Tariquía, la hora de definirse
Tariquía es, en muchos sentidos, una prueba de coherencia para el departamento: entre lo que se dice sobre sostenibilidad y lo que realmente se está dispuesto a hacer
Pasadas las campañas, agotados los discursos y despejada la competencia electoral, llega el momento de las decisiones reales. Y pocas son tan claras —y tan incómodas— como la que hoy enfrenta Tarija con la Reserva Nacional de Flora y Fauna Tariquía.
Durante meses, el tema ha sido administrado con ambigüedad. Declaraciones medidas, compromisos difusos y silencios oportunos han evitado una definición de fondo. Pero ya no hay margen para eludirla: o se apuesta por preservar íntegramente Tariquía como patrimonio natural estratégico, o se abre la puerta a la actividad extractiva con la expectativa de un beneficio económico que, como tantas veces, es incierto y de corto plazo.
No es un dilema menor ni simplificable. Tarija conoce bien lo que significó el ciclo del gas: recursos abundantes, crecimiento acelerado y, también, una dependencia que hoy muestra sus límites. Repetir esa lógica en un área protegida implica asumir riesgos que trascienden lo económico. Tariquía no es solo un territorio con potencial hidrocarburífero; es un reservorio de biodiversidad, una fuente de agua y un activo ambiental cuyo valor no puede medirse únicamente en términos de renta inmediata.
Quienes defienden la exploración sostienen que la tecnología actual permite minimizar impactos y que los ingresos podrían dinamizar la economía regional. Es un argumento legítimo, pero incompleto. La experiencia comparada muestra que incluso con estándares elevados, la actividad extractiva en áreas sensibles genera tensiones, fragmenta ecosistemas y compromete servicios ambientales clave. Y cuando el recurso se agota, lo que queda no siempre compensa lo que se perdió.
En contextos de pobreza estructural, con limitadas alternativas económicas y fuertes asimetrías de información, la capacidad de decidir libremente de los comunarios es prácticamente nula
Del otro lado, quienes abogan por la protección total de la reserva plantean una visión de largo plazo, vinculada a la sostenibilidad, al turismo responsable y a la preservación de recursos estratégicos como el agua. Es una apuesta más compleja, menos inmediata en términos de ingresos, pero potencialmente más coherente con un modelo de desarrollo diversificado que Tarija necesita construir.
En medio de este debate, la consulta previa a las comunidades ha sido presentada como mecanismo de legitimación, y de todo lo contrario. Por ello, conviene no idealizarla. En contextos de pobreza estructural, con limitadas alternativas económicas y fuertes asimetrías de información, la capacidad de decidir libremente de los comunarios es prácticamente nula. Convertir la consulta en un trámite para habilitar decisiones ya tomadas es, en los hechos, trasladar una responsabilidad que corresponde al Estado.
Por eso, la definición no puede esconderse detrás de procedimientos. Es política, es estratégica y es ética.
Las nuevas autoridades tienen la obligación de asumir una posición clara, basada en evidencia, en planificación y en una visión de futuro que trascienda el corto plazo. No decidir también es una forma de decidir, y generalmente la más costosa.
Tariquía no admite más ambigüedades. Es, en muchos sentidos, una prueba de coherencia para el departamento: entre lo que se dice sobre sostenibilidad y lo que realmente se está dispuesto a hacer.
El tiempo de las campañas ya pasó. Es hora de definir qué modelo de desarrollo quiere Tarija. Y de asumir las consecuencias de esa elección.


