Los títulos en un cajón

Más de 40.000 tarijeños dejaron el departamento o el país desde 2012 y una gran parte son jóvenes profesionales que no encontraron oportunidades

Durante años, Tarija creyó que el gas bastaba para garantizar el futuro. La bonanza alimentó una sensación de estabilidad permanente y consolidó una idea que hoy se resquebraja frente a los datos del Censo 2024: estudiar ya no asegura trabajo, y trabajar ya no asegura progreso. Miles de jóvenes tarijeños cargan hoy un título universitario que no encuentran dónde ejercer. Literalmente, como cuenta una de las protagonistas del reportaje de El País, guardado en un cajón.

La dimensión del problema ya no puede maquillarse con discursos optimistas ni campañas institucionales. Los números son demasiado claros. Más de 15.000 tarijeños emigraron al exterior desde 2012 y otros 26.000 dejaron el departamento rumbo a otras regiones del país. La mitad de quienes se fueron son jóvenes de entre 18 y 29 años. No se trata de una estadística fría: es una generación entera que ha entendido que sus oportunidades están en otra parte.

La nueva gestión debe asumir que generar condiciones para el empleo de calidad ya no es una opción política, sino una urgencia estructural

La crisis del empleo juvenil es, probablemente, el síntoma más evidente del agotamiento del modelo económico tarijeño. La estructura productiva permanece prácticamente congelada mientras el mundo cambia a velocidad vertiginosa. El departamento sigue dependiendo de actividades primarias, del comercio informal y de un aparato público incapaz de absorber la creciente oferta profesional que sale cada año de las universidades e institutos.

El dato más revelador quizá sea que el 48,3% de los trabajadores tarijeños sobrevive hoy como cuentapropista. Es decir, casi la mitad de la población ocupada vive en la informalidad, sin estabilidad, sin seguro y muchas veces sin horizonte. En ese contexto, conseguir un empleo formal se ha convertido en un privilegio escaso, demasiado frecuentemente condicionado por contactos políticos, padrinazgos o militancias coyunturales.

El problema no es que los jóvenes no quieran trabajar. El problema es que Tarija dejó de generar espacios donde el talento pueda desarrollarse. Ingenieros vendiendo ropa usada por TikTok, administradores sobreviviendo en ferias informales o profesionales obligados a migrar no son casos aislados: son la consecuencia lógica de una economía que no logró diversificarse a tiempo.

Por eso, la nueva gestión de la Gobernación no puede limitarse a administrar la crisis ni repetir la lógica del reparto institucional. Ayudar a generar empleo de calidad debe convertirse en una prioridad estratégica. No se trata de que el Estado contrate más gente —camino financieramente imposible—, sino de crear las condiciones para que el sector privado pueda crecer, invertir y contratar.

Eso implica seguridad jurídica, simplificación administrativa, incentivos para nuevos emprendimientos, articulación real entre universidad y mercado laboral, promoción tecnológica, apoyo a sectores innovadores y una visión clara de diversificación productiva. Tarija necesita dejar de expulsar jóvenes y empezar a retener talento.

La política pública del próximo quinquenio debería medirse menos por la cantidad de obras inauguradas y más por una pregunta simple: ¿cuántos jóvenes lograron quedarse en Tarija porque encontraron aquí un proyecto de vida viable?

Porque cada profesional que emigra no es solo una historia personal truncada. Es también una inversión perdida, una familia fragmentada y una señal de que el departamento continúa consumiendo su futuro sin reemplazarlo.

Tarija todavía tiene capital humano, universidades, ubicación estratégica y potencial productivo. Lo que falta es construir un ecosistema económico capaz de transformar esas capacidades en oportunidades reales. El desafío ya no es sostener la nostalgia de la bonanza; es evitar que toda una generación termine archivada, junto a sus títulos, en un cajón.

 


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