Un mes después

El primer mes de gestión deja señales positivas de diálogo y coordinación institucional, pero también evidencia que Tarija necesita acelerar definiciones y completar equipos técnicos clave

Se cumple un mes desde la posesión de las nuevas autoridades departamentales y, aunque todavía es pronto para exigir resultados estructurales, sí empieza a definirse algo igual de importante: el tono político, la sensibilidad institucional y la capacidad de construir prioridades en medio de una crisis prolongada.

La gestión de María René Soruco arrancó en un contexto particularmente complejo. La Gobernación de Tarija sigue atrapada entre la caída de ingresos, las competencias heredadas sin financiamiento suficiente y una estructura institucional pesada que obliga a administrar escasez antes que abundancia. No había margen para grandes promesas ni tiempo para improvisaciones. En ese sentido, el primer mes deja algunas señales positivas que conviene reconocer.

La principal quizá sea la disposición al diálogo. El acercamiento con la Asamblea Legislativa Departamental —controlada por fuerzas opositoras, aunque nacidas de una matriz política común— permitió establecer una agenda compartida en temas sensibles como salud, desarrollo productivo y racionalización del gasto. Puede parecer elemental, pero en la política boliviana reciente no lo es. Durante demasiados años, las disputas internas consumieron energías que debían destinarse a resolver problemas concretos de la población.

La nueva articulación entre gobernaciones abre una oportunidad para defender las autonomías y discutir recursos con el Gobierno, pero los acuerdos deberán traducirse pronto en resultados concretos.

También resulta relevante el acercamiento entre gobernaciones del país. La creación de la Unión de Gobernaciones Departamentales y la articulación de una agenda común sobre sostenibilidad financiera, competencias autonómicas y acceso directo a financiamiento internacional muestran comprensión de un problema central: las gobernaciones tienen cada vez más responsabilidades y cada vez menos herramientas reales para cumplirlas. Ningún departamento resolverá solo esta ecuación y, tarde o temprano, será necesario abrir una discusión seria con el Gobierno nacional sobre distribución de recursos y modelo autonómico.

Sin embargo, el primer mes también deja tareas pendientes importantes. Varias áreas estratégicas continúan sin conducción plenamente consolidada y algunos cargos clave siguen vacantes o en transición. La explicación puede estar en la dificultad de encontrar perfiles técnicos dispuestos a asumir responsabilidades complejas con recursos limitados y alta exposición política, pero el tiempo institucional corre rápido. Gobernar también implica tomar decisiones incómodas y cerrar equipos con claridad.

A ello se suma la necesidad de empezar a aterrizar prioridades concretas. Tarija necesita definiciones urgentes sobre salud pública, mantenimiento vial, desarrollo agroproductivo, seguridad hídrica y promoción de inversiones. También requiere una estrategia clara frente al agotamiento del modelo gasífero que sostuvo la economía regional durante dos décadas. El diagnóstico está hecho hace tiempo; lo pendiente es la velocidad de ejecución.

En política, los primeros meses suelen estar dominados por gestos, señales y construcción de confianza. Eso parece haber entendido la nueva administración. Pero la ciudadanía no evaluará únicamente el tono dialogante ni la predisposición institucional. Evaluará resultados.

Y esos resultados requieren algo más difícil que los discursos: decisiones rápidas, capacidad técnica y continuidad en los acuerdos alcanzados. Tarija ya perdió demasiado tiempo en peleas internas, parálisis administrativas y agendas cortoplacistas. El desafío ahora es que este inicio razonable no termine atrapado en las inercias de siempre.


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