Resurrección y responsabilidad

Creer en Bolivia —en sus capacidades, en su gente, en su potencial— es hoy más necesario que nunca

La Semana Santa culmina este domingo, como cada año, con un mensaje que trasciende lo estrictamente religioso. La idea de la resurrección —de volver a empezar, de levantarse incluso después de la caída más dura— conecta con una dimensión profundamente humana: la necesidad de creer que siempre hay una posibilidad de recomponer el rumbo.

En un país como Bolivia, esa metáfora no es menor.

Venimos de años de desgaste institucional, de tensiones políticas acumuladas y de una economía que empieza a mostrar límites evidentes. En ese contexto, la esperanza no puede ser solo una palabra vacía ni un recurso retórico: debe convertirse en una actitud colectiva, en una decisión de asumir responsabilidades, corregir errores y construir futuro con mayor seriedad.

Creer en Bolivia —en sus capacidades, en su gente, en su potencial— es hoy más necesario que nunca. Pero esa esperanza también exige coherencia, especialmente de quienes ejercen el poder.

Por lo general en la política boliviana se hace común la apropiación de símbolos comunes y ocupación de espacios como extensión del discurso político; unos usaron lo religioso, otros lo místico ancestral cultural, y por eso siempre conviene recordar que la institucionalidad democrática se sostiene precisamente en la separación de ámbitos, en el respeto a la diversidad de creencias y en la neutralidad del Estado frente a ellas.

Cuando esa frontera se difumina, el riesgo es evidente.

No solo se instrumentaliza la fe —que pertenece al ámbito íntimo de las personas—, sino que se introduce una lógica de legitimación moral que resulta peligrosa en política. Más aún cuando esa narrativa se construye en términos de “buenos” y “malos”, de justos y equivocados, como si la complejidad del país pudiera reducirse a categorías tan simplistas.

No parece, en efecto, un enfoque particularmente cristiano.

La tradición que se conmemora en estos días habla más bien de humildad, de autocrítica, de servicio y de capacidad de perdonar. Habla de tender puentes, no de profundizar divisiones. De reconocer errores, no de atribuir culpas de manera selectiva. De construir comunidad, no de fragmentarla en bandos irreconciliables.

Por eso, si la Semana Santa ha de tener algún sentido en el debate público, debería ser el de invitar a una reflexión más profunda sobre la forma en que se ejerce el poder.

Gobernar no es predicar. Y la fe, cuando se utiliza como herramienta política, pierde su esencia y se convierte en un recurso más de confrontación.

Bolivia necesita hoy, más que relatos, resultados. Más que gestos simbólicos, decisiones concretas que permitan encarar los desafíos estructurales del país. Y para eso se requiere un liderazgo que inspire confianza desde la gestión, no desde la apropiación de valores que deberían estar por encima de cualquier coyuntura.

La resurrección, entendida como la posibilidad de empezar de nuevo, sigue siendo una idea poderosa.

Pero no hay resurrección posible sin reconocimiento de los errores, sin voluntad real de cambio y sin un compromiso auténtico con el bien común.

Esa es, quizá, la lección más vigente de estos días.


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