El partido (III)

El objetivo ahora se traslada al horizonte de 2030. Puede parecer lejano, pero en términos futbolísticos es el tiempo necesario para consolidar una generación, fortalecer una estructura y competir con mayor regularidad

Las derrotas, en el fútbol como en la vida, suelen ser el momento de la verdad. No por el resultado en sí mismo, sino por lo que revelan: carácter, madurez y, sobre todo, capacidad de sostener lo construido cuando la ilusión se interrumpe.

Bolivia cayó ante Irak por 2-1 y con ello se esfumó la posibilidad inmediata de volver a un Mundial. Duele, porque el partido fue competido, porque hubo control en varios tramos y porque, en esencia, faltó lo más determinante en este juego: el gol. Pero reducir todo a ese desenlace sería, una vez más, caer en el error de siempre.

Lo importante no se perdió en Monterrey.

Las palabras de Óscar Villegas apuntan en la dirección correcta: esto ha sido un salto de calidad. No como consuelo fácil, sino como constatación de un proceso que empieza a dar señales concretas. Bolivia compitió, mostró orden, intensidad y una identidad que durante años pareció ausente. No alcanzó, es cierto. Pero estuvo cerca, y eso también es parte del crecimiento.

Este equipo, en cambio, ha logrado algo que no es menor: volver a instalar la idea de que se puede competir con dignidad.

Porque el fútbol boliviano no venía de la exigencia, sino de la resignación.

Este equipo, en cambio, ha logrado algo que no es menor: volver a instalar la idea de que se puede competir con dignidad. Que hay una base joven capaz de sostener un proyecto. Que, con trabajo y continuidad, es posible reducir la brecha que durante tanto tiempo pareció insalvable.

Ese es el verdadero punto de partida.

Por eso, ahora más que nunca, corresponde evitar los extremos. Ni el triunfalismo ingenuo tras una victoria aislada ni el pesimismo destructivo tras una derrota. Bolivia necesita aprender a gestionar ambos escenarios con madurez, entendiendo que los procesos serios no se quiebran por un resultado ni se consolidan por un partido.

Se consolidan en el tiempo.

Villegas ha apostado por una línea clara: renovación, disciplina y trabajo. Tiene contrato, tiene margen y, sobre todo, tiene un grupo que ha respondido. Interrumpir ese camino sería repetir un patrón conocido, ese que ha condenado al fútbol boliviano a empezar de cero una y otra vez.

El desafío es, precisamente, no hacerlo.

También hay lecciones específicas que deja este partido. La falta de eficacia, los detalles defensivos, la necesidad de competir mejor en momentos clave. Todo eso debe ser analizado, corregido y trabajado. Pero desde la construcción, no desde la demolición.

Porque esta vez sí hay algo que sostener.

El objetivo ahora se traslada al horizonte de 2030. Puede parecer lejano, pero en términos futbolísticos es el tiempo necesario para consolidar una generación, fortalecer una estructura y competir con mayor regularidad. La experiencia acumulada en este repechaje, más allá del resultado, es parte de ese camino.

Bolivia ha vuelto a asomarse a un escenario internacional con cierta dignidad. Ha mostrado que puede estar, que puede pelear, que puede ilusionar sin caer en la ingenuidad.

Eso no se puede perder.

El fútbol, como toda construcción colectiva, exige paciencia. Pero también convicción. Y en este caso, ambas parecen empezar a alinearse.

Perder duele. Pero aprender a perder bien —sin renunciar a lo avanzado— es, muchas veces, el paso previo necesario para empezar a ganar.

Ese es, hoy por hoy, el verdadero partido.


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