Gobernar con todos
La reunión entre el Gobierno central y los nuevos gobernadores dejó una señal valiosa: Bolivia necesita coordinación, diálogo y respeto institucional. En tiempos complejos, ningún nivel del Estado puede avanzar solo.
Bolivia atraviesa una etapa exigente. Las tensiones económicas, el desgaste institucional, la presión social y los desafíos estructurales acumulados deberían obligar a una gestión más inteligente, más abierta y menos encerrada en trincheras ideológicas (aunque no exenta de ellas), sin embargo, nada parece indicar que el presidente tenga verdadera intención de modificar su "estrategia.
En ese contexto, el encuentro de la pasada semana entre el presidente Rodrigo Paz y los nuevos gobernadores electos que ofreció una imagen tan necesaria como infrecuente parece un oasis en medio del páramo: autoridades distintas, con trayectorias diversas, sentadas a conversar sobre el país real.
No fue un detalle menor, pero no parece haber tenido impacto entre los asesores principales.
Durante demasiado tiempo, la política boliviana ha confundido liderazgo con imposición y gobernabilidad con obediencia. Se ha intentado administrar la pluralidad como si fuera una amenaza, cuando en realidad es una condición natural de toda democracia. El resultado suele ser conocido: aislamiento, confrontación innecesaria y decisiones pobres tomadas entre pocos.
Por eso la coordinación entre el Gobierno central y las nuevas autoridades departamentales no debería quedarse en una fotografía protocolar. Debería convertirse en método de trabajo. Cuadre o no cuadre.
Tal vez la escena más prometedora de estos meses haya sido justamente esa: un salón con autoridades jóvenes, diversas, dialogando sin estridencias sobre el futuro común.
Los gobernadores llegan con legitimidad territorial, conocimiento directo de los problemas locales y agendas propias nacidas del voto ciudadano. Algunos representarán afinidades con el Ejecutivo; otros encarnarán miradas críticas o alternativas. Esa diversidad no debiera incomodar a nadie. Al contrario: puede enriquecer la toma de decisiones y corregir la peligrosa tentación del pensamiento único.
Bolivia necesita hoy una visión amplia, que desde Palacio Quemado se niega. La crisis productiva no se resolverá solo desde escritorios ministeriales en La Paz. Tampoco la salud pública, la infraestructura, el empleo juvenil, el acceso al agua, la seguridad ciudadana o la lucha contra los efectos del cambio climático. Todos esos desafíos tienen expresión territorial concreta y requieren alianzas entre niveles del Estado.
Tarija conoce bien esa necesidad. Las oportunidades vinculadas al turismo, la producción agroindustrial, la transición energética, la conectividad vial y la gestión hídrica exigen articulación nacional y departamental. Lo mismo ocurre en el resto del país, cada región con su potencial y sus urgencias.
El presidente Paz tiene una habilidad política innata en el trato personal y capacidad para generar climas de distensión. Esa virtud puede ser un activo importante si se traduce en acuerdos duraderos. Pero para ello será necesario abandonar lógicas binarias de amigos y enemigos, tan frecuentes en nuestra historia reciente y tan improductivas para gobernar o para ganar elecciones, como las recientes elecciones autonómicas y el aislamiento político y social actual han dejado en evidencia.
La ciudadanía esperaba soluciones, no relatos de confrontación ni de favoritismos. Esperaba obras, empleo, certezas básicas y un Estado que funcione. No le interesaba demasiado quién se lleva el mérito, sino que los problemas empiecen a resolverse.
También los gobernadores tienen responsabilidades. Deben ejercer autonomía con seriedad, evitar el victimismo fácil y presentar propuestas viables. Coordinar no significa subordinarse, pero tampoco bloquear por cálculo político. La madurez democrática exige cooperación entre distintos.
Tal vez la escena más prometedora de estos meses haya sido justamente esa: un salón con autoridades jóvenes, diversas, dialogando sin estridencias sobre el futuro común. Si esa atmósfera se convierte en política pública, Bolivia habrá dado un paso importante.
Porque en tiempos difíciles, gobernar no es imponer una voz. Es saber escuchar muchas.


