Comerciantes indígenas en la economía global
Guangzhou, tradicionalmente conocida como Canton, es la tercera ciudad más populosa de la China continental y se ha convertido en un gran “hub” o centro de transporte y distribución de mercancías; uno de los más grandes del mundo.Ella no es la única mujer aymara que se mimetiza, con la...
Guangzhou, tradicionalmente conocida como Canton, es la tercera ciudad más populosa de la China continental y se ha convertido en un gran “hub” o centro de transporte y distribución de mercancías; uno de los más grandes del mundo.Ella no es la única mujer aymara que se mimetiza, con la naturalidad de su rostro asiático, entre los 13 millones y medio de cantoneses y entre los 54 millones de seres humanos que viven en la aglomeración metropolitana más grande del planeta. Caminando en las calles paceñas, Silveria es la imagen misma de una campesina aymara en su tercera edad. Pero la tradicional pollera, el sombrero, la manta, las trenzas parecen simples símbolos destinados a disimular que es dueña de un edificio de cinco pisos y de cuatro tiendas de artefactos eléctricos que ofertan las últimas novedades de la tecnología china. La mujer dejó el pueblito de Taraco cuando era adolescente y se mudó a La Paz pocos años después de la reforma agraria del 53. En la ciudad sobrevivió vendiendo pescado del lago por las mañanas y máquinas de coser usadas por las tardes. Estas eran contrabandeadas desde el Perú por su compadre, dueño de un pequeño bote. Muy pronto, Silveria estaba vendiendo ropa, telas, baterías y radios portátiles. Su éxito y el de otras como ella convocó a sus familiares de Taraco y de otros distritos. Bajo un sistema de créditos rotatorios (pasanakus) ellos se establecieron en la calle Eloy Salmón y extendieron su control comercial al vecindario. Arrendando vehículos y garajes, desplazando a zapateros y hojalateros del barrio, fortaleciendo sus conexiones peruanas, haciendo “amigos” en el LAB y en ENFE, los taraqueños, sin dejar nunca de agradecer al “Señor del Gran Poder”, constituyeron el primer sindicato de comerciantes de la Eloy Salmón.La red comercial de Silveria pronto se expandió, primero a los “turcos”, libaneses que habían montado sus surtidas tiendas en Arica e Iquique. En los 70, Silveria comenzó a viajar a Panamá con su comadre Delia con la que adquirían al por mayor productos que luego distribuían entre sus numerosos parientes en la Eloy Salmón.Cuando se estableció la zona de libre comercio en Iquique, Silveria llegaba en el camión de su padre con miles de dólares amarrados a su cintura. Un importador árabe, de nombre Mauricio, se convirtió en su “casero” principal. Luego transportaba la carga hasta la Eloy Salmón por caminos de tierra o también, “negociando” con los agentes aduaneros. Mauricio luego quedaría en el recuerdo cuando Silveria decidió comprar directamente de los chinos.Los contactos chinos no fueron grandes empresas sino pequeños grupos familiares que podían producir en la escala y calidad que demandaban los aymaras. Tampoco las garantías fueron un problema serio. Estas relaciones, con fuerte tinte “familiar”, se montaron sobre tratos verbales y confianza recíproca construida entre personas, cuyo vínculo de sangre podría rastrearse hasta unos 18 mil años atrás, cuando sus antepasados cruzaron el estrecho de Bering detrás de las hordas de mamuts, para colonizar todo el continente.Esta fascinante investigación está contenida en el libro “The Native World-System. An Ethnography of Bolivian Aymara Traders in the Global Economy”, escrito por Nico Tassi y publicado este año por “Oxford University Press”.La extensión de las localidades chinas hoy vinculadas con el comercio aymara abarcan a la provincia de Sichuan (Chengdu y Xichang), Hunan, Guangdong (Guangzhou y Shenzeng) , Hubei (Wuhan), Beijing, Fujian (Fuzhou, Xiamen), Zhejiang y otras.Se trata de una nueva perspectiva sobre los pueblos indígenas y el capitalismo global que describe la emergencia de comerciantes aymaras desde hacen varias décadas, bajo la mirada despreocupada e incluso despreciativa de las elites blanco-mestizas.Se trata de una mirada subversiva en relación a las tesis convencionales que colocan a los pueblos indígenas exclusivamente en su condición pasiva y como sujetos de la “ayuda” técnica y financiera internacional.El libro describe también las tensiones entre estos intrépidos comerciante aymaras y Evo Morales, a quien apoyaron decididamente en sus inicios y de quien ahora resienten la presión del Estado Plurinacional por sacarlos de la periferia y de los intersticios y rajaduras del sistema, en el cual ellos triunfaron como agentes económicos, para incorporarlos a la tributación universal. Para finalizar, un comentario adicional que merece ser objeto de un análisis más detallado: en criterio del autor, el éxito de los comerciantes aymaras, sin educación formal y actuando en los márgenes del sistema, sin acceso expedito a los bancos, combatidos por aduaneros y por la renta, despreciados y excluidos, que no pertenecen a las “Cámaras de Comercio” u otras “Asociaciones” formales, “…parece estar delineando una nueva modalidad de ser al mismo tiempo económicamente exitoso e indígena, reconciliando la posibilidad de ser moderno y viajar a la china a hacer negocios con el hecho de ser popular y pertenecer a los sectores indígenas de la sociedad.”. La idea de que son las relaciones entre el individuo y su colectividad las que obligan a replantear los conceptos de “economías de escala”, “rendición de cuentas” y “competencia”, parece estar apuntando a una fractura en un pilar básico del capitalismo que se apoya en el principio de propiedad privada y de riqueza privada.Frente a esta realidad en curso, resulta tan ridículo el desprecio que expresan ciertos sectores conservadores en Tarija, que no alcanzan a advertir el poder y el conocimiento que traen consigo los aymaras a quienes simplemente juzgan por el tamaño del pequeño “catu” ¡que muestran en el mercado!


