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Kamala Harris: la respuesta de la izquierda liberal al MAGA

La campaña de la vicepresidenta de Estados Unidos y probable candidata demócrata destaca su pasado como fiscal frente al Trump delincuente

Internacional
  • Caroline Conejero para CTXT
  • 08/08/2024 06:04
Kamala Harris: la respuesta de la izquierda liberal al MAGA
Kamala Harris

La decisión de Joe Biden de promover a Kamala Harris como candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos marca un momento histórico que la sitúa en el centro del drama político. Un cambio de liderazgo gestionado con elegancia que ha trastocado la ecuación electoral, al tiempo que ha robado a los republicanos la iniciativa y el dominio de la atención. La candidatura de Harris ha animado al electorado, a los donantes e incluso al Partido Demócrata, sumidos en su mayor parte en una apatía general.

Si el debate Biden-Trump que nos lleva a este momento fue un enfrentamiento (dolorosa y brutalmente) asimétrico, el de Harris-Trump se fragua como una devastadora revancha más asimétrica aún. Justicia poética. En pocos días, la vicepresidenta ha definido la contienda electoral con un mensaje simple y claro: el Estado de derecho y la democracia contra el privilegio y la corrupción. El futuro contra la regresión al pasado.

La superfiscal tiene un extenso historial en defensa de los derechos de las mujeres, los del colectivo LGBTQ, los medioambientales y los de los consumidores. Es conocida además por su empeño en perseguir tramas fraudulentas, frente al pasado de corrupción y abuso sexual del millonario convicto. “Conozco a los tipos como él”, dice Harris, poniendo el foco en los delitos de cuello blanco que cubren al aspirante a autócrata.

Kamala Harris ha sido durante gran parte de su vida un brazo de la ley, a través de los cargos de fiscal público, de distrito y como fiscal general en California. Los siete años y medio en Washington como senadora y vicepresidenta la han curtido en asuntos de Estado, en gran medida en representación del presidente. Aunque los republicanos le restan méritos y aducen las políticas de discriminación positiva a la hora de valorar a la posible candidata.

Harris ha ganado más elecciones (y de mayor alcance) que muchos de los miembros del Congreso que la critican

Pero la realidad es que Harris ha ganado más elecciones (y de mayor alcance) que muchos de los miembros del Congreso que la critican (que solo compiten en un distrito en sus estados), e incluso que Trump, que las ha perdido todas, incluida la de 2016 en la que Hillary Clinton ganó el voto popular, aunque no el Colegio Electoral.

La condición permanente de “primera mujer”, más allá de los elementos cotidianos, –como el tener que avisar al Servicio Secreto con un día de antelación si va a usar un vestido o traje pantalón, una decisión que determina el tipo de vehículo en el que se le traslada–, implica una constante reinvención del espacio del poder en términos de género, particularmente en un país profundamente misógino y racista.

La biografía de Harris se fragua en las victorias de los movimientos de derechos civiles y de liberación y justicia social de los 60 que permitieron la apertura del sistema a las minorías y a las mujeres. Sus padres, inmigrantes estudiantes de doctorado en California, se conocen en las protestas, se mueven en el ambiente de la intelectualidad radical negra del momento, y frecuentan el legendario grupo de lectura de Berkeley, donde se habla de la revolución global y los Black Panther, surgidos en Oakland, al otro lado de la bahía. Ambos destacan en sus carreras. Su madre, la india Shyamala Gopalan, desarrolla como bióloga un importante trabajo en la investigación del papel del receptor de progesterona en el cáncer de mama; y su padre, Donald J. Harris, un afrojamaicano americano, es profesor de Economía (emérito) de la Universidad de Stanford.

Kamala es la niña de preescolar en el autobús escoltada por la policía de camino a la escuela primaria en el vecindario más próspero en el norte de Berkeley, con un 95% de estudiantes blancos, durante la segunda promoción del programa de integración en las escuelas públicas. Es la foto del póster de la América de la abolición de la segregación, Ruby Bridges en la pintura de Norman Rockwell. “Esa niña era yo”, señala Harris en el fulminante ataque a Biden en uno de los debates de las primarias de 2016, que marcó el abismo generacional entre ambos, cuando el novel senador se hacía una carrera política al calor del malestar de las clases medias blancas con el avance de derechos de las minorías.

El sentido de justicia social, y de la ley como instrumento para lograrla,  anida ya en Harris. Una historia reveladora tiene lugar en la escuela secundaria de Quebec, donde su madre separada vive unos años con sus dos hijas. Una amiga de clase le confiesa el abuso sexual de su padre, y Kamala convence a su madre para que su compañera se vaya a vivir con ellas.

Tras su doctorado en Derecho en la universidad de California, Harris enfoca su carrera en el servicio público y, gracias a su talante de reformista pragmática, gana en una dura contienda su primera elección para fiscal de distrito de San Francisco en 2003, convirtiéndose en la primera mujer negra en el cargo.

