzo el conflicto. Anula, en rigor, la historia.
La cuestión, que se encuentra relativamente resuelta a favor de la colonización robótica, no produce ningún tipo de atenuante, más allá de lo mencionado, ya que en la mente del autor la tensión pasa por otro lado, más relacionado a las tres leyes de la robótica que se desarrollan a lo largo de la ficción. Ergo, si en este universo hay un disputa entre humanos y robots, ésta no pasa por el trabajo. Pero la realidad de nuestro universo se perfila distinta.
Muy distinta. Lo que a su juicio parece ideal y plausible, no contempla la dinámica humana del trabajo, que ya es ocupado por la robótica, y las consecuencias que esto traería en una sociedad que, como insinúa su narrativa ambientada en el 2058, sigue estando regida por los parámetros del capitalismo. O al menos, eso es lo que parece. Por lo que el problema se acrecentaría aún más con la hegemonía de la robótica.
Este escenario pre-apocalíptico se torna verosímil en nuestra realidad de no-ficción, donde ya vemos robots desarrollar diversas tareas, alguna de ellas complejas y sofisticadas, que van desde el servicio en un restaurante hasta la medicina, complementándose al trabajo humano.
Y no es casualidad que entre los primeros países en llevar adelante las innovaciones en este campo se encuentre China, que en este siglo XXI se ha convertido -como dice Karl Marx- en “la locomotora de la historia” (Karl Marx y Friedrich Engels, Obras escogidas, vol. I: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Akal, Madrid, 1975), y a este punto es al que queremos llegar.


