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Luisa Aragón: “Solo somos culpables de ceder ante nuestro deseo”

La presidenta de la Nueva Escuela Lacaniana conversó con El País sobre “Las pasiones tristes” en la antesala del Día Mundial para la Prevención del Suicidio.

Nacional
  • Andrés Escobar
  • 15/09/2026 00:00
Luisa Aragón: “Solo somos culpables de ceder ante nuestro deseo”
Luisa Aragón en entrevista con El País

Son las once de la mañana del 9 de septiembre y el salón del hotel Victoria Plaza todavía tiene el silencio propio de las horas tempranas. Luisa Aragón llegó la mañana del miércoles 9 desde Guatemala, con una agenda que la llevará por varias ciudades de Bolivia, y esa misma tarde dictará en la UAJMS la conferencia “Las pasiones tristes. ¿Qué dice el psicoanálisis?”.

Aragón preside la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) —que agrupa a psicoanalistas de México, Guatemala, Cuba, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile— y es miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Lleva 28 años en la clínica y, como suele decir, no concibe el psicoanálisis sin la Escuela que lo sostiene. Su visita a Tarija ocurre además en una semana cargada de sentido. El 10 de septiembre, se conmemora en el mundo el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, fecha que este departamento no puede tomar como una efeméride lejana.

Cifra crítica
Tarija registró 92 suicidios y 23 tentativas en solo treinta meses, según datos remitidos por la FELCC.

La psicoanalista apareció con un ejemplar de El Seminario 5: Las formaciones del inconsciente, del psicoanalista francés Jacques Lacan. Se sentó y leyó en voz alta una cita precisa en la que Lacan liga la tendencia suicida a lo que llama la reacción terapéutica negativa, y la remonta, en ciertos casos, a la historia de sujetos “más o menos caracterizados por el hecho de haber sido niños no deseados”. Ahí, el sujeto se rehúsa a reconocerse en su propia cadena de significantes, a su propia historia en el lenguaje —y paradójicamente, cuanto más intenta salir de ella, más se convierte en un signo dentro de esa misma cadena—. El suicidio, decía el fragmento, tiene una “belleza horrenda” que a la vez lo condena socialmente y lo vuelve contagioso, como muestran ciertas epidemias reales de suicidio.

Así arrancamos una charla que giró, sobre todo, alrededor de una pregunta que atraviesa la época: ¿qué hacemos hoy con la tristeza, y qué puede decir el psicoanálisis frente a diagnósticos que parecen querer nombrarlo todo? Estos son los fragmentos centrales de esa conversación.

Un largo camino hasta la presidencia

Aragón lleva 28 años en el psicoanálisis. Se encontró con la orientación lacaniana muy joven, en tercer año de universidad, y empezó a analizarse casi al mismo tiempo. “Eso fue lo que realmente sostuvo mi transferencia al psicoanálisis”, contó. Después vino el Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Guatemala, que con los años se transformaría en la sección local de la NEL, donde cumplió diversos cargos —secretaria de carteles de toda la Escuela, directora del ENAPOL X (Encuentro Americano de Psicoanálisis de Orientación Lacaniana) “Lo nuevo en el amor: Modalidades contemporáneas de los lazos”— hasta la vicepresidencia y, en noviembre de 2025, la presidencia.

Ese recorrido le dio una mirada poco común sobre cómo se vive el malestar en distintos países. “No es lo mismo cómo se vive el psicoanálisis en México que en Bolivia o en Chile. El psicoanálisis es el mismo, pero hay particularidades, la sonoridad de la lengua, aunque sea la misma, varía de ciudad en ciudad”. Trazar una política de trabajo para una escuela tan heterogénea —trece secciones en nueve países, más tres iniciativas como la de Tarija— no es sencillo, admite, pero es también lo que más le enseñó del oficio.

La depresión no es lo mismo que la pasión de la tristeza

—Hoy cualquier tristeza, por mínima que sea, tiende a llamarse depresión —explicó Aragón—. Y lo que se busca es que desaparezca lo antes posible; por eso la medicación y las terapias breves apuntan sobre todo a reducir esos afectos. Pero no toda tristeza es patológica. Una tristeza que sigue a una pérdida, como el duelo, es distinta. No se trata de atravesar fases para “resolverla”, como suele decirse en psicología, sino de un tiempo que cada sujeto se toma para elaborarla. Cuando ese tiempo termina, la persona recupera las ganas de vivir.

