¡Cuando las palabras pierden su significado!
Este fenómeno tiene lugar en un contexto de equilibro inestable, cuando los actores políticos, los medios masivos de comunicación y las redes sociales, lejos de contribuir a desdramatizar el discurso público y de apreciar más la condición de negociador ecuánime que debería caracterizar a...
Este fenómeno tiene lugar en un contexto de equilibro inestable, cuando los actores políticos, los medios masivos de comunicación y las redes sociales, lejos de contribuir a desdramatizar el discurso público y de apreciar más la condición de negociador ecuánime que debería caracterizar a los líderes sociales, parecen empujar deliberadamente a la formación de un vacilante carácter nacional, donde negociar es sinónimo de someter al otro y no de convencerlo (convencer = vencer “con” el otro) de que necesitamos su cooperación.En criterio de James Boyd, los esfuerzos que vayamos a hacer para revertir esta situación tienen pocas probabilidades de éxito si el proceso de descomposición descrito ha echado raíces más profundas:“Cuando Tucídides desea expresar su percepción del caos interno instalado en las ciudades griegas a causa de las guerras civiles que se desataron durante el tiempo de la Guerra del Peloponeso, él nos dice, entre otras cosas, que las palabras en sí mismas perdieron su significado. Los términos griegos para la bravura, la cobardía, la confianza, la lealtad, la hombría, la debilidad y la moderación, valores claves en ese mundo, cambiaron su significación aceptada y su rol en el pensamiento y en la vida. Lo que en el período anterior podría haber sido calificado como una temeridad idiota, por ejemplo, ahora era calificado como una lealtad plena de coraje para con los amigos; lo que podría haber sido alabado como una previsión prudente, era ahora condenado como cobardía”. No podemos entonces más que convenir que, en estos periodos de exaltación paranoica que atravesamos, casi nadie quiere realmente lo que pide. En realidad lo que vemos, cual si fuera un torneo de demagogia, es la pérdida de significado de las palabras y su permanente actualización mediante innovaciones cada vez más atrevidas en la retórica de los radicalismos maximalistas. Y entonces presenciamos cómo algunas “temeridades idiotas” se instalan por meses en la conversación pública de nuestra sociedad y se transforman rápidamente en materia para el escalamiento de la confrontación política de manera tanto más acida cuanto menos contenido real tiene. Una de ellas, tal vez la más notoria y a la que me refiero hoy por primera vez, es, indudablemente, el “culebrón” Zapata. Ya tenemos en la lista de autoexiliados, gracias a este tema, a tres idiotas temerarios que salieron del país aterrorizados por los alcances de su propia dinámica de ensañamiento perverso. Dos de ellos desde Argentina y uno desde el Brasil, con seguridad que continuarán “aportando” a una mayor descomposición de la agenda nacional. Con seguridad, también, que sus hermanos gemelos en el otro lado del río, también harán lo propio, de manera oficiosa, por mantener vivo un tema tan desagradable, pero que se discute en los almuerzos, las cenas, los pasanacus y toda reunión social imaginable, adulterando el lenguaje cotidiano con sus implicaciones.Como señala Boyd, una alteración perversa en el lenguaje cotidiano, de tal magnitud, no es simplemente un evento lexical y no es reversible insistiendo en un conjunto de definiciones apropiadas. Es un cambio en el mundo y en el Yo, en maneras y conductas y sentimientos. Los cambios en el lenguaje que registra Tucídides, por ejemplo, son causados por eventos de otra naturaleza que son sólo en parte de naturaleza verbal: aquellos de la guerra civil; pero cambios en el lenguaje, a su vez, contribuyen al curso y a la naturaleza de esa guerra y hacen mucho para definir su significado. El proceso es recíproco en otro sentido también, pues en cada etapa el cambio es efectuado, conscientemente o no, por la acción de personas individuales que a la vez forman y son formadas por su lenguaje y por los eventos de su mundo. Cuando el lenguaje cambia su significado, el mundo cambia de significado, y somos todos parte de ese mundo.A esto se suma el desarrollo sin precedentes de las “redes sociales”, invadidas, como señala de manera polémica Humberto Eco, por “legiones de imbéciles” a los que la tecnología brinda la posibilidad de verter todo su veneno sobre los contenidos de la agenda pública, alterando los juicios y descomponiendo hasta su putrefacción todo debate racional.Uno no puede mantener por siempre su propio lenguaje y sus propios juicios y sentimientos contra las presiones de un mundo que parece funcionar con códigos diferentes pues somos, en alguna medida, también un producto de ése mundo. ¿Llegará pronto o nunca el momento en que la sociedad boliviana, en su totalidad, sea finalmente presa sólo de los discursos banales, que agotan la política y abren las puertas para que ésta continúe por otros medios?


