La prevención empieza por escuchar
Prevenir el suicidio exige hablar de salud mental, escuchar y construir redes familiares y sociales de apoyo en Bolivia.
Cada 10 de septiembre, el mundo recuerda que el suicidio puede prevenirse. La fecha no debería servir únicamente para campañas institucionales. También debe obligarnos a preguntarnos qué hacemos, como familias escuelas, comunidades y Estado, para que una persona en crisis encuentre una salida.
Hablar del suicidio sigue siendo difícil. En Bolivia persisten el estigma, los prejuicios y una peligrosa tendencia a confundir el sufrimiento emocional con falta de carácter. A un adolescente se le puede decir que “es una etapa” o que “se le pasará”. A un adulto se le puede pedir que sea fuerte. En ambos casos, el mensaje equivocado es el mismo: aguanta y no hables. Y precisamente de eso tenemos que cambiar.
La prevención comienza mucho antes de una emergencia. Comienza cuando una familia puede hablar de tristeza, angustia, miedo o desesperanza sin convertir la conversación en un juicio. Comienza cuando un padre o una madre nota que su hijo ha cambiado y, en lugar de interrogarlo, pregunta cómo está y se queda a escuchar. Comienza cuando una escuela identifica señales de alarma y sabe dónde derivar a un estudiante, y cuando pedir ayuda profesional deja de ser motivo de vergüenza.
La prevención no comienza cuando llega una emergencia: empieza cuando una persona puede hablar de su sufrimiento y encuentra a alguien dispuesto a escuchar.
La adolescencia merece especial atención. Los jóvenes atraviesan cambios profundos y enfrentan presiones que los adultos no siempre alcanzamos a ver: dificultades académicas, conflictos familiares, acoso, violencia, problemas en las relaciones, exposición permanente a redes sociales o sensación de no encajar. Ninguno determina por sí solo una conducta suicida, pero puede convertirse en una carga difícil de llevar cuando se acumula. Por eso, escuchar importa a tiempo.
También importa preguntar directamente ante señales preocupantes. Preguntar por el suicidio no “mete ideas” en la cabeza de una persona. Puede abrir una conversación para reconocer el sufrimiento y buscar ayuda. Ante un riesgo inmediato, la persona debe permanecer acompañada y recibir atención profesional urgente.
Bolivia necesita fortalecer esa respuesta. El avance hacia un Plan Nacional de Prevención del Suicidio y la integración de la salud mental en la atención primaria son pasos importantes, pero deben traducirse en servicios accesibles, profesionales suficientes, prevención y atención oportuna también fuera de las grandes ciudades.
No podemos pedir a las familias que hagan solas lo que corresponde a toda la sociedad.
Los medios también tenemos responsabilidad: informar sin sensacionalismo ni detalles perjudiciales y ofrecer información útil sobre dónde y cómo pedir ayuda.
El Día Mundial para la Prevención del Suicidio debería recordarnos algo elemental: detrás de cada crisis hay una persona, y detrás de cada persona puede existir una red capaz de sostenerla.
No siempre podremos resolver el problema ni tendremos las palabras exactas. Pero podemos escuchar. Podemos preguntar. Podemos acompañar. Podemos tomar en serio una señal de alarma. Y podemos pedir ayuda
Que este 10 de septiembre sea una invitación a construir familias donde se pueda decir “no estoy bien”; escuelas donde pedir ayuda sea posible; servicios de salud donde esa petición encuentre respuesta; y comunidades donde el sufrimiento no tenga que vivirse en silencio.
Porque prevenir el suicidio no consiste únicamente en actuar cuando la crisis llega. Consiste en construir, mucho antes, las condiciones para que nadie sienta que tiene que atravesarla solo.





