Políticas de desarrollo y de las otras
En la visión de grandes horizontes se ubica la generación de energía eléctrica que, en apariencia, tiene características iluminadas de un potencial que puede llegar a convertirse en un gran motor del crecimiento económico. El Plan de Desarrollo Económico y Social (PDES), 2016-2020 plantea...
En la visión de grandes horizontes se ubica la generación de energía eléctrica que, en apariencia, tiene características iluminadas de un potencial que puede llegar a convertirse en un gran motor del crecimiento económico. El Plan de Desarrollo Económico y Social (PDES), 2016-2020 plantea la producción de 4.878 MW, que dejaría más de la mitad de estos megas para la exportación. La perspectiva de largo alcance, ubicada en una positiva apreciación de la realidad en este campo, se halla en las energías renovables (eólica, solar, biomasa, geotérmica) y parcialmente en la energía hidroeléctrica. El territorio nacional, por ejemplo, particularmente en el occidente del país, recibe “la mayor cantidad de radiación solar del continente y del mundo”(de acuerdo con el Departamento de Investigación de la UMSA, DIPGIS). Lo propio acontece con la energía eólica favorecida por las grandes planicies del altiplano y los llanos. Aunque se podría producir 42.000 MW tan sólo con el potencial hídrico de las muchas caídas de agua del territorio boliviano, se debe tener más cuidado con este proceso por lo que significa la construcción de grandes presas. Por ejemplo, el proyecto del Bala inundaría amplios territorios del Madidi con enormes impactos ecológicos en una zona con fauna y flora única en el mundo. Los proyectos termoeléctricos, por otra parte, son de muy dudoso resultado económico por el uso del gas a un precio altamente subvencionado, cuando sus usos alternativos industriales pueden ser notablemente de mayor rédito. La utilización del gas para su transformación en urea pudo haber tenido real y trascendental impacto en este último sentido si la localización de la planta hubiera estado cerca de las fronteras y no en el medio del país (Bulo-Bulo). En contraste, si la construcción del complejo de propileno-polipropileno se realiza con criterios técnicos y de transparencia puede ser una luz que ilumine el uso redituable del gas. La insistencia en algunos proyectos extractivos raya en la alucinación, como el insistir en que la minería es buena para la economía. No lo es, salvo con algunas extraordinarias excepciones. Las inversiones que se hagan en el Mutún por parte de empresas indias, chinas o de cualquier otra parte del mundo no harán de Bolivia un gran productor de acero. Si se llega a la producción de pellets será el máximo que se logre, con un mínimo aporte al empleo y con gran exacción de valiosos montos de dinero, que vendrán del crédito externo para que acaben en la compra de maquinaria también externa. Concluirán, además, reportando más utilidades a los inversores que a las arcas nacionales. Asimismo, insistir en Karachipampa no puede ser más ofuscado. Lo propio ocurre con las plantas de salmuera y carbonato de litio, que no cuentan con un plan realista de ejecución. No se ha establecido el tiempo de duración y no se tiene la mínima certeza de alcanzar el éxito porque busca redescubrir nuevamente las pilas de litio. La alternativa visionaria, por las características únicas de los salares y con reducida competencia internacional, radica en el magnesio no en el litio, de acuerdo con lo que brillantemente apunta el ingeniero Juan Carlos Zuleta. Existen otros proyectos inscritos en el plan que son los que pueden alumbrar de mejor manera el camino hacia el despegue industrial. Son los denominados complejos productivos territoriales, entre los que se encuentran, entre 30 proyectos estudiados, carnes, endulzantes, software, cueros y frutícolas. Se informó oficialmente que las inversiones en los mismos se han iniciado con varias plantas industriales y un monto de 2.286 millones de dólares. No me queda la menor duda de que entre las áreas con mayor cantidad de recursos destinados está la infraestructura en transportes y comunicaciones. No siempre de la manera más acertada, como es el caso del satélite, cuyo gasto pudo haber sido dirigido de manera más eficiente si se instalaba fibra óptica. Con el monto gastado en el satélite se pudo haber cubierto con esa fibra todo el territorio nacional con saldo a favor: mayor velocidad por una banda más ancha y por un reducido precio. Las construcciones de carreteras, alejadas de las oscuras negociaciones con empresas brasileñas o chinas, son de resaltar. El plan apunta a construir 4.806 kilómetros en carreteras hasta 2020 con una inversión de 11.686 millones de dólares. Sin embargo, nadie puede quedarse tranquilo si se siguen construyendo carreteras desechables que no resisten el tráfico por al menos cinco años antes de ser reselladas, algo que no está presente en la flamante aún carretera Oruro-La Paz. También se destacaría más este sector si la construcción de aeropuertos respondiera de manera más efectiva a real y potencial demanda. Lo cual no es el caso de los aeropuertos de Alcantarí, Oruro y Copacabana. Los teleféricos en La Paz son el gran atractivo de propios y extraños, pero no son una forma verdadera de transporte masivo. Servirán siempre para los turistas pero no puede haber un sistema masivo que inevitablemente tenga que parar una semana para su mantenimiento.* es economista


