FMI: Sin atajos ni disfraces
Las recetas pueden cambiar de nombre y maquillarse técnicamente, pero la historia demuestra que los ajustes suelen terminar pagándolos trabajadores y sectores vulnerables
La confirmación oficial de que Bolivia avanza hacia un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional marca el enésimo punto de inflexión político y económico que difícilmente podrá ser minimizado por mucho que las bancadas en la Asamblea estén predispuestas. Durante años, buena parte del discurso oficial construyó una narrativa basada precisamente en lo contrario: independencia financiera, soberanía económica y distancia deliberada respecto a organismos multilaterales asociados históricamente a las recetas de ajuste estructural aplicadas en América Latina durante las décadas más difíciles del siglo pasado.
Los resultados están sobre la mesa, aunque seguramente haga falta algo de perspectiva y tiempo para apreciarlos. En cualquier caso, hoy esa etapa parece haber terminado.
El Gobierno insiste en que las recientes decisiones económicas, particularmente la implementación del nuevo régimen cambiario flexible, no responden a exigencias externas sino a una estrategia diseñada internamente desde el inicio de la gestión. Puede ser cierto. O parcialmente cierto, pues en campaña el hoy presidente denostó esa alternativa. En cualquier caso, el debate central probablemente no está ahí.
La cuestión relevante es otra: cuando un país necesita acudir al Fondo Monetario Internacional para obtener liquidez urgente, normalmente no lo hace porque tiene margen de maniobra, sino precisamente porque ese margen se agotó. Otra cuestión es evaluar si se hicieron los esfuerzos suficientes para buscar alternativas.
Bolivia enfrenta desde hace meses una crisis evidente de divisas, deterioro fiscal creciente, caída sostenida de reservas internacionales y crecientes dificultades para financiar sus necesidades más inmediatas. El problema, en realidad, no comenzó con el reciente ajuste cambiario ni con las protestas de las últimas semanas. Se viene acumulando desde hace años mientras se evitaban decisiones estructurales que tarde o temprano terminarían imponiéndose.
Las crisis económicas no desaparecen cambiando el relato, y los ajustes, por mucho que se maquillen, siempre terminan revelando su verdadero rostro.
En campaña se hablaron de esas alternativas, pero en la práctica, el gobierno se ha alineado a los postulados de Donald Trump a cambio, visto lo visto, de la receta FMI…
Es verdad que conviene no caer en ciertos simplismos ideológicos. Quizá no es esa entidad “malévola” diseñada para mantener el status quo ante las economías emergentes, pero desde luego no es la Madre Teresa de Calcuta ni entrega recursos a cambio de nada. La alineación al modelo debe ser total: prestan dinero a cambio de reformas que consideran garantizarán a futuro la capacidad de pago, aunque esa se sostenga siempre sobre las espaldas de los más pobres.
Menor gasto público, eliminación gradual de subsidios, disciplina fiscal, reformas monetarias, ajustes regulatorios, cambios institucionales y una inevitable reconfiguración del papel del Estado en la economía, entre otros muchos eufemismos y algunos pequeños matices por país son las recetas de la ortodoxia total.
Bolivia construyó un modelo distinto basado en una suerte de “capitalismo de Estado” basado en los precios altos de las materias primas, que no logró consolidar al sector privado y flaqueó en el momento en el que las reservas de gas se agotaron. Precios bajos y salarios bajos no garantizaron el desarrollo esperado.
Lo preocupante no es acudir al Fondo Monetario. Muchos países lo han hecho y seguirán haciéndolo. Lo preocupante sería seguir presentando este nuevo escenario como si nada esencial estuviera cambiando. Cuando llegan este tipo de acuerdos, también llegan decisiones impopulares y eso hay que preverlo: no se dan garantías ni seguridad jurídica con un Estado de Excepción permanente.
La experiencia histórica enseña que, demasiadas veces, quienes terminan absorbiendo los mayores costos no son quienes diseñaron las malas políticas que condujeron a la crisis, sino trabajadores, sectores vulnerables, pequeñas empresas y ciudadanos comunes que apenas intentan sostener su vida cotidiana.
Bolivia probablemente necesita financiamiento urgente, pero lo que no necesita es seguir disfrazando la realidad. Las crisis económicas no desaparecen cambiando el relato, y los ajustes, por mucho que se maquillen, siempre terminan revelando su verdadero rostro.


