Ciro Bustos ¡entre nosotros!

El primero, —a quien los locales apodaban “Adobe”—, era un curtido y duro militante del MNR, cuando este partido se consideraba todavía revolucionario, y gozaba del aprecio y confianza de Don Víctor, quien le había encomendado tareas vinculadas a la seguridad y el orden.El segundo, Don...

El primero, —a quien los locales apodaban “Adobe”—, era un curtido y duro militante del MNR, cuando este partido se consideraba todavía revolucionario, y gozaba del aprecio y confianza de Don Víctor, quien le había encomendado tareas vinculadas a la seguridad y el orden.El segundo, Don Raymundo (un nombre más fácil de recordar y de escribir en español que Mahmoud), era de origen palestino, y se había comprado una finca en Sidras, —la que trabajaba esforzadamente junto a sus hijos y su esposa de origen judío y de apellido Salomón—. Seguramente, ése día, Don Raymundo se había ocupado comprando vituallas y accesorios agrícolas, además de repuestos para su famoso tractor, y se aprestaba a retornar a la propiedad luego de unos mates con los “baysas”. Adobe le preguntó si había detectado algo raro en la hacienda vecina que Don “Perla” Ortiz había vendido recientemente al Decano de Agronomía de la San Simón, el “Huevo”  Murillo, con la intermediación del conocido “Chongo” Castillo, ambos militantes comunistas, no tan antipáticos como los falangistas pero siempre de cuidado para cualquier policía que se respete. Raymundo le dijo que ésa, la gente que habitaba la Casa de Piedra, era “buena gente” y que no había notado nada raro, preguntando a su vez cual era el motivo de la preocupación del fornido Adobe. Alé le contestó que había recibido la visita de Hilarión Zenteno, uno de los antiguos peones de Ortiz, que había tenido algún tipo de disgusto con Carlos Valle y que los había denunciado como un grupo de productores de cocaína en la zona, además dijo que “sacaban la droga a la Argentina” encima del Jeep Willis del joven Armandito, hijo de don Perla. El vehículo había sido vendido junto con la finca, por exigencia del propio Valle, designado por el nuevo propietario como responsable de la hacienda.“Pero eso no es todo”, dijo el policía endureciendo la expresión de su rostro y bajando la voz para que sólo Mahmoud lo oyera: “… también sabemos que Fecho Barzón y Yamil Baracatt, cuando se conectan con otros radio aficionados desde su propiedad vecina, son interferidos por una señal de radio que parece salir de la Casa de Piedra. O estos son contrabandistas o son narcos. Mañana me doy una vueltita por allá…”Abelardo Colomé Ibarra, hoy todavía Ministro de Gobierno de Cuba, estaba acompañado del “Pelado” Ciro Roberto Bustos, cuando don Raymundo le comunicó la noticia de la inminente visita de la policía. Abelardo, Furry para los combatientes, era también conocido como “Carlitos Valle”  por todos sus vecinos chapacos. Se había ganado la amistad y la confianza de ellos con su carácter sencillo, amable y conversador, con un acento que, a oídos de un árabe más sonaba a camba que a cubano. En sus memorias, recogidas en una entrevista hecha hace unos años en Cuba, él dice textualmente: “… un moro, llamado Handam, nos alquilaba un tractor agrícola!”. Hasta hoy recuerda con cariño a Fohad, uno de los hijos de Raymundo, pero su mayor preocupación sigue siendo el destino de la esposa del trabajador minero que les hacía la comida mientras la columna guerrillera, dirigida en realidad por el Comandante Segundo, Jorge Ricardo Masetti, exploraba el territorio salteño introduciendo no bolsas con droga, sino armas y equipos para los casi cinco campamentos que lograron estructurar al otro lado de la frontera, evidentemente con la ayuda del “Willis” de Armandito Ortiz.No pudimos averiguar el nombre ni el destino de esta compañera, sin embargo le informamos a Abelardo que el compañero que había puesto el PC para ayudar en la logística y preparar el rancho, se había subido un día, a escasos meses de que el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) fuera derrotado por la Gendarmería Argentina, en el andamio de un camión que venía a la ciudad. Se había dormido en el trayecto y caído del camión siendo arrollado por este. Su viuda retornó a los centros mineros y no supimos más de ella.La última vez que conversé con el Pelao Bustos, fue hace un par de años, cuando le envié un paquete de fotos que tomamos con Gustavo Rodríguez de la Casa de Piedra. En esa oportunidad me dijo “que nostalgias hermano… mándame por favor todas las fotos que puedas”. También me contó que la radio que interfería con la de los radioaficionados vecinos, había sido capturada a los yanquis durante la invasión de Bahía de Cochinos, decomisada por el Che y puesta a disposición del EGP. Pero volvamos a la historia de la visita-inspección de la policía. Adobe Alé llegó con un contingente armado de policías, puntualmente, a la Casa de Piedra en la fecha señalada a Mahmoud. Fue recibido por Masetti en persona quien le mostró la casa y le contó sobre los proyectos de crianza de chanchos, utilizando un producto poco conocido entonces que era la soja experimental, que enviaban desde la Facultad de Agronomía de Cochabamba. Conversaron un rato, se cayeron muy bien y se despidieron debajo de los enormes arboles de palta que dan sombra al sitio. Cuando el vehículo policial atravesó el río Emborozú, Bustos, Furry y los otros combatientes salieron recién de detrás de la pirca que daba al lado de la montaña, armados hasta los dientes pero felices de que se haya evitado tan “diplomáticamente” un combate con toda seguridad sangriento.Hace algunas horas recibimos la triste noticia del fallecimiento de Ciro Bustos. Su historia ha quedado marcada por un estigma oscuro, el de la supuesta delación del Che en Ñancahuazu. Como señala hoy la editorial de Sudestada, “…la publicación de su excelente libro “El Che quiere verte” contribuyó a acercar la verdad a una historia manipulada por los mismos que asesinaron al Che en Vallegrande y por otros cobardes y oportunistas de ocasión, como el francés Regis Debray. En la soledad de su refugio, en Malmo, Suecia, se apagó la llama de uno de los revolucionarios que eligió combatir por un porvenir socialista para América Latina. Argumento que alcanza y sobra para un entrañable adiós al compañero Ciro.”


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