La pregunta, dijo, es qué ocurre con las tristezas de las que cuesta mucho salir. Ahí, siguiendo a Freud y su texto Duelo y melancolía, Lacan ubica algo distinto, una estructura donde el sujeto no logra recuperar lo perdido ni redirigirlo hacia otra cosa, y queda como vaciado.

—Lacan retoma a Dante y a Spinoza para decir, en un texto de 1973 llamado Televisión, que la tristeza es una cobardía moral —agregó—. No es un juicio moralista, es pensar la tristeza en términos éticos, como una posición frente al deseo. Ya en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis, Lacan dice que de lo único que el sujeto es culpable es de haber cedido frente a su deseo.

Ese deseo, aclaró, no es el de tener objetos o cumplir metas. Es algo más singular, que nunca se atrapa del todo y que por eso mismo reanima. De ahí que Lacan dijera de sí mismo, en un texto de 1967: “No soy triste, soy alegre; las únicas razones de mi tristeza serían no poder compartir con otros las razones de mi alegría”.

El odio hacia uno mismo

Uno de los pasajes más filosos de la charla llegó cuando el tema derivó, inevitablemente, hacia el suicidio.

—En esos casos lo que aparece con más frecuencia es un odio hacia algo de uno mismo —dijo Aragón—. El sujeto busca extirpar de sí lo que Lacan llamó el kakón: el mal interior, un enemigo íntimo que a veces se ataca en el propio cuerpo y a veces se proyecta en otro. Y hoy nos encontramos con sujetos que no se soportan a sí mismos, que no encuentran en lo académico, lo familiar, lo laboral o en la pareja nada que les dé ganas de vivir.

Le preguntamos qué hace, entonces, que alguien continúe a pesar de ese odio.

—Una de las posibilidades es encontrarse con un analista que pueda alojar ese sufrimiento y devolverle dignidad a la palabra del sujeto —respondió—. Eso a veces requiere más tiempo del que se acostumbra hoy. Pero también hay sujetos muy golpeados, y ahí las instituciones cumplen un papel importante, pues funcionan como una suerte de condensador, algo que permite acotar ese goce tan nocivo, al menos por un tiempo.

Mencionó también un texto de Freud de 1910, Contribuciones para una discusión sobre el suicidio, donde ya se señalaba que los maestros antes funcionaban como quienes inyectaban cierto deseo por la vida.

—Hoy esa autoridad, ese Otro, ha perdido su lugar de referencia —dijo—. Y es más difícil que los sujetos, sobre todo los más jóvenes, se encuentren con alguien que apunte hacia ahí.

Contra las etiquetas que aplastan

Al hablar de diagnósticos generacionales —la llamada “generación de cristal”, la proliferación de siglas como TLP o burnout— Aragón fue cautelosa:

—Cada época deja sus marcas, y siempre tendemos a pensar que antes era mejor. No hay que quedarse pegado a la nostalgia. Pero es cierto que hoy hay un uso mucho más extendido del significante “depresión”. Ahí cae cualquier cosa, desde la tristeza más pasajera hasta la más profunda.

¿Qué pierde alguien cuando su malestar queda reducido a una etiqueta?

—Los diagnósticos no siempre son de mucha utilidad, pero a veces conviene conservarlos. Tener un nombre para lo que a uno le pasa puede generar alivio. La idea no es satanizarlos, sino no darles un lugar excesivo, porque un diagnóstico también puede aplastarle la vida a alguien. El psicoanálisis busca que el sujeto no quede identificado con algo universal, sino que encuentre en qué se distingue del resto, su singularidad, su modo particular de gozar.

La resistencia más común

Antes de despedirse, le preguntamos cuál es, en su experiencia, la excusa más frecuente para no empezar un análisis.

