Los últimos días de Oliver Sacks

“Un antropólogo en Marte”. En este texto, Sacks desarrolla varias historias basadas en sus experiencias con diversos tipos de pacientes. Lo hace con una mezcla de humor, compasión y profundo respeto por ellos, pero también desplegando su enorme conocimiento científico y su convicción...

“Un antropólogo en Marte”. En este texto, Sacks desarrolla varias historias basadas en sus experiencias con diversos tipos de pacientes. Lo hace con una mezcla de humor, compasión y profundo respeto por ellos, pero también desplegando su enorme conocimiento científico y su convicción socrática, de lo poco que sabemos sobre la mente y el cerebro humanos. En este libro conocí la historia de Temple Grandin, la muchacha autista que terminó una carrera exitosa en la industria y la ganadería, profesora de Ciencias Animales en la escuela estatal de Colorado y autora de varios “BestSellers”. A ella, justamente, se le debe el título del libro. Pero no es la única historia cautivante que contiene este relato, también conocí a un hombre afectado por el síndrome de Tourette, cuya mente funciona a velocidades tan superiores a las normales que “compensa” con “ticks” y comportamientos extraños; otro, que había perdido la memoria de corto plazo luego de un accidente y que, incluso, olvidaba que tenía la pierna fracturada y se bajaba de la cama apurado cada vez que despertaba de la siesta!Demás está decirlo, este primer libro me arrastró a buscar sus otros aportes: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”; “Musicofilia”; “Despertares”, —que inspiró una película donde él fue interpretado por Robin Williams y donde también participa Robert De Niro; “Alucinaciones”; “El ojo de la mente” y tantos otros artículos y comentarios con los que el doctor Sacks enriquece nuestra vida, todos ellos verdaderas proclamas por la tolerancia basada fundamentalmente en la comprensión y la empatía. Esta su militancia en la causa del respeto a la diversidad, atribuida por algunos a su declarada homosexualidad, se encuentra reflejada, no solo en sus escritos, sino también en su actos y en su profunda curiosidad por el mundo y por la vida.El 19 de febrero de 2015, Oliver escribió lo siguiente: “Hace un mes sentía que estaba con buena salud, incluso robusto. A mis 81 años todavía nado una milla por día. Pero mi suerte se acabó —hace unas pocas semanas conocí que tengo múltiples metástasis en el hígado. Nueve años atrás se descubrió que tenía un raro tumor del ojo, un melanoma ocular […] Me siento agradecido por haber tenido todavía 9 años de buena salud y productividad desde este diagnóstico inicial, pero ahora estoy cara a cara con el proceso de mi propia muerte […] Depende ahora de mí el elegir cómo quiero vivir los pocos meses que me quedan de vida. Debo hacerlo en la manera más rica, más profunda y más productiva.”En este testimonio conmovedor, Sacks afirma que cuando alguien muere, es irremplazable. Las personas dejan agujeros que no pueden llenarse, pues es algo inherente al destino, al destino genético y neurológico de cada individuo, el ser únicos, el buscar su propio camino, vivir su propia vida y morir su propia muerte.El neurólogo que, al igual que Freud, construyó con su prosa literaria un puente tan necesario entre el conocimiento científico desarrollado en su profesión y los millones de sus lectores en el planeta, admite, al final de este artículo, que no pretende hacerle creer a nadie que no tiene miedo de morir. Sin embargo, su sentimiento predominante es de gratitud: “He amado y he sido amado; me han dado mucho y he dado también algo en reciprocidad; he leído y viajado y pensado y escrito. Tuve un intercambio con el mundo y con sus escritores y lectores. Por encima de todo, he sido un ser con sentimientos, un animal pensante, en este maravilloso planeta, y ese hecho solamente ha sido para mí un gran privilegio y una aventura”Su último artículo, “Sabbath”, publicado en el Sunday Review del New York Times el 14 de agosto pasado, es prueba de que cumplió este compromiso de ser productivo y fiel a sí mismo hasta el último momento. Aquí repasa sus primeros recuerdos en la mesa familiar celebrando el Shabbos, en la tradición familiar; la ominosa maldición de su madre cuando se enteró de su opción sexual; la dura experiencia de su comunidad durante la Segunda Guerra Mundial en Inglaterra; sus viajes y experiencias de trabajo; sus inicios como “cuenta cuentos” y su rencuentro, en Israel, con su familia, en un nuevo ambiente de aceptación y tolerancia impensable algunas décadas atrás. Al final, débil y moribundo, pero en comando total de su mente, retoma Oliver su concepto del Shabbos como descanso obligado: “…Encuentro mis pensamientos, moviéndose cada día más, no hacia lo supernatural o espiritual, pero hacia lo que significa vivir una vida buena y valiosa, logrando una sensación de paz conmigo mismo. Encuentro que mis pensamientos se dirigen naturalmente hacia el Sabbath, el día del descanso, el séptimo día de la semana, y tal vez el séptimo día de nuestra propia vida, en el cual uno puede sentir que nuestro trabajo ha concluido y que uno puede, en buena consciencia, descansar.”


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