¿PIB o no PIB? Debemos superarlo para no errar tanto

Tampoco es clara una conexión entre ese tipo de crecimiento económico y la mejora de la calidad de vida, a la que se refiere Ruiz.Gordon en un libro más reciente, de 2012 (“¿Se ha terminado el crecimiento económico de EEUU?”) presenta un gráfico del crecimiento del PIB de EEUU que...

Tampoco es clara una conexión entre ese tipo de crecimiento económico y la mejora de la calidad de vida, a la que se refiere Ruiz.Gordon en un libro más reciente, de 2012 (“¿Se ha terminado el crecimiento económico de EEUU?”) presenta un gráfico del crecimiento del PIB de EEUU que refuerza su tesis de que entre 1870 y 1970 se dan los más grandes saltos de crecimiento económico en la historia. Pero lo que esto parece demostrar es que el neoliberalismo, que se expandió en el mundo desde hace más de 30 años (coincidentemente después de 1970), ya llegó a su límite, como lo admitió el propio FMI en un reciente ensayo escrito por sus tres principales economistas.Más allá de esto, el economista español Nicolás López hace una observación de fondo al cálculo de Gordon: “No explica exactamente cómo ha calculado la evolución de la productividad que se refleja en ese gráfico, pero me da la sensación de que ha ajustado la presentación de los datos a su tesis”. Dicho esto, López presenta su propio cálculo que muestra tres grandes fases del crecimiento económico: 1820-1870 con un crecimiento medio del 0,70%; 1870-1930 del 1,70%; y 1950-2000 del 2,0%.Viendo esos datos, no parece que el efecto de la innovación se esté desvaneciendo como supone Gordon, sino que las ganancias en productividad de la tercera fase de innovación parecen haber superado ligeramente a la anterior.López añade: “En mi opinión el punto débil de la argumentación de Gordon es no tener en cuenta el cambio en la propia economía. Aunque es cierto que las grandes innovaciones en cuanto a capacidad de producción física se produjeron en el siglo XIX, la economía de un país como EEUU (y el resto de países desarrollados) hoy en día es básicamente de servicios, por lo que las ganancias de productividad no se derivan de producir más toneladas de mercancías, sino de factores inmateriales que repercuten en la productividad de tipo intelectual de las personas”. En nuestro criterio, además, otros saltos tecnológicos gigantes pueden estar aún por venir: inteligencia artificial, progresos radicales en la biología, etc.Dicho esto, resulta que los analistas marran sus apreciaciones y conclusiones si las basan considerando únicamente el comportamiento del PIB como indicador válido de bienestar y desarrollo económico, y peor aún que se justifique “redistribuir el excedente económico con criterio social”. En efecto, además de los argumentos sobre los orígenes belicistas del PIB (que de entrada lo invalidan para medir la economía, especialmente en países subdesarrollados), hay que recordar que el propio creador del indicador llamado PIB -el premio Nobel Simón Kuznets- desde un principio ha sido crítico respecto de su propia creación, concretamente con el PIB per cápita para deducir el bienestar de una nación. En su primer informe, remitido al Congreso estadounidense en 1934, Kuznets dijo que “el bienestar de una nación apenas [...] puede inferirse a partir de la medida de los ingresos nacionales”.Treinta años después, Kuznets se refirió a la cuestión de las limitaciones inherentes al concepto del PIB con más fuerza todavía, argumentando que “es necesario tener en mente varias distinciones entre la cantidad y la calidad del crecimiento [...]. Los objetivos que marquen un mayor crecimiento deberían especificar un crecimiento en términos de qué y para qué”.Por otro lado, el teórico económico y social Jeremy Riffkin dice que “el problema con el PIB es que únicamente mide el valor de la suma total de bienes y servicios económicos generados durante un período de 12 meses. Pero no distingue entre aquellas actividades económicas que realmente mejoran la calidad de vida de la sociedad y aquellas negativas, que la empeoran. En el PIB se contempla todo tipo de actividades económicas, incluidas la construcción de cárceles, la ampliación de los cuerpos policiales, el gasto militar, el gasto que acarrean las tareas de limpieza de la contaminación, los costes sanitarios resultantes del consumo de tabaco, alcohol y la obesidad, así como de la publicidad que tiene por objetivo convencer a la gente de que fume y beba más, o que ingiera comida rápida…”.En este sentido, es importante no confundir el crecimiento económico del PIB con el bienestar que se pueda disfrutar en un país. No sólo un elevado crecimiento puede empujarnos rápidamente a un deterioro medioambiental del territorio, sino que también oculta otras cuestiones que producen satisfacción a los ciudadanos y que no quedan reflejadas en el PIB.Incluso en el mismo sector empresarial se ve cada año cómo muchas empresas quiebran, son absorbidas por otras o desaparecen, tanto en las grandes como en las medianas y pequeñas empresas, generando desempleo, deterioro de la propia calidad del empleo y pérdida de oportunidades, lo que en el caso boliviano puede hacer retroceder los avances sociales de la última década.Con todo esto, ¿se puede afirmar, como lo hace Ruiz, que como nunca el Estado “se puso del lado del pueblo trabajador”?  Este tipo de reflexión ha hecho posible que un pequeño país como Butan haya dado un salto adelante creando la Felicidad Nacional Bruta como sustituto del PIB. O que otros prestigiosos pensadores de distintos países propongan alternativas viables al PIB: El índice de bienestar económico sostenible (IBES), el indicador de progreso real (IPR), el índice de desarrollo humano de Naciones Unidas (IDH) o el índice de bienestar económico (IBE), entre otros. “Cada uno de ellos intenta determinar las mejoras económicas «reales» en el bienestar humano”, dice Riffkin.¿Por qué no nos atrevemos en Bolivia a pensar en alternativas al PIB que sean apropiadas a nuestra específica realidad económica y social, en lugar de insistir en indicadores creados para otras realidades, otros tiempos y otros objetivos?Es por esto, entre otras razones, que la aplicación del PIB para determinar el pago del doble aguinaldo está generando una masiva crisis empresarial y paralización del aparato productivo público y privado, porque está desvinculado de factores como la productividad, investigación, reinversión y otras actividades del sector productivo aplazadas por esa “redistribución de excedentes” que se ha constituido en “veneno letal” de nuestra economía.Resulta así digno de atención escuchar el clamor de los propios aliados del “proceso de cambio”, beneficiarios y a la vez víctimas de ciertas políticas “redistributivas” (doble aguinaldo): “No hay fuentes de trabajo, hay miseria y hambruna” (senador Pedro Montes del MAS, el 27/06/2016); “El ministro Arce debe dejar de pensar en la plata... que se ponga a pensar en los trabajadores” (Orlando Gutiérrez, ejecutivo de los mineros, el 29/06/2016).


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