¡El capitalismo como enfermedad!
Andrew Whitworth, reconocido cientista social de la Universidad de Leeds, quien contribuyó, entre otras, a la Enciclopedia de Teoría Social y a la Enciclopedia de Información y Ciencia de las Bibliotecas, nos ha entregado también un delicioso texto: “El capitalismo como enfermedad”,...
Andrew Whitworth, reconocido cientista social de la Universidad de Leeds, quien contribuyó, entre otras, a la Enciclopedia de Teoría Social y a la Enciclopedia de Información y Ciencia de las Bibliotecas, nos ha entregado también un delicioso texto: “El capitalismo como enfermedad”, pequeño drama que consta de un solo acto y que tiene tres personajes: un magnate multimillonario recientemente fallecido; Uriel, el espíritu que monta guardia en la entrada del paraíso (versión protestante de San Pedro); y un camello, en evocación de la conocida parábola que habla de las dificultades que pueden tener los ricachones para entrar al reino de los cielos.En esta pequeña obra teatral, —digna de nuestro Chiquis Cartagena, trotskysta irreverente y perseverante promotor de esta expresión artística en Tarija—, el millonario se encuentra parado en la puerta del paraíso mientras Uriel revisa sus documentos. Se establece entonces una rica conversación, de aquellas que más de una vez protagonizamos con familiares y amigos conservadores.Le asignemos el nombre “Samuel” al magnate, para mantener el tono bíblico y sin ánimos de molestar al nuevo miembro de la “Internacional Socialista”. Samuel está indignado pues Uriel no está dispuesto a franquearle la entrada, a pesar de sus reclamos en sentido de que “…siempre fue a la misa; siempre dio limosnas; sus donaciones para la caridad son conocidas; su apoyo a las artes, a los artistas, a los políticos afines con el ideal liberal y cristiano, etc”. Uriel vuelve a mencionar el camello y Samuel responde que, para el, la parábola del camello, es simple propaganda castro-comunista, perdón, cristo-comunista y que le extraña que un “empleaducho” le esté cortando el paso con semejantes argumentos:“Momentito, YO hice mis billetes con mucho trabajo, me los gané uno por uno con el sudor de mi frente; YO tuve que enfrentar toda la presión, soporté los altibajos, ¿por qué no puedo cosechar los frutos de mi labor?” Uriel también levanta el tono: “Usted puede considerar que se ganó sus riquezas, pero, en realidad, se enriqueció a costo de otros.” “Eso es ridículo, éste es un país libre. Muchas personas se hicieron de la nada... incluso algunos, como don Ismael, fueron a colegios públicos, con padres analfabetos, y únicamente con su esfuerzo y sin ayuda de nadie se hicieron también millonarios” contesta Samuel.“Déjeme contestarle con una frase de ese otro castro-comunista, tan parecido a mi jefe en esas fotos que tomaron de su cadáver en Vallegrande, el Che: ‘Las leyes del capitalismo, invisibles y ciegas para la mayoría, actúan sobre el individuo incluso cuando el no está consciente de ellas. El solo mira un horizonte que parece infinito. Así es como la propaganda capitalista se lo presenta, pretendiendo extraer de la historia de un Rockefeller (sea cierta o no) una lección sobre la posibilidad del éxito. Sin embargo, la miseria que se acumula para que un ejemplo como ese tenga lugar y la suma total de villanías resultantes de una fortuna de esa magnitud, no aparecen en el cuadro’. ¿Cree entonces, señor Samuel, que es un verdadero valor humano el hacerse rico causando la pobreza ajena? Buscar con denuedo incrementar día a día sus ganancias expropiando el trabajo ajeno, ¿en lugar de una distribución justa y equitativa de la riqueza? ¿Para que necesitamos tanto lucro?”Ahí, un Samuel, convencido de la superioridad irrefutable de su argumento le contesta al ángel guardián: “Ajá! Si la economía no depende del lucro, ¿QUIÉN va a financiar la educación? ¿La cultura? ¿La salud? No se pueden crear esas cosas de la nada. El sistema basado en el lucro promueve y provoca el desarrollo. Las mejores maneras de asegurar un continuo chorro de utilidades es el crecer e innovar. Las utilidades son reinvertidas en desarrollo tecnológico el mismo que nos lleva al crecimiento y ¡a más utilidades. Ese es un ciclo positivo en verdad!”Uriel, que desde las alturas ha visto el cuadro triste del planeta le contesta: “Es posible Samuel… pero permítame señalar una aún mas posible consecuencia de semejante ciclo. ¿Ha considerado usted que es necesario establecer límites al crecimiento? ¿Que la tierra tiene una capacidad limitada para sostener a la población humana, para absorber la contaminación y para proveer los recursos que requiere esa creciente capacidad productiva orientada al lucro?”“¿No le están enseñado nada las guerras en el medio oriente, las crisis de refugiados, el colapso de Grecia, la crisis inmobiliaria en España, la salida del Reino Unido de la UE, el triunfo de su colega Trump cabalgando en el odio racial y religioso en los EEUU, etc, etc?”Samuel responde tartamudeando un poco: “¿Y el comunismo? Acaso ¿el comunismo no colapsó en todas partes? El comunismo nunca pudo motivar a la gente pues, al abolir la propiedad privada, nada estimulaba el trabajo duro y menos el talento superior. ¡El comunismo dio poder solo a los mediocres y vagos!”Uriel le responde con tristeza creciente: “Si eso fuera cierto, Samuelito, el capitalismo se hubiera desintegrado hace ya muchos años. En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice cómo el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer. No importa, nos dice Marx, así se explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por no tener ya nada que vender más que su pelleja. De este pecado original arranca la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar. ¿No es ese su caso Samuel?”Finalmente, el magnate debe retornar cabizbajo y con sus documentos bajo el brazo en busca de la entrada a ese otro sitio, descrito por Dante, en cuya puerta encuentra ¡Gracias a Dios! A un ex ángel mucho más razonable.


