El periodismo es de los ciudadanos
La libertad de prensa no es un privilegio de los medios, sino un derecho ciudadano que hoy enfrenta presiones políticas, precariedad estructural y un modelo de financiamiento cada vez más condicionado.
Este 10 de mayo se conmemora el Día del Periodista. Pero hablar de celebración, en el contexto actual, resulta un eufemismo. La precariedad, la presión y la incertidumbre marcan hoy el ejercicio del periodismo en Bolivia. Más que felicitaciones, lo que corresponde es una reflexión compartida.
Lo esencial suele olvidarse: la libertad de prensa no es un privilegio de los medios ni de los periodistas. Es un derecho de los ciudadanos. Es usted quien tiene derecho a acceder a información veraz, oportuna y contrastada, tal como lo establece la Constitución Política del Estado. Y es el propio Estado el que debería garantizar las condiciones para que ese derecho se ejerza plenamente.
Sin embargo, la práctica ha derivado en otra cosa. En Bolivia —como en buena parte de la región—, el acceso a la información ha quedado condicionado por la lógica del poder. La “buena información” pasa a ser, con demasiada frecuencia, aquella que resulta funcional al gobierno de turno.
El periodismo independiente no se sostiene solo: sin lectores comprometidos, la verdad pierde su principal defensa
Para imponer ese criterio siempre se empleó la pauta oficial: ahogar a unos y multiplicar las capacidades de otros, convirtiendo lo que debería ser un mecanismo transparente para sostener el ecosistema informativo se ha convertido en una herramienta de presión y alineamiento. Se premia la complacencia y se castiga la independencia.
El resultado es un terreno cada vez más estrecho para el periodismo crítico que además ahora lidia con otro asunto propiciado no por la mayor interacción con la ciudadanía a través de sus redes, sino con enormes granjas de trolls – a menudo también financiados con dinero público – ocupados en destruir medios y periodistas a como dé lugar.
El asunto no se agota en el poder. También interpela a la ciudadanía. Cuando los lectores, oyentes o televidentes renuncian a exigir calidad informativa o a ejercer su criterio, el espacio se llena de ruido, desinformación y relatos únicos. El riesgo no es abstracto: es la normalización de un pensamiento homogéneo que termina reforzando la reproducción del poder sin contrapesos, y que se ejerce cada vez con más violencia.
En ese contexto, sostener la independencia tiene costos. Los medios han debido ajustar estructuras, reducir coberturas y priorizar lo esencial. No siempre es posible hacer el periodismo que se quisiera, pero sigue siendo imprescindible hacer el periodismo que se debe: verificar, contextualizar y fiscalizar al poder.
Desde Tarija, y como uno de los medios decanos del país, El País renueva ese compromiso. Con la verdad, con la vida cotidiana, con las historias que importan y con la responsabilidad de vigilar a quienes toman decisiones.
Pero hay un límite claro: el periodismo independiente no se sostiene solo. En un entorno donde la pauta pública condiciona y el mercado es insuficiente, el respaldo de los lectores deja de ser simbólico para volverse estructural.
Por eso, más que nunca, este es un esfuerzo compartido. Cada lectura, cada suscripción, cada contenido difundido contribuye a sostener un espacio informativo libre. El periodismo no se defiende con discursos, sino con decisiones.
Nuestra tarea es decir la verdad. Y la verdad es que no son tiempos fáciles para el periodismo, pero también es cierto que nunca fue tan necesario como ahora.
Gracias por leernos.


