Estados Unidos contra la UNASUR
Estados Unidos finalmente lo consiguió: balcanizar América Latina. ¿Cómo? Desintegrando la UNASUR, la organización insignia de la unidad y la integración del sur continental que marcó la década más extraordinaria para los pueblos de Nuestramérica; incluso sobre el Mercosur, la Comunidad...
Estados Unidos finalmente lo consiguió: balcanizar América Latina. ¿Cómo? Desintegrando la UNASUR, la organización insignia de la unidad y la integración del sur continental que marcó la década más extraordinaria para los pueblos de Nuestramérica; incluso sobre el Mercosur, la Comunidad Andina o el ALBA-TCP.
La UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas), fundada en abril de 2007 con ese nombre, al calor del “No al ALCA” y el auge de las democracias populares en el continente, nació con el objetivo de ser una alternativa real y concreta a una integración y cooperación entre los países de América del Sur que no existía, más que en los papeles de una genuflexa OEA, colonizada por el Imperio estadounidense, un Mercosur creado a fines de los años 90 como una herramienta para garantizar el intercambio comercial entre las dos principales economías del Cono Sur (Argentina y Brasil) y los socios más pequeños (Paraguay, Uruguay y más adelante Venezuela); y una Comunidad Andina, constituida en 1969, que aglutina a Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú (con excepción de Chile que abandonó el bloque en 1976 durante la dictadura de Augusto Pinochet por su conversión al neoliberalismo), no terminaba de asentarse como organismo de integración ni andina ni sudamericana. Todos cincelados y remozados desde el Consenso de Washington, en el que el Imperio fue muy astuto en no conformar un espacio que concentre a toda Sudamérica, evitando crear el germen para un futuro bloque unívoco de integración regional, por más económico que este sea.
Al final, no lo lograron, porque veinte años después la cohesión sudamericana llegaría, con otros vientos que favorecieron al desarrollo de este proceso, y cuyas condiciones fueron generadas por la propia hecatombe neoliberal a fines de los 90, lo que posibilitó que fuera plausible retomar el camino iniciado por Bolívar, San Martín, Artigas y Sucre. Volver a soñar con la Patria Grande latinoamericana. Condenados a la unidad. A ser una sola nación. Eso fue posible. Pero duró poco, y lamentablemente nos estamos despertando de ese hermoso sueño para caer, una vez más, en la pesadilla de la balcanización.
Es sabido que el Complejo militar-industrial expresa sistemática y categóricamente sus intenciones de dividir al mundo entero. Fraccionar cada región del planeta para expandir su dominación, principalmente aquellas donde manifiesta mayor voluntad de poder e injerencia, y en el que sus intereses son más diáfanos. Una de esas regiones es América Latina y con el reciente gesto de los mandatarios Maurico Macri (Argentina), Michel Temer (Brasil), Juan Manuel Santos (Colombia), Horacio Cartes (Paraguay), Sebastián Piñera (Chile) y Martín Vizcarra (Perú) de salir “temporalmente” del organismo con la infame excusa de la “acefalía” (ya que en enero de 2017, la Secretaría General había quedado vacante tras cumplirse el período de Ernesto Samper), faltándole el respeto a la presidencia pro tempore a cargo de Bolivia, no se ha hecho otra cosa que favorecer su hegemonía imperialista, que señala, además, el cambio de época que atraviesa nuestro continente, con una regresión espeluznante en todos los aspectos. Estos seis gobiernos abandonaron el lema “Soy del Sur” y han adoptado uno más acorde con su matriz de pensamiento: “Soy del Norte”. Y ahora con este éxodo, lo hicieron de manera oficial.
Esto no es fatalismo. Esta es la forma en que se está escribiendo la historia de los próximos años, donde volvemos a encerrarnos dentro de nuestras fronteras y a vislumbrar las realidades nacionales como devenires locales, aisladas del resto y no latinoamericanas, entrelazadas entre sí; para, de este modo, volver a ser el patio trasero del Norte y transformarnos en sus huéspedes. El no pensarnos como una única nación cuya frontera está al norte del río Bravo, es el objetivo propuesto por los gobiernos conservadores y que se está haciendo carne con la autoexclusión de estos seis países, que ha generado ex profeso un golpe con el propósito de debilitar, y por consiguiente, destruir la entidad que tanto temor le ha provocado a Estados Unidos en la última década. Nada ha hecho temblar más al Imperio que ver a nuestros pueblos unidos bajo la égida de bloques contrahegemónicos. Sin embargo, este viaje parece estar llegando a su fin, y lo único que nos queda por hacer es seguir luchando, si queremos recuperar lo que estamos perdiendo.
