Turquía: oportunidad tras el abismo

Durante ese tiempo se plantearon todo tipo de escenarios inquietantes para un país que es una pieza clave en el convulso Oriente Medio y un vecino descontentadizo de la Unión Europea. A la mañana siguiente, el golpe había sido abortado, el orden constitucional preservado y el Presidente...

Durante ese tiempo se plantearon todo tipo de escenarios inquietantes para un país que es una pieza clave en el convulso Oriente Medio y un vecino descontentadizo de la Unión Europea. A la mañana siguiente, el golpe había sido abortado, el orden constitucional preservado y el Presidente salía indemne de la mayor amenaza a la que se había enfrentado durante sus 13 años en el poder. Las Fuerzas Armadas no estaban cohesionadas  a favor del golpe, varios cuerpos de seguridad le plantaron cara,  muchos turcos salieron a la calle desafiando el toque de queda para oponerse al levantamiento de militares y, no menos importante,  la totalidad de los partidos de la oposición se declararon a favor de la vía democrática  y apoyaron el gobierno legítimo salido de las urnas. Erdogan lleva años desarrollando un estilo de gobierno cada vez más autoritario, personalista, pese al carácter republicano y laico del sistema político turco. Su actual Presidente, desde 2014, ha mostrado su voluntad de convertirse en la cabeza de un  régimen “sultanístico”, pretende reformar la Constitución para instaurar un sistema presidencialista y no ha dudado en recurrir a la represión ni en deshacerse de rivales políticos, incluidos posibles competidores dentro de su propio partido AKP. Todo eso haciendo uso político de un discurso identitario islamista y cada vez más conservador. Esa forma de gobernar ha llevado a la sociedad turca hacia una  polarización  creciente y ha generado tensiones fuertes entre distintos centros de poder. La política exterior del gobierno turco, sobre todo desde las revueltas árabes de 2011  y más aún a raíz de su implicación directa en el conflicto en Siria, lo ha puesto  en rumbo de colisión con varios vecinos  y ha generado repetidos roces con las grandes potencias. A pesar de los excesos de Erdogan y de la polarización social  a la que ha contribuido, el intento de golpe militar del viernes fracasó en buena medida por la enorme oposición popular, amplificada por las redes sociales. También influyeron mucho las posiciones contrarias al golpe de los partidos de la oposición, incluido el  partido pro kurdo HDP, cuyos diputados y dirigentes habían recibido repetidas amenazas de cárcel por parte de Erdogan y los suyos. La conclusión a la que muchos turcos llegaron fue que más vale un presidente elegido democráticamente, a pesar de sus defectos y tendencias autoritarias, que una dictadura militar que no responda a ninguna institución democrática y que seguramente recurriría a la represión, erosionaría las libertades, y enfrentaría a unos sectores sociales contra otros. Erdogan ahora tiene  dos opciones: o ponerse en modo más autoritario y represivo o  dar un giro  a su estilo de gobernar y a su relación con la oposición política que le respaldó en su momento más complicado. Si opta por lo primero, la mayor damnificada sería la democracia turca, cuya fragilidad iría en aumento. Pero si elige tender puentes y consolidar el Estado de Derecho, su herencia quedaría como el salvador de la democracia turca. Marco Antonio Barroso Mendizábal es abogado, diplomático y catedrático


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