El sueldo del presidente

El presidente lanzó un nuevo anuncio que pone en guardia a los funcionarios del sector público y expone la credibilidad institucional

En medio de una feroz ofensiva de organizaciones sociales que agotaron su confianza en el gobierno y una oposición que le exige cada vez más mano dura en la represión de las mismas, el presidente Rodrigo Paz Pereira intentó abrir una tercera vía para concentrar la atención y cambiar el tema del día, que por cierto ayer era la “inminente declaración del Estado de Excepción”. Paz prefirió volver al debate de los salarios, que por cierto estaba en el pliego original de la COB.

El presidente en mitad del discurso por la efeméride chuquisaqueña, donde se lanzó el primer grito libertario de América, planteó dos medidas: perdonazo tributario a los contribuyentes más pequeños: gremiales, cuentapropistas, transportistas, artesanos y pequeños emprendedores; y una bajada del sueldo del 50% “para él y sus ministros”, aunque se tardó poco en señalar las consecuencias de la medida en el resto de servidores públicos.

En la práctica supone fijarse un sueldo alrededor de los 12.000 bolivianos, que, para una persona con 30 años en política, cuatro hijos estudiantes universitarios – uno de ellos en el exterior – y su esposa ejerciendo de Primera Dama ad honorem no parece ser un sueldo muy holgado, ni siquiera ahora cuando han fijado domicilio en la residencia oficial de San Jorge, donde es todo incluido. Desde luego para un ministro con algunas maestrías que tenga que pagar su cuota en el banco o su alquiler en La Paz no parece, desde luego, un incentivo para asumir una responsabilidad de este calibre.

El manual de vox populi indica que hay que considerar 12.000 bolivianos “mucho dinero”, pero tener un presidente que apenas gane 1.200 dólares afecta a la propia credibilidad de su figura, del país y al decoro general de la institución

Obviamente Paz Pereira ha jugado una carta que parecía infalible, pero que puede convertirse en boomerang. El manual de vox populi indica que hay que considerar 12.000 bolivianos “mucho dinero”, pero tener un presidente que apenas gane 1.200 dólares afecta a la propia credibilidad de su figura, del país y al decoro general de la institución por mucho que el corazoncito populista de cada uno insista en que “para lo que hacen, es alto”.

Ingenuidades las justas, pues pronto empezaron los malestares: desde aquella asunción de Evo Morales en que se bajó el sueldo a 15.000 bolivianos y estableció que nadie ganaba más que él en el sector público – incluyendo magistrados, doctores, docentes, etc., - se ha mantenido como un mantra en la memoria colectiva del país sostenido apenas de un artículo en los Presupuestos Generales del Estado. De esta forma, lo que ayer habría hecho Rodrigo Paz sería decretar un ajuste salarial de grandes proporciones a todo el sector público nacional, y, seguramente, con impacto en el privado.

La falta de claridad comunicativa que arrastra el gobierno desde el principio deja todas estas dudas en el aire, afectando a decenas de miles de trabajadores que no saben si tendrán un nuevo ajuste en su escala salarial. Justo lo que más falta le hace en este momento a un país susceptible caminando por el precipicio.

La otra posibilidad es que el anuncio se matice y acabe metido en la misma nebulosa donde se han metido otras sentencias comprometidas del presidente, como cuando dijo aquello de que “los ahorros de sus pensiones, no hay”; como cuando aseveró que todo el problema de los combustibles era por el “boicot de unas cuantas familias que ya van a conocer” - y hasta su asesor personal habla ya abiertamente de que fue Vitol el responsable -; o más recientemente, cuando prometió un cambio profundo de gabinete.

Si fue maniobra distractiva, duró las horas del fuego: las protestas siguieron en La Paz, las amenazas de enfrentamiento civil en Santa Cruz se mantienen para este martes, al igual que la sesión de diputados, donde debería abrogar la Ley 1371 que regula los Estados de Excepción de forma genérica y, probablemente, tratar otra específica para este momento. Lo que se ha puesto en juego, de nuevo, es la credibilidad del presidente, pero también un modelo de país sin dólares, sin combustible y con salarios de hambre.


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