Vladimir Putin: un zar suelto en la aldea global

Vladimir Putin acaba de ser elegido presidente de la Federación Rusa por tercera vez y transita su cuarto mandato como jefe del Kremlin, consolidando una hegemonía que experimenta un periodo de expansión global, y que, bajo la figura del ex oficial de la KGB, no detendrá su marcha. Su...

Vladimir Putin acaba de ser elegido presidente de la Federación Rusa por tercera vez y transita su cuarto mandato como jefe del Kremlin, consolidando una hegemonía que experimenta un periodo de expansión global, y que, bajo la figura del ex oficial de la KGB, no detendrá su marcha.

Su triunfo aplastante en las elecciones del pasado 18 de marzo fue un vaticinio. Un acontecimiento casi tautológico por lo que proyectaba el clima social y político a lo largo y ancho del país. Su candidatura a la reeleción, encabezando la alianza “Frente Popular Panruso”, llevaba impresa una imagen positiva que le sacaba gran distancia del resto de los presidenciales, lo que, a posteriori, se vio reflejado con creces en las urnas. Pero el haber obtenido casi el 77 % de los votos no es el dato más llamativo, pese a su insoslayable contundencia, sino el abismo entre el primero y el segundo -el comunista Pavel Grudinin de la coalición de izquierda “Fuerzas Patrióticas Nacionales de Rusia”- representado en un 65 %.

Una distancia sideral, sin duda. Ni hablemos de la media docena restante. Una combinación de factores determinaron estos resultados. Uno de ellos fue el nivel de abstención registrado durante la jornada electoral. No obstante, un liderazgo sólido marcado por una enorme popularidad fueron la fórmula del éxito que lo posicionan, una vez más, como uno de los principales referentes mundiales que está poniendo nervioso a más de un líder occidental, y, en algunos casos, les hace perder los estribos.

Ese es Putin. Un discreto líder megalómano representante del nacionalismo imperial neozarista, cuyas cualidades no lo sonrojan. Por el contrario, lo hacen actuar con mayor firmeza en cada decisión que toma, principalmente las que tienen que ver con la política exterior del país. En ese terreno es impacable. Y lo demostró categoricamente cada vez que tuvo que mover alguna pieza de su propio juego de ajedréz (Crimea, Osetia del Sur, Abjasia, Chechenia, Ucrania, Siria, envío de gas a la Unión Europea, etc.) que por coincidencias de la geografía y conveniencias de la geopolítica afectaban a una Europa que, después del río Dniéper y las cordilleras del Cáucaso, dejaba de ser rusa. pero que su destino estaba atado a su poder de mando. Pero pese a lo que marcan los manuales de geografía que estudiamos desde chicos, Rusia no es ni europea ni asiática. Rusia es Rusia, y esta condición geoestratégica Putin siempre la ha tenido muy clara desde el primer día que gobernó la multiétnica nación transcontinental.

Es aquí cuando el líder fuerte y bien definido se personifica en el reelecto presidente ruso: con un estilo hiperpresidencialista, carácter bonapartista y con fuertes y macados rasgos autoritarios. No mirando únicamente hacia adentro. No pensando decididamente en el interior del vasto territorio ruso, sino mirando y pensando hacia afuera: hacia Occidente. Hacia allí apunta su Kalashnikov. Esa que alguna vez usara practicando tiro en sus tiempos de contraespionaje. Pero es, ante todo, un ejemplar de político astuto, estratégico y sobrio.

Sabe cómo jugar sus cartas. Colocó a Rusia como aliada de China y son los que conducen el desgastado BRICS como alternativa a la economía política tradicional que ha venido inclinando la balanza hacia el proteccionismo, cerrando las puertas de los principales países como Gran Bretaña y Estados Unidos en un giro que no hace más que poner en evidencia la crisis que atraviesa el sistema capitalista. Los últimos acontecimientos, que fueron desde la supuesta intervención del gobierno ruso en las elecciones que le dieron el triunfo al actual presidente Donald Trump en 2016 y el reciente envenenamiento del ex espía ruso y doble agente al servicio de la corona británica Sergei Skripal y su hija Yulia (que tuvo como consecuencia la expulsión de cientos de sus diplomáticos de Gran Bretaña, Estados Unidos y otra veintena de países), no afectaron en lo más mínimo las elecciones rusas, y mucho menos la figura de Putin que cada día parece hacerse más fuerte y afianzarse -todavía más- en los escenarios local y global. “Lo que no te mata (...), te fortalece”, parafraseando a Nietzsche. Lo que no puede sacar de la carrera al líder ruso, lo está haciendo más fuerte. Es la viva encarnación de la voluntad de poder de la Magna Rusia.

Rusia dejó de ser ese gigante ebrio y dormido de los años 90 que se parecía más a una colonia tercermundista que a aquella gloriosa potencia que puso en el congelador la continuidad de la Segunda Guerra Mundial. Ha puesto nuevamente en la vidriera sus cabezas nucleares. 7000 -capaces de destruir Rusia y Europa por completo-, para que estén a la vista de toda la comunidad internacional, exhibiendo, además, la modernización permante de un poderío bélico que no terminó siendo un recuerdo de la Guerra Fría. Para marcar la cancha. Para demostrarle al gendarme de Occidente que el mundo no tiene un solo patrón y que en el Este coexisten dos potencias que tensan la cuerda de los destinos del planeta, con la notable diferencia que ahora la pulseada se desarrolla en un único idioma: el capitalismo.

*Ensayista argentino

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