Durante esos años hay dos momentos complicados en la vida profesional de Harris. El primero se produce tras el asesinato de un policía a manos de un pandillero, que  genera una campaña de enorme presión pública para aplicar la pena de muerte liderada por dos senadoras del estado en Washington. Harris se mantiene firme y logra una sentencia de cadena perpetua sin libertad condicional. El segundo lo detona la campaña que defiende Harris para desalentar el absentismo escolar crónico en las escuelas públicas. El plan penaliza con cárcel a los padres y Harris es tachada de racista por la izquierda.

Durante esos años hay dos momentos complicados en la vida profesional de Harris

La vicepresidenta cultiva importantes conexiones con las figuras del partido, como Willie Brown, Nancy Pelosi y Dianne Feinstein, y es ya una estrella en ascenso en las filas demócratas californianas cuando se convierte en la primera mujer Fiscal General del Estado. Con una agenda de reforma penal y línea dura con los delitos violentos, persigue los delitos de género, la delincuencia de las pandillas, los cárteles de droga transnacionales y los grandes bancos responsables de la crisis del fraude hipotecario.

En 2018, Harris, todavía relativamente nueva en el Senado, atrae la atención nacional por sus breves pero brillantes y duros interrogatorios a los miembros de la administración Trump en las sesiones de los comités de la Cámara. Durante la sesión de confirmación de Brett Kavanaugh para la Corte Suprema, la senadora le pregunta si estaría dispuesto a someterse a un polígrafo después de que el nominado republicano negara una acusación de violencia sexual. “Sí o no, señor”, presiona. Tras sus respuestas evasivas sobre la permanencia constitucional del derecho al aborto, le reta a citar alguna ley que otorgue al gobierno el poder de tomar decisiones sobre el cuerpo masculino.

En una sesión durante la comparecencia del Fiscal General Jeff Sessions, antes de ser cesado por Trump en noviembre de 2018, Harris presiona tanto que Sessions se queja: “No puedo contestar tan rápido; me pone nervioso”.

Desde el jefe de gabinete John Kelly, al Fiscal General William Barr, todos la temen en la Casa Blanca. Trump la llama “despiadada”, que referido a las mujeres es aún más vejatorio.

A su llegada a la Casa Blanca, Biden no tiene una misión concreta para la vicepresidencia de Harris. Mientras se discuten los grandes proyectos de prestigio en la nueva administración, a Harris se le asigna el tema de la inmigración en la frontera, un asunto radioactivo, sin solución ni lucimiento, y se la envía en viaje diplomático a México, Guatemala y Honduras. Sin la cobertura de la Casa Blanca, Harris queda expuesta a los ataques republicanos, que se ceban con ella. En una entrevista con la cadena NBC, en la que Harris se muestra tensa y a la defensiva en su intento de explicar por qué no ha viajado todavía a la frontera, expone aún más su vulnerabilidad.

Los problemas en la gestión de su oficina y el obsesivo escrutinio de su persona marcan la vicepresidencia de Harris. Se analiza todo, desde cómo se ríe hasta que no se lleva bien con el presidente. La proliferación de artículos de prensa sobre un supuesto ‘problema con Harris’, más triviales que con sustancia, obligan al presidente a defenderla públicamente.

A partir de ahí, Harris se retira del teatro público por un tiempo y se centra en las asignaciones del presidente como enlace con los líderes negros para mover un proyecto de ley de voto que no prospera. En Washington, como presidenta del Senado, su voto permite a la famélica mayoría demócrata aprobar la legislación del presidente.

Harris llega a la candidatura presidencial con una cartera de relaciones exteriores bastante mayor que la de muchos de sus antecesores. En los tres años y medio en el cargo, la vicepresidenta se ha reunido con 150 jefes de Estado y de gobierno, incluidos el presidente ucraniano Volodímir Zelenski y el presidente chino Xi Jinping. Ha visitado siete países asiáticos y se ha reunido con docenas de líderes en Asia.

También tiene en su haber un viaje de una semana el año pasado por varios países de África –donde tuvo una calurosa recepción no vista desde la de Obama– como parte de la iniciativa de Washington de promover inversión para contrarrestar la penetración china. Y en Europa ha participado en la cumbre de Seguridad de Múnich y la Cumbre Global para la Paz. En lo referente a Gaza, sus recientes palabras –“no me quedaré callada”– señalan un cambio de actitud respecto a Biden, aunque habrá que esperar para conocer si realmente su política será diferente.

Se ha debatido mucho sobre si Trump fue la criatura política salida de la movilización del nacionalismo cristiano como reacción a la presidencia de Obama.  Ahora, la candidatura de Harris se presenta como la respuesta de la izquierda liberal al avance del autoritarismo retrógrado del MAGA ideado por el multimillonario.

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