*Ensayista argentino.
La UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas), fundada en abril de 2007 con ese nombre, al calor del “No al ALCA” y el auge de las democracias populares en el continente, nació con el objetivo de ser una alternativa real y concreta a una integración y cooperación entre los países de América del Sur que no existía, más que en los papeles de una genuflexa OEA, colonizada por el Imperio estadounidense, un Mercosur creado a fines de los años 90 como una herramienta para garantizar el intercambio comercial entre las dos principales economías del Cono Sur (Argentina y Brasil) y los socios más pequeños (Paraguay, Uruguay y más adelante Venezuela); y una Comunidad Andina, constituida en 1969, que aglutina a Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú (con excepción de Chile que abandonó el bloque en 1976 durante la dictadura de Augusto Pinochet por su conversión al neoliberalismo), no terminaba de asentarse como organismo de integración ni andina ni sudamericana. Todos cincelados y remozados desde el Consenso de Washington, en el que el Imperio fue muy astuto en no conformar un espacio que concentre a toda Sudamérica, evitando crear el germen para un futuro bloque unívoco de integración regional, por más económico que este sea.
Al final, no lo lograron, porque veinte años después la cohesión sudamericana llegaría, con otros vientos que favorecieron al desarrollo de este proceso, y cuyas condiciones fueron generadas por la propia hecatombe neoliberal a fines de los 90, lo que posibilitó que fuera plausible retomar el camino iniciado por Bolívar, San Martín, Artigas y Sucre. Volver a soñar con la Patria Grande latinoamericana. Condenados a la unidad. A ser una sola nación. Eso fue posible. Pero duró poco, y lamentablemente nos estamos despertando de ese hermoso sueño para caer, una vez más, en la pesadilla de la balcanización.
Es sabido que el Complejo militar-industrial expresa sistemática y categóricamente sus intenciones de dividir al mundo entero. Fraccionar cada región del planeta para expandir su dominación, principalmente aquellas donde manifiesta mayor voluntad de poder e injerencia, y en el que sus intereses son más diáfanos. Una de esas regiones es América Latina y con el reciente gesto de los mandatarios Maurico Macri (Argentina), Michel Temer (Brasil), Juan Manuel Santos (Colombia), Horacio Cartes (Paraguay), Sebastián Piñera (Chile) y Martín Vizcarra (Perú) de salir “temporalmente” del organismo con la infame excusa de la “acefalía” (ya que en enero de 2017, la Secretaría General había quedado vacante tras cumplirse el período de Ernesto Samper), faltándole el respeto a la presidencia pro tempore a cargo de Bolivia, no se ha hecho otra cosa que favorecer su hegemonía imperialista, que señala, además, el cambio de época que atraviesa nuestro continente, con una regresión espeluznante en todos los aspectos. Estos seis gobiernos abandonaron el lema “Soy del Sur” y han adoptado uno más acorde con su matriz de pensamiento: “Soy del Norte”. Y ahora con este éxodo, lo hicieron de manera oficial.
Esto no es fatalismo. Esta es la forma en que se está escribiendo la historia de los próximos años, donde volvemos a encerrarnos dentro de nuestras fronteras y a vislumbrar las realidades nacionales como devenires locales, aisladas del resto y no latinoamericanas, entrelazadas entre sí; para, de este modo, volver a ser el patio trasero del Norte y transformarnos en sus huéspedes. El no pensarnos como una única nación cuya frontera está al norte del río Bravo, es el objetivo propuesto por los gobiernos conservadores y que se está haciendo carne con la autoexclusión de estos seis países, que ha generado ex profeso un golpe con el propósito de debilitar, y por consiguiente, destruir la entidad que tanto temor le ha provocado a Estados Unidos en la última década. Nada ha hecho temblar más al Imperio que ver a nuestros pueblos unidos bajo la égida de bloques contrahegemónicos. Sin embargo, este viaje parece estar llegando a su fin, y lo único que nos queda por hacer es seguir luchando, si queremos recuperar lo que estamos perdiendo.
*Ensayista argentino.


