Hermes y el escultor
Fábula de Esopo
Hermes, mensajero de los dioses y guía de los mortales, quiso descubrir cuánto valor tenía entre los hombres. Así que descendió del Olimpo y llegó al taller de un escultor.
Allí encontró varias estatuas de los dioses, cuidadosamente talladas en mármol. Entre ellas había una de Zeus, otra de Hera… y finalmente, una figura del propio Hermes.
El dios observó en silencio y preguntó al escultor cuánto costaba cada estatua.
—La de Zeus vale una gran suma —respondió el hombre—. La de Hera cuesta un poco menos.
Entonces Hermes, intentando ocultar su curiosidad, señaló su propia imagen.
—¿Y esa?
El escultor respondió con tranquilidad:
—Esa es la más barata de todas.
Hermes quedó desconcertado.
¿No era acaso el mensajero de los dioses? ¿El señor de los caminos, del comercio, de la astucia y de los viajeros? ¿Cómo podía su estatua valer menos que las demás?
Pero entonces comprendió algo que los dioses, a veces, olvidan cuando contemplan a los mortales desde las alturas.
El valor que alguien cree tener… no siempre coincide con el valor que los demás están dispuestos a darle.
La fábula de Esopo encierra una ironía sencilla, pero profunda: incluso aquel que posee grandes títulos puede ser considerado insignificante cuando su importancia solo existe en su propia imaginación.
Porque el orgullo necesita constantemente que otros lo reconozcan.
Y cuando ese reconocimiento no llega… el orgullo se convierte en humillación.
Hermes descubrió que no basta con ser importante para sentirse importante.
A veces, la mayor lección no está en escuchar cuánto valemos… sino en descubrir cuánto dependemos de que otros nos lo digan.
La verdadera grandeza no necesita proclamarse.
Quien necesita que todos reconozcan su valor, quizá todavía no ha aprendido a reconocerlo por sí mismo.





