El castigo de los avaros

(La Divina Comedia)

En la quinta cornisa del Purgatorio, el silencio pesa más que cualquier cadena. Allí yacen los avaros y los pródigos, postrados sobre la roca, con el rostro vuelto hacia la tierra y los miembros sujetos, incapaces de alzar la mirada al cielo.

En vida buscaron con afán los bienes que el tiempo inevitablemente arrebata; ahora contemplan únicamente el polvo al que todo tesoro regresa. La misma tierra que alimentó su codicia se convierte en el altar donde su alma aprende el valor del desprendimiento.

No se escucha el clamor de los condenados, sino la voz serena de quienes aceptan la justicia que purifica. Cada instante de inmovilidad deshace un vínculo con el mundo y fortalece el deseo de un bien que no puede comprarse ni perderse.

Dante nos muestra que la avaricia no nace de la abundancia, sino del corazón que nunca se siente satisfecho. Quien vive esclavo de lo que posee termina olvidando que las mayores riquezas son aquellas que ninguna fortuna puede adquirir.

Solo cuando el alma deja de abrazar el oro con sus manos, puede extenderlas hacia la luz. Solo cuando aparta su amor de lo pasajero, comienza el verdadero ascenso hacia lo eterno.


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