El margen de Rodrigo Paz

La soberbia suele ser un pecado capital en política y en un país donde las mayorías tienen tan poco que perder, gobernar con lógica de bandos puede acabar profundizando aún más la crisis

El tono político del cierre del encuentro organizado por el gobierno en Cochabamba el pasado sábado acabó, probablemente, por arruinar las expectativas generadas y objetivos planteados.

Esencialmente faltaban los movimientos sociales, a los que nunca nadie hizo demasiados esfuerzos por atraerlos al encuentro, pero también faltó el “socio preferente” del gobierno, Samuel Doria Medina, además de varios gobernadores y alcaldes que tienen visiones potentes, y también votos decisivos.

El discurso final convirtió lo que era una suerte de esfuerzo por concertar una agenda común, incluyendo una serie de leyes que quien más quien menos considera necesarias reformar – aunque difícilmente podrán llevarse a cabo sin reforma constitucional, y esta a su vez tampoco parece viable sin un Tribunal Constitucional completamente constituido -.

Seis meses después de asumir el poder, el presidente Rodrigo Paz Pereira enfrenta el desafío de reconstruir consensos y evitar que la polarización termine consumiendo el margen político que aún conserva.

En el discurso final, el presidente Rodrigo Paz Pereira volvió a trazar dos Bolivia. Las mismas dos Bolivias que por cierto votaron en agosto y octubre del año pasado. De un lado estaba la gente del salón; del otro la gente que lleva adelante algún tipo de protesta en alguno de los múltiples frentes que el gobierno se ha abierto en apenas seis meses. Para colmo, el fantasma de Evo Morales, despojado de todo poder orgánico e incluso ascendencia moral para las grandes mayorías populares del país, fue agitado con fuerza por unos y otros, en lo que es una evidente estrategia comunicacional en la que se insiste a pesar de los resultados.

El momento de la reunión no era precisamente casual. Paz Pereira cumplía seis meses en el cargo, que viene a ser un 10% del total. Para unos, es todavía un tiempo razonable para desplegar un proyecto de reformas que encamine el país; para otros, que vienen a ser mayoría, es el reflejo de la falta de plan y liderazgo de un gobierno que ganó sólidamente la elección, pero sin plan que lo sostuviera.

El contexto en esto es relevante. La situación económica está especialmente delicada, pero no es novedad. Con Luis Arce los mercados entraron en pánico y sin gas, los dólares desaparecieron, pero no había que ser Nostradamus para saber que eso iba a suceder tarde o temprano, pues el diagnóstico estaba hecho hace más de una década. A esto se añade que las pocas medidas ensayadas y las anunciadas tienen poco que ver con lo comprometido en campaña, donde Paz Pereira supo decir exactamente lo que la gente necesitaba oír, y le sirvió para ganar.

El problema de Paz Pereira no debería estar en la Asamblea Plurinacional, donde las tres bancadas mayoritarias son similares en planteamientos y representan prácticamente al mismo sector social, y, sin embargo, ni siquiera se logran pactar lo mínimo mientras los tiempos corren.

La soberbia suele ser un pecado capital en política y en un país donde las grandes mayorías populares tienen tan poco que perder, pretender pasar las decisiones por un rodillo con alta dosis de ilegitimidad es un error. Varios ya intentaron gobernar considerando “salvajes” a todos los que no pensaran como ellos, y así les fue.

Rodrigo Paz tiene todavía margen para reconducir su política, pero es cada vez más pequeño. Bastaría con que recordara sus compromisos de campaña y su conocimiento del país, del que se jacta a menudo.


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