El fiscal y el inocente
Alguien le clavó un cuchillo, tartamudeó asustada una veinteañera voluptuosa. La herida se asemejaba al cuello de un cordero degollado y Ramiro respiraba con dificultad y su corazón galopaba como de un pichón asustado tras caer en su primer intento de vuelo. “Llamen a mi mamá”,...
Alguien le clavó un cuchillo, tartamudeó asustada una veinteañera voluptuosa. La herida se asemejaba al cuello de un cordero degollado y Ramiro respiraba con dificultad y su corazón galopaba como de un pichón asustado tras caer en su primer intento de vuelo. “Llamen a mi mamá”, farfulló y se tocó con la mano izquierda debajo del impermeable azul, inflado como traje de astronauta con plumas de ganso. La filosa arma atravesó por la cremallera y se clavó en la parte inferior de su abdomen. Por el tamaño del boquete, los curiosos dedujeron que era un cuchillo de carnicero, de esos que en un zass pueden bajar un dedo.Media hora después llegó la ambulancia, pero él ya se había ido de esta vida. Luego arribó la Policía, pero ya no pudo preguntarle ¿quién lo acuchilló? Un teniente y un suboficial dieron parte a sus superiores y éstos informaron al Ministerio Público. ¿Quién mató a Ramiro? Que nadie salga de la discoteca hasta que digan lo que pasó, corrió la orden. Arribó el Fiscal, vio el cadáver e instruyó detener a todos los sospechosos.Los uniformados irrumpieron en la discoteca con vehemencia y violencia. Se propusieron encontrar esa noche al asesino. Ante la presencia intimidante, algunos amigos del dios Baco recuperaron la razón; otros quisieron salir corriendo. Nadie había visto a Ramiro; hasta que uno contó con voz temblorosa que lo vio, antes de que salga del lugar discutiendo con aquel hombre, a quién apuntó con el índice, los ojos y la nariz. Apenas la señal tocó a Nivaldo, un estudiante de derecho de conducta impecable, lo enmanillaron y se lo llevaron sin preguntarle siquiera si deseaba decir algo en su defensa. Lo sindicaron de homicidio, lo imputaron y con la complicidad de un juez lo mandaron a San Pedro. La “única prueba”, la declaración del borrachito. “Discutimos porque le reclamé para que no se lleve una silla que estábamos ocupando con mis amigos, se alteró y yo también, pero luego se fue y no pasó nada”, alegó Nivaldo en su defensa. Su abogado pidió pruebas en la audiencia de medidas cautelares. El fiscal respondió solicitando detención preventiva. Y un juez se lo concedió. La familia de la víctima pedía justicia y el fiscal creía que estaba haciendo justicia encarcelando a un inocente, cuya madre y hermana sufrían por la injusticia más que el mismo Ramiro. Tiempo después, como enviado de Dios, apareció un testigo que identificó al criminal, a quien vio salir corriendo del edificio con un cuchillo en la diestra, cubierto con la capucha de su canguro negro. La Fiscalía simuló buscar a ese joven y Nivaldo salió de la cárcel pagando muchos pesos.Ya pasaron 12 años de aquel fatídico día y El Inocente ya es abogado y su madre 10 años más vieja, y el calvario no acaba porque al nuevo Fiscal asignado, alguien parecido a Humberto Quispe por sus acciones y decisiones, no le da la gana de cerrar el caso y dictar sobreseimiento. ¿Resolverá este tipo de abusos la Cumbre de Justicia que se realizará la próxima semana en Sucre? ¿Quién limitará a los fiscales que imputan, acusan y encarcelan, vía jueces, sin previa investigación ni pruebas? ¿Cuándo se librará Bolivia de los fiscales que piden dinero para “ayudar” a inocentes? El Ministerio Público suele ser la puerta a la injusticia y hay muchas víctimas como Nivaldo y otros inocentes. (Esta historia se basa en datos reales, los nombres y los detalles literarios están en el ámbito de la ficción).*es periodista


