El partido
El fútbol, como cualquier construcción colectiva, requiere tiempo, continuidad y paciencia. Los procesos sólidos no se miden únicamente por un resultado, sino por la capacidad de sostener una idea
Hay momentos en los que el fútbol deja de ser solo un juego para convertirse en espejo. Este jueves, Bolivia vuelve a asomarse a una posibilidad que parecía lejana: competir por un lugar en un Mundial. No es un detalle menor. Hace décadas que el país no vivía una instancia así, con opciones reales y con una selección que, más allá de sus limitaciones, ha sabido reconstruirse desde abajo.
El proceso merece ser puesto en valor.
Este equipo no es fruto de la casualidad ni del golpe de suerte. Es, en buena medida, el resultado de una apuesta distinta: jugadores jóvenes, menos ataduras a viejos vicios, y un cuerpo técnico encabezado por Óscar Villegas que ha optado por el trabajo, la disciplina y una idea clara de juego. Sin estridencias, sin promesas grandilocuentes, pero con resultados que han devuelto una ilusión largamente postergada.
No todo está bien, pero hay cosas que están mejor. En un país acostumbrado a la frustración futbolística, eso ya es un avance significativo.
Si no se logra el objetivo, no debería tirarse por la borda lo construido, sino más bien reforzarlo, corregir errores y sostener la apuesta.
Sin embargo, junto con la expectativa, también aflora un viejo problema: el fanatismo mal entendido. Ese que convierte cada partido en un juicio definitivo, que pasa de la euforia desmedida al desprecio absoluto en cuestión de minutos. Ese que, en lugar de acompañar procesos, exige resultados inmediatos y, ante la derrota, no duda en descalificar no solo al equipo, sino al país entero.
Es un error.
El fútbol, como cualquier construcción colectiva, requiere tiempo, continuidad y paciencia. Los procesos sólidos no se miden únicamente por un resultado, sino por la capacidad de sostener una idea, de formar jugadores, de competir con dignidad y de aprender incluso en la derrota. Y en ese sentido, Bolivia parece haber dado algunos pasos en la dirección correcta.
Por eso, más allá de lo que ocurra este jueves —y en el partido que aún quedará por disputarse—, el foco debería mantenerse donde corresponde: en consolidar lo avanzado.
Si se gana, será un mérito enorme que habrá que administrar con inteligencia, evitando caer en triunfalismos que tantas veces han sido preludio de nuevas caídas. Si no se logra el objetivo, no debería tirarse por la borda lo construido, sino más bien reforzarlo, corregir errores y sostener la apuesta.
El verdadero desafío no es solo clasificar a un Mundial. Es construir una selección competitiva en el tiempo, con identidad, con recambio generacional y con una estructura que respalde el talento.
Bolivia necesita también aprender a relacionarse mejor con su fútbol. A exigir, sí, pero con criterio. A apoyar, incluso en la dificultad. A entender que los procesos —cuando son serios— merecen continuidad.
Este equipo ha devuelto algo que parecía perdido: la posibilidad de creer sin ingenuidad. Cuidar eso es, hoy por hoy, tan importante como el resultado en la cancha.
Porque, al final, el partido más importante no es el del jueves. Es el que Bolivia juega consigo misma: el de aprender a construir, sostener y crecer.


