Harvard: La técnica y la ideología
No toda propuesta presentada con sellos académicos, lenguaje sofisticado y respaldo internacional es necesariamente neutral. También las recetas técnicas responden a intereses, supuestos y visiones del mundo que deben ser debatidos con seriedad.
En Bolivia persiste una vieja fascinación por aquello que llega desde afuera con membrete prestigioso. Si una idea viene acompañada por una universidad reconocida, un consultor extranjero o un informe escrito en inglés, suele atribuírsele automáticamente una superioridad intelectual que exime del debate. Es un error frecuente y costoso.
Los recientes documentos promovidos desde ciertos espacios académicos internacionales sobre la economía boliviana han sido presentados como “conocimiento de primer nivel”, como si esa etiqueta bastara para cerrar cualquier discusión. Sin embargo, conviene recordar algo elemental: la técnica no vive al margen de la política, ni la economía es una ciencia exacta desprendida de intereses materiales.
Empresas públicas capturadas por cuotas partidarias, burocracias improductivas, corrupción y ausencia de planificación son realidades que deben enfrentarse
Toda recomendación económica parte de supuestos. Qué se mide, qué se omite, qué variables se privilegian, qué experiencias se toman como ejemplo y cuáles se silencian. También importa quién financia, quién difunde y quién se beneficia de las conclusiones. Pretender que todo eso desaparece detrás de una tabla estadística o un lenguaje tecnocrático no es rigor: es ocultamiento.
Más aún cuando algunos diagnósticos se sostienen sobre bases históricas discutibles o sesgadas ideológicamente. En el caso boliviano, la experiencia enseña que durante años circularon cifras sobredimensionadas sobre reservas hidrocarburíferas, alentadas por actores que tenían incentivos claros para inflar expectativas y valoraciones. Construir propuestas de largo plazo sobre datos cuestionables no fortalece el debate público; lo distorsiona.
Tampoco resulta novedosa la orientación de muchas de estas recetas. Reducción del rol estatal, apertura acelerada, transferencia de áreas estratégicas al capital privado y confianza casi religiosa en que el mercado ordenará lo que la política no resuelve. Bolivia ya transitó ese camino. Sus resultados fueron desiguales: modernización en algunos sectores, sí, pero también exclusión, dependencia externa y fractura social.
Eso no significa defender el inmovilismo ni negar errores evidentes del Estado boliviano. Empresas públicas capturadas por cuotas partidarias, burocracias improductivas, corrupción y ausencia de planificación son realidades que deben enfrentarse. Pero una cosa es reformar con inteligencia y otra muy distinta desmontar capacidades nacionales bajo el argumento de una supuesta neutralidad científica.
El país necesita conocimiento de calidad, sin duda. Necesita universidades fuertes, centros de investigación serios, datos transparentes y discusión honesta. Pero también necesita pensamiento propio, anclado en la realidad productiva, territorial y social boliviana. Ningún paper sustituye la experiencia histórica de un país complejo, desigual y todavía en construcción.
La verdadera valentía intelectual no consiste en repetir recetas importadas ni en rendirse ante la autoridad de una marca académica. Consiste en someter todas las ideas —vengan de Harvard, de La Paz o de Tarija— al mismo examen crítico: si sirven al desarrollo nacional, si amplían soberanía, si generan bienestar sostenible y si respetan la dignidad de la sociedad.
Porque también las fórmulas técnicas pueden ser ideológicas. Y cuando eso ocurre, corresponde discutirlas sin reverencias.


