Voces de Chernóbil

De esta manera, precisa, técnica y aparentemente desprovista de emociones, se referirá a este evento en 1996, 10 años después, la “Belarusskaya entsiklopedia”. Desde entonces, las noticias y voces de las víctimas del desastre tecnológico más grave del siglo XX, se fueron disolviendo en...

De esta manera, precisa, técnica y aparentemente desprovista de emociones, se referirá a este evento en 1996, 10 años después, la “Belarusskaya entsiklopedia”. Desde entonces, las noticias y voces de las víctimas del desastre tecnológico más grave del siglo XX, se fueron disolviendo en el tiempo, casi hasta el olvido. Otros datos, consignados en este informe de 1996, nos describen el “cataclismo nacional” sufrido por este pequeño país, fundamentalmente agrícola, que durante la Gran Guerra Patria había sufrido el exterminio, de parte de las bestias nazis, de más de 619 aldeas, incluidos sus pobladores. Después de Chernóbil, Bielorrusia perdió 485 aldeas y pueblos: setenta de ellos están enterrados bajo tierra para siempre.Hoy, uno de cada cinco bielorrusos, vive en un territorio contaminado. Más de 2,100,000 personas, de las cuales 700,000 son niños, reciben dosis diarias de radiación que los enferman de cáncer, generan deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas y mutaciones genéticas espantosas.Otro informe, de la “Escuela Superior Internacional de Radio ecología Sajarov”, en 1992, reportaba que el 26 de abril de 1986 se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumania; el 30 de abril en Suiza y el norte de Italia; el 1 y 2 de mayo, en Francia, Bélgica, Países Bajos, Gran Bretaña y el norte de Grecia; el 3 de mayo en Israel, Kuwait, Turquía…Proyectadas a gran altura, las sustancias gaseosas y volátiles se dispersaron por todo el globo terráqueo: el 2 de mayo, en China; el 4, en India; el 5 y 6 de mayo en Estados Unidos y Canadá. La periodista y escritora bielorrusa, Svetlana Alexievich, premio nobel de literatura, afirma, en su libro “Voces de Chernóbil”, que antes del desastre, por cada 100,000 habitantes de Bielorrusia, se producían menos de 82 casos de cáncer. Hoy las estadísticas han subido esta cifra a 6,000. La mortalidad ha crecido en un 23.5%; de cada 14 personas, solo una muere de viejo (entre 40 y 56 años); en las regiones cercanas al desastre, 7 de cada 10 personas están enfermas y los cementerios crecen y crecen sin parar. Lyudmila Balyuk, entonces una joven estudiante de matemáticas en Kiev, estaba en la calle esa madrugada con sus compañeros de estudio, terminando una práctica, cuando vieron las calles inundarse de soldados y personal de seguridad del Estado que les conminaron a recluirse en sus casas. Por suerte para ellos, los vientos, como se describe más arriba, transportaron en la dirección opuesta las 50x10E6 Ci de radionúclidos que el desastre arrojara a la atmosfera. A modo de comparación, en Ucrania se ha contaminado menos del 5% de su territorio, mientras que en Bielorrusia se contamino el 70%, con el 23% castigado con concentraciones superiores a 1  Ci/Km2 de cesio-137.Pero estas cifras no bastan para entender a cabalidad el drama humano que vivieron las miles de víctimas. Es preciso recuperar las propias voces de los sobrevivientes, tal como lo hace Alexievich.En la primera entrevista de su libro, Svetlana da voz a otra Lyuda, muchacha, de 23 años, embarazada, esposa del bombero fallecido Vassili Ignatenko. “No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo?” comienza su relato Lyudmila Ignatenko. “Nos habíamos casado no hacía mucho tiempo. Aun íbamos por la calle agarrados de la mano… Yo le decía ‘Te quiero’ pero aun no sabía cuánto le quería, ni me lo imaginaba…”Nadie puede terminar este relato sin un nudo en la garganta. Su querido Vassia había recibido, intentando apagar el incendio sin la protección debida, más de 1,600 roentgen, cuando la dosis mortal es de 400. El amor de Lyuda, al limpiar de su boca los pedazos de hígado y otras vísceras que expulsaba en dolorosas convulsiones durante los 14 días de agonía que siguieron, al abrazarlo intentando ayudarle, expuso su propio cuerpo a la radiación que el cuerpo de su amado emitía. La primera consecuencia fue la muerte de la pequeña hija que llevaba en su vientre; luego su enfermedad y también muerte prematura.Las voces de Chernóbil, recogidas por esta merecida nobel de la literatura universal, son hoy un llamado a reflexionar sobre las consecuencias de un manejo irresponsable y precipitado de la energía nuclear. Sobre cómo, en un país que se caracterizaba por el alto nivel de sus universidades y la calidad de sus científicos y técnicos, pudo darse un “accidente” como el que describen esas páginas terribles. Imaginemos ahora, por un momento, una infraestructura semejante “administrada” en un medio sin tradición de excelencia académica o técnica y más proclive a las fiestas y a las “entradas” que al esfuerzo y la dedicación a la ciencia y a la tecnología.Bolivia tiene un enorme potencial de energías limpias. El altiplano tarijeño y el boliviano están entre las áreas de mayor irradiación solar del planeta. El potencial de energía eólica en el oriente, de energía geotérmica en el occidente y del gas natural (el menos contaminante de los combustibles fósiles), es también gigantesco. De manera que resulta innecesario el riesgo de convocar, sin la madurez científico técnica necesaria, a los fantasmas de Chernóbil o Fukushima.Tiene la palabra Lyuda Ignatenko: “Muchos se mueren. De repente. Sobre la marcha. Va uno por la calle y de pronto cae muerto. Se acuesta y ya no despierta. Le lleva flores a una enfermera y de pronto se le para el corazón. Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte, de los horrores. Pero yo le he hablado del amor. De cómo lo he amado.”


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