Boquerón

-Eso es todo, 20 oficiales y 446 soldados- la cara del oficial paraguayo reflejaba incredulidad y asombro. El oficial paraguayo se dirigió al ahora preso comandante boliviano de Boquerón indicándole que sería conducido donde el teniente coronel Estigarribia. Marzana pidió despedirse del...

-Eso es todo, 20 oficiales y 446 soldados- la cara del oficial paraguayo reflejaba incredulidad y asombro. El oficial paraguayo se dirigió al ahora preso comandante boliviano de Boquerón indicándole que sería conducido donde el teniente coronel Estigarribia. Marzana pidió despedirse del centenar de heridos que se encontraban en la choza hospital. Las condiciones eran dantescas, al aproximarse vio una nube de moscas que pululaban alrededor de los heridos, no había ni un solo catre, todos esos hombres se encontraban tirados sobre el piso de tierra de la choza, pudo sentir la hediondez que emanaba de allí como consecuencia de la mugre y la falta de agua, de los miembros gangrenados y agusanados y la falta de medicamentos que acusaban los botiquines que habían quedado vacíos hace más de 10 días. Sus últimos días el teniente coronel Marzana los pasó dentro de su trinchera bajo tierra con techo de callapos, los morteros paraguayos no daban tregua ni un minuto. Ordenó al teniente coronel comandante del batallón “tenemos que ahorrar la poca munición que tenemos, se debe disparar únicamente a blancos visibles y próximos”.Antes de salir del fortín pidió a su captor agua para su tropa. Eran varios días que se impuso el racionamiento de agua debido a que el pozo de agua se encontraba contaminado por los cuerpos sin vida de los soldados bolivianos que flotaban grotescamente en la aguada, que presas de la desesperación por la sed trataron de llenar sus caramañolas a sabiendas que el pozo se encontraba a tiro de fusil paraguayo. Recordó que ésta era la segunda vez que tenía a toda su tropa formada desde que leyó la orden enviada desde La Paz, a dos mil kilómetros del frente de batalla: “El Capitán General ordena y la Patria pide no abandonar Boquerón de ninguna manera, prefiriendo morir en su defensa antes de dar el parte de retirada”. Marzana militar de pocas palabras y ajeno a los grandes discursos dijo a sus hombres: “hijos vamos hacer respetar el uniforme que vestimos. Ningún soldado debe retirarse hasta haber quemado el último cartucho”.  No se percató que el subteniente Clemente Inofuentes, contrariando su última orden, se guardó la bandera nacional enroscándola en su cuerpo dentro de los harapos a los que había quedado reducido su uniforme, no pudo desprenderse de la bandera que cada domingo izaba no solamente con fervor sino con amor. En reunión con sus oficiales fue informado que la reserva de municiones alcanzaba únicamente para 10 minutos de fuego, decidió enviar un mensaje con el capitán. Salinas dirigido al comandante paraguayo solicitando entrevista con el fin de entregar el fortín y precautelar la vida del contingente boliviano. “Sgto. Tejerina apunte” y comenzó su dictado en la madrugada del último día de resistencia “se procederá a enterrar la bandera nacional y a destruir el material de combate a fin de evitar que caigan en manos enemigas. Soldados y oficiales se quedarán con las bayonetas caladas hasta el último sacrificio”. Miró a su ejército con el orgullo de haber podido comandar a esos valientes guerreros que supieron resistir heroicamente sin alimento y sin agua en aquellos olvidados desiertos los 20 días que duró el asedio paraguayo. Como diría el elfo Gildor (J.R.R. Tolkien) en El Señor de los Anillos: “el valor se encuentra en los lugares más insospechados”.Eran decenas los soldados bolivianos que yacían insepultos y en franca descomposición dentro del fortín. En el improvisado cementerio estaba enterrado el teniente Arturo Montes, hijo del ex presidente Ismael Montes, que exactamente un día antes de la caída de Boquerón había sobrevolado la zona en un avión Curtis lanzando el pedido de resistir 10 días más. No se imaginaba que su muchacho para ese entonces, estaba enterrado en el fortín envuelto en una frazada. En el trayecto al comando paraguayo se pudo dar cuenta de la magnitud de la ofensiva enemiga, miles de soldados y varios centenares que fueron muertos por la bala boliviana. Había dicho a sus oficiales “nos enfrentamos a un ejército de 2.000 hombres”, siendo que en la realidad alcanzaban los 12,000. Los bosques de tuscales que rodeaban a Boquerón fueron escenarios de heroicas hazañas como la del soldado E. Rivas que una noche que salía a rescatar las mochilas de los pilas muertos, para abastecerse de agua y municiones se encontró con dos enemigos, dándoles muerte retornó con sus ametralladoras, esto le valió el ascenso al grado de cabo en el campo de batalla. A través de estos espinos se escurría y se burlaba del enemigo el gran capitán Victor Ustárez y fue en estos mismos bosques donde agarrado de su fusil cayó de bruces herido de muerte en el pecho en el intento de romper el cerco a Boquerón.  Mejor suerte tuvo Germán Busch que en dos oportunidades logró sortear las filas paraguayas. Boquerón reunió a tres de los más grandes héroes bolivianos del chaco: Marzana, Ustárez y Busch. Marzana dejó Boquerón sin siquiera sospechar que se estaba convirtiendo en uno de los más grandes héroes del Chaco y de toda nuestra historia militar, liderizando una hazaña comparable a los 300 espartanos de Leónidas en las Termópilas. En el camino vio a los soldados paraguayos comiendo una ración de carne seca, “que diferencia” pensó “los últimos 10 días ya sin nada qué comer tuvimos que sacrificar a las mulas para dar el rancho, y cuando se acabaron hicimos sopa con los cascos de las mulas. No nos derrotaron los pilas, ni siquiera el hambre y la sed, hubiéramos podido resistir un par de días más si es que no se acababan las municiones, ahora ya sabe el soldado paraguayo de qué está hecho el soldado boliviano”. *fue parlamentario.


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