—Tiene que ver con la cobardía moral, del lado de la neurosis —dijo, sin dudar—. Ya lo decía Freud, y Lacan lo retoma: el neurótico no quiere saber. Prefiere que sea otro quien le diga qué le pasa. Consentir a un análisis requiere coraje, porque uno se va a encontrar con cosas que no quiere saber. Pero ese mismo “no querer saber” es, a la vez, la materia prima para vivir mejor.

También pesa, agregó, el desprestigio, los memes burlones, la idea de que un análisis toma “muchísimos años” o que es solo para quienes tienen dinero.

—En realidad, atendemos en dispositivos muy diversos, y lo que se constata es que el encuentro con un analista hace bien en la mayoría de los casos.

Lo que no se deja decir del todo

Hacia el final, le pedimos definiciones más “de calle”: ¿qué es eso tan citado y tan poco explicado que Lacan llamaba “lo real”?

—Lacan distingue tres registros: lo simbólico, lo imaginario y lo real —dijo—. Lo real no es la realidad. Tiene que ver con todo aquello del goce que no se puede poner en palabras, que irrumpe en lo contingente, en la sorpresa, eso que no podemos prever.

¿Y por qué, entonces, tendemos a repetir justamente lo que nos hace daño?

—Freud ya notó que sus pacientes no se curaban por el solo hecho de hablar, algo los mantenía repitiendo. Ahí encontró los beneficios secundarios del síntoma. La repetición es, junto con la pulsión, la transferencia y el inconsciente, uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. No podemos esperar que alguien deje de repetir del todo; sí que esté más advertido de dónde se pone sus propias trabas, para no volver siempre al mismo lugar.

Cerramos con “el inconsciente estructurado como un lenguaje”, que resume, quizás, toda la primera enseñanza de Lacan:

—Ahí Lacan retoma la lingüística de Jakobson y Saussure. La metáfora, que sustituye un significante por otro, y la metonimia, que encadena varios significantes ligados al deseo. Para que eso ocurra, el sujeto primero tuvo que entrar al orden simbólico. Pero el lenguaje, en rigor, ya estaba ahí antes de que el sujeto llegara al mundo.

La entrevista termina, el salón del hotel ya un poco más vivo por los sonidos del mediodía, pero manteniendo la misma calma de alguien que ha hecho de la escucha un oficio de 28 años.


Kakon: el enemigo que llevamos dentro

Kakon, Psicoanálisis, El País

Entre los conceptos que Aragón mencionó, uno merece explicación aparte: el kakon. Es un término de la psiquiatría clásica de comienzos del siglo XX —del neurólogo suizo Constantin von Monakow y de un caso clínico descrito por el psiquiatra francés Paul Guiraud sobre un homicidio sin motivo aparente—. Lacan lo incorpora a su propio vocabulario en dos textos de los años cuarenta, “Acerca de la causalidad psíquica” (1946) y “La agresividad en psicoanálisis” (1948), ambos reunidos en sus Escritos.

La idea es la siguiente: hay en cada sujeto algo percibido como “malo” en sí mismo —un resto incómodo, una parte que no se reconoce ni se tolera—. Cuando ese “mal interior” no encuentra salida, puede proyectarse hacia afuera como agresión hacia otro, o volverse contra el propio cuerpo, como ocurre en ciertos cuadros suicidas. Lacan relacionará esta idea con lo que llamó el objeto a, ese resto de satisfacción (goce) que cada sujeto no logra situar del todo y que, en casos extremos, se vive como algo insoportable de lo que hay que deshacerse a cualquier precio.

Entender el kakon no sirve para diagnosticar a nadie desde afuera, y ese no es su propósito. Sirve para desplazar la mirada: el odio hacia uno mismo que subyace a muchas crisis no es simple “baja autoestima” ni un defecto de carácter, sino una relación específica —trabajable en análisis— entre el sujeto y aquello de sí que no puede nombrar ni digerir del todo.

El concepto dialoga con la oposición freudiana entre Eros y Thanatos, dos fuerzas que compiten en todo sujeto, una que apuesta por la vida y otra por la destrucción, sin que ninguna gane de antemano la partida.

En el Seminario 5, Lacan agrega un matiz: ni siquiera en el reposo más extremo cesaría del todo esa tensión —Freud lo llamó el “dolor de ser” propio de estar vivo.

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