La salud no puede esperar

La salud no puede seguir siendo un privilegio ni un negocio: Bolivia necesita reformas estructurales que garanticen atención digna, oportuna y universal para todos

El 7 de abril, en el marco del Día Mundial de la Salud impulsado por la Organización Mundial de la Salud, el mundo vuelve a recordar una verdad tan evidente como incómoda: la salud es un derecho fundamental. No un privilegio, no un negocio, no una mercancía. Un derecho.

En Bolivia, sin embargo, esa premisa básica sigue lejos de cumplirse.

El sistema sanitario arrastra problemas estructurales que no han sido resueltos en décadas. Fragmentación institucional, infraestructura insuficiente, déficit de personal, burocracia excesiva y, sobre todo, una lógica perversa que en muchos casos ha convertido la atención en salud en una transacción económica antes que en un servicio público. Para demasiadas familias, enfermarse sigue siendo sinónimo de endeudarse o resignarse.

Ese es el núcleo del problema.

Más allá de los discursos, la cobertura sanitaria efectiva —esa que garantiza atención oportuna, de calidad y sin riesgo financiero— continúa siendo una promesa incompleta. Y lo que es más preocupante: el debate público sobre salud suele quedarse en lo coyuntural, en la crisis del momento, sin avanzar hacia reformas estructurales que ataquen las causas profundas.

Bolivia necesita avanzar hacia un sistema integrado, eficiente y equitativo. Eso implica ordenar competencias entre niveles de gobierno

El lema de este año, centrado en la colaboración científica y el enfoque de “Una sola salud”, apunta en la dirección correcta. La salud no es un compartimento aislado: está vinculada al ambiente, a la alimentación, a las condiciones de vida, al acceso al agua, a la educación. Es, en definitiva, un reflejo del modelo de desarrollo.

Pero para que ese enfoque se traduzca en realidad, se requiere decisión política.

Bolivia necesita avanzar hacia un sistema integrado, eficiente y equitativo. Eso implica ordenar competencias entre niveles de gobierno, invertir con criterio en infraestructura y tecnología, fortalecer la formación y retención de recursos humanos, y, sobre todo, establecer mecanismos de financiamiento sostenibles que no recaigan de manera desproporcionada en los ciudadanos.

También implica algo más difícil: cambiar la lógica.

La salud no puede seguir siendo vista como un espacio de rentabilidad, donde el acceso depende de la capacidad de pago o de la intermediación. Tampoco puede quedar atrapada en disputas corporativas o en visiones parciales que impiden construir un sistema coherente. Se trata de garantizar que cualquier persona, en cualquier punto del país, pueda recibir atención digna cuando la necesite.

Dormir tranquilo, sabiendo que el sistema responderá, debería ser una certeza básica en cualquier sociedad.

En este 7 de abril, la invitación no es solo a reflexionar, sino a exigir. A entender que la salud no admite postergaciones ni parches. Que requiere reformas profundas, consensos amplios y una mirada de largo plazo.

Porque al final, no hay desarrollo posible, ni crecimiento sostenible, ni cohesión social si la base más elemental —la salud de la población— sigue siendo una asignatura pendiente.


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