¡Maten a Salustiano!
Justo debajo del viejo puente de madera, al que él se había arrimado con la curiosidad innata de un niño de seis años, Don Honorio Méndez, una fría mañana del año 1906, estaba lavando una cabeza cortada. El barullo de los espectadores se hacía más intenso y una expresión de profundo...
Justo debajo del viejo puente de madera, al que él se había arrimado con la curiosidad innata de un niño de seis años, Don Honorio Méndez, una fría mañana del año 1906, estaba lavando una cabeza cortada. El barullo de los espectadores se hacía más intenso y una expresión de profundo pesar se produjo en el momento en que, acabada la primera faena, el hombre que lo acompañaba sacó de la alforja un brazo ensangrentado para limpiarlo también en esas aguas en las que, con seguridad, tan sólo unas décadas atrás habría colmado su sed el ilustre bisabuelo del hombre que acababa de asesinar a Salustiano Ruiz Villarrubia.Otros testimonios confirmaron que Honorio, espoleado por la codicia, quiso cobrar la recompensa que los comerciantes tarijeños habían ofrecido por la cabeza de Salustiano. Lo habían esperado a la altura de León Cancha, lugar donde buscó refugio luego del último asalto a la caravana de mulas que don Bernardo Trigo traía desde el Puerto de Buenos Aires cargada de telas, tejidos y ropa. Un hombre desconfiado como Salustiano podía haber evadido la emboscada, sin embargo reconoció a Méndez y bajó la guardia, pues se trataba de un viejo amigo. El primer disparo de la escopeta de atacar que tenía amartillada Méndez le vació un ojo y le deformó el rostro tumbándolo del caballo. Honorio se acercó con un machete y sin escuchar las penosas súplicas del hombre derribado, le cortó la cabeza y la puso en la alforja. Entonces el cómplice de la cobarde emboscada le hizo notar que nadie le creería que la cabeza era del perseguido y fue entonces que decidieron cortarle también el brazo derecho donde un famoso tatuaje lo identificaba. Con la alforja llena se dirigieron hacia San Lorenzo.El anciano – niño recordaba un brazo peludo y pelirrojo, en el que se movía, cual una extraña mariposa, el tatuaje de ese hombre que se había convertido en el terror de los comerciantes tarijeños en el periodo del “alto comercio”, que marcó el primer auge de Tarija entre 1850 y 1914.Si bien ese periodo es ampliamente aceptado por los historiadores, en realidad, el verdadero auge de Tarija empezó durante la Guerra del Pacífico (1879 – 1884), cuando se cortó el comercio en el Pacífico, lo que permitió a una agresiva y visionaria élite de una pequeña ciudad de menos de 8.000 habitantes aprovechar esa coyuntura para establecer su dominio comercial sobre extensos territorios del oriente y del sur de Bolivia. De una manera vertiginosa, surgieron importantes casas comerciales como “Trigo Hermanos” (la más grande y prestigiosa de todas), “Mateo Araoz e Hijos”, “Navajas y Hermanos”, “Jofré e Hijos”, “Arce Hermanos”, “Paz Hermanos”, etc.Las relaciones directas con los importadores porteños, como se explica en el “V Tomo Corpus Documental – Historia de Tarija”, tuvieron muchas ventajas y algunas desventajas. Por la ubicación de Tarija en el medio del continente, las comunicaciones eran difíciles y los arrieros no siempre eran confiables. Un importante destino de sus productos era, por supuesto, el campesinado chapaco con el cual se puso en práctica una eficiente y extensa red de créditos que terminaban endeudándolos al límite de sus fuerzas y despojándolos de sus tierras, puestas en garantía, haciendo de los comerciantes, además, verdaderos latifundistas. En esas condiciones, un hombre como Salustiano, según algunas fuentes vinculado al Partido Liberal, carismático y temerario, que robaba a los ricachones comerciantes y repartía el botín entre el pueblo campesino empobrecido, no podía seguir creciendo en la mitología popular. De manera que, en una reunión, sostenida en una tradicional casona en las inmediaciones de la hoy plaza Luis de Fuentes, los comerciantes, que además eran “dueños” de diputados y senadores a quienes financiaban, pusieron precio a su cabeza.Salustiano supo tempranamente de esa decisión y abandonó por un tiempo sus correrías en el Valle de Concepción, por donde pasaban las caravanas, y se refugió en San Jacinto Norte en la casa de su primo hermano, Eusebio Ruiz Peralta, mi abuelo paterno. Esta casa, es hoy el hogar de una valerosa defensora de los pobres del campo, Marcela Guerrero, y fue escenario de muchas anécdotas que nos fueron transmitidas por una mujer excepcional, mi tía María Ruiz Costas, hermana mayor de mi padre, nacida en 1898.Recordaba ella cómo los “Vigilantes” (policías de la época), llegaban a la loma y hacían disparos para hacer notar su presencia y dar tiempo a Salustiano a montar en su famoso caballo y “pasar a la banda con el río crecido”, sabiendo que ninguno se atrevería a seguirlo. Según ella, el caballo “…le respondía como un perro, siguiéndole al menor silbido y leyendo su mente como si fueran uno” Ella vio varias de esas escapadas, sin embargo, lo que nunca olvidaba fue una discusión en la cual mi abuelo le pedía que “siente cabeza” y que deje que los placeros se olviden de él por un tiempo. Antes que pelear con su primo, Salustiano de un brinco estuvo sobre su caballo y con la otra mano agarró del brazo a su mujer que cotilleaba con mi abuela Salomé al lado del horno de barro, que todavía existe en la casa de Marcela. Con la mujer en las ancas, Salustiano salió al galope para no volver. Desde entonces llegaban las noticias de que estaba entre León Cancha y Camarones escapando de los vigilantes. Conseguida su cabeza, los comerciantes se dedicaron entonces a borrar su memoria y abandonaron a Honorio quien tuvo que cumplir varios años en la cárcel.


