El partido (II)

Este equipo no llegó aquí por azar. Hay una base de jugadores jóvenes, una renovación necesaria y, sobre todo, una conducción técnica que ha apostado por ordenar, competir y sostener una idea

Hay partidos que marcan épocas. Y hay otros que, además, ponen a prueba la madurez de un país entero frente a su propia ilusión. El encuentro de esta noche ante Irak pertenece a ambas categorías. Bolivia está a un paso de volver a un Mundial, algo que durante años pareció una quimera, y lo hace desde un proceso que —con todas sus limitaciones— ha sabido reconstruir credibilidad desde lo esencial: trabajo, coherencia y paciencia.

No es un detalle menor.

Este equipo no llegó aquí por azar. Hay una base de jugadores jóvenes, una renovación necesaria y, sobre todo, una conducción técnica encabezada por Óscar Villegas que ha apostado por ordenar, competir y sostener una idea. Sin grandes discursos, sin promesas vacías, pero con resultados que han vuelto a conectar a la gente con su selección.

Ese vínculo es, en sí mismo, una victoria.

Sin embargo, el desafío no es solo deportivo. Como en el anterior partido, el riesgo está también fuera de la cancha. Bolivia arrastra una relación tensa con su fútbol, marcada por la impaciencia y el péndulo constante entre la euforia y la descalificación. En este tipo de citas, ese rasgo puede ser tan determinante como cualquier planteamiento táctico.

Lo verdaderamente importante no es este partido —aunque lo sea todo en términos emocionales—, sino lo que se ha empezado a construir detrás

Conviene decirlo con claridad: pase lo que pase, este proceso merece continuidad.

Si se gana, Bolivia habrá logrado una clasificación histórica que exigirá, más que nunca, cabeza fría. Administrar el éxito ha sido tradicionalmente una de nuestras mayores debilidades, y caer en el triunfalismo sería tan perjudicial como desconocer lo avanzado en una eventual derrota.

Si no se logra el objetivo, el error sería aún mayor: empezar de cero, desmontar lo construido y volver al círculo vicioso de siempre. El fútbol boliviano ya ha transitado demasiadas veces ese camino.

Porque lo verdaderamente importante no es este partido —aunque lo sea todo en términos emocionales—, sino lo que se ha empezado a construir detrás. Una selección con identidad, con recambio, con una lógica de trabajo que puede sostenerse en el tiempo si se la protege de los impulsos cortoplacistas.

Eso también se juega mañana.

Bolivia necesita aprender a competir, pero también a acompañar. A exigir con criterio, a respaldar con convicción y a entender que los procesos no se validan únicamente con resultados inmediatos, sino con la capacidad de sostenerlos incluso en la adversidad.

Este equipo ha devuelto algo que parecía perdido: una ilusión razonable. No basada en el azar, sino en señales concretas de crecimiento.

Cuidarla es tan importante como ganar.

Porque, al final, más allá de Irak, del marcador y de la clasificación, el verdadero partido sigue siendo el mismo: el de construir un fútbol que no dependa de milagros, sino de trabajo sostenido.

Y ese, gane o pierda, recién empieza.


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