La ciudad que Tarija necesita
Compactar la ciudad no significa destruir la identidad tarijeña, sino ordenar el crecimiento para reducir costos, mejorar servicios y garantizar una mejor calidad de vida
Tarija lleva años creciendo, pero no necesariamente desarrollándose. La expansión constante de la mancha urbana, muchas veces sin planificación suficiente, ha ido generando una ciudad más extensa, más costosa y también más difícil de administrar. Más calles que mantener, más redes de agua y alcantarillado que extender, más iluminación, más transporte, más tiempos de desplazamiento y, en definitiva, mayores costos para todos.
En ese contexto, resulta pertinente abrir de una vez el debate serio sobre qué modelo urbano necesita Tarija para las próximas décadas. Y probablemente una de las respuestas más evidentes sea avanzar hacia una ciudad más compacta, más eficiente y mejor conectada.
Las declaraciones del presidente del Concejo Municipal de Cercado, Marcelo Zenteno, apuntan justamente en esa dirección: revisar las restricciones que hoy limitan el crecimiento vertical, flexibilizar ciertas normas urbanísticas y generar condiciones que permitan atraer inversión privada sin destruir la identidad de la ciudad. Es una discusión necesaria.
Porque compactar no significa convertir a Tarija en una selva de cemento ni renunciar a su esencia. Significa ordenar el crecimiento. Significa aprovechar mejor el suelo urbano ya consolidado antes de seguir extendiendo barrios hacia cada rincón periférico sin servicios suficientes ni planificación sostenible.
Las ciudades dispersas suelen ser más caras, más contaminantes y más desiguales. El municipio termina gastando enormes recursos en llegar con infraestructura básica a zonas cada vez más alejadas, mientras los centros urbanos se vacían o se estancan. Al final, el ciudadano paga dos veces: con impuestos y con peor calidad de vida.
Las ciudades que crecen sin planificación terminan siendo más caras, más desiguales y más difíciles de administrar. Tarija todavía está a tiempo de corregir el rumbo
Una ciudad compacta, en cambio, facilita el transporte público, reduce tiempos de traslado, hace más viable el uso de la bicicleta y la movilidad peatonal, mejora la eficiencia de los servicios básicos y permite concentrar actividad económica. También favorece el comercio, dinamiza sectores como la construcción y puede generar nuevas oportunidades laborales y de inversión.
Naturalmente, cualquier reforma urbana exige criterios técnicos serios y consensos amplios. No se trata de habilitar construcciones indiscriminadas ni de destruir barrios históricos o patrimoniales. Tarija tiene una identidad arquitectónica y cultural que merece protección. Pero precisamente por eso se necesita planificación: para definir dónde crecer, cómo crecer y bajo qué condiciones.
También es saludable que el debate incorpore a ingenieros, arquitectos, urbanistas, desarrolladores y vecinos. Durante demasiado tiempo el urbanismo en Bolivia se redujo a parches administrativos y decisiones improvisadas. Las ciudades modernas no se construyen a punta de excepciones o favores políticos, sino con visión estratégica.
Además, Tarija enfrenta un contexto económico complejo. La caída de los recursos hidrocarburíferos obliga a pensar nuevas formas de dinamizar la economía local. La construcción, el desarrollo inmobiliario ordenado y la modernización urbana pueden convertirse en motores importantes si se hacen con reglas claras y pensando en el largo plazo.
Por supuesto, el debate también debe incluir temas sensibles como el aeropuerto Oriel Lea Plaza y las limitaciones técnicas vinculadas al cono de aproximación. Allí harán falta estudios serios, transparencia y responsabilidad institucional. Pero esconder eternamente la discusión detrás de obstáculos burocráticos tampoco resolverá los problemas de fondo.
Tarija todavía tiene una enorme ventaja respecto a otras ciudades bolivianas: conserva escala humana, buen clima, relativa tranquilidad y una estructura urbana que todavía puede corregirse antes del colapso. Pero el tiempo no es infinito.
Las ciudades que no planifican terminan creciendo al ritmo de la improvisación y los intereses particulares. Y después corregir cuesta mucho más.
Quizá haya llegado el momento de pensar menos en la Tarija que fuimos y más en la Tarija que queremos ser.


