La política, los candidatos, la continuidad

Un sistema que expulsa a sus liderazgos tras la derrota debilita la representación y empobrece el debate democrático

En cada elección autonómica se repite una paradoja que Bolivia arrastra desde hace años y que conviene poner sobre la mesa con serenidad: los liderazgos más visibles, los que construyen proyecto, recorren territorio, debaten ideas y asumen el costo de exponerse ante la ciudadanía, quedan fuera del sistema institucional si no ganan. El candidato a gobernador o alcalde pierde y se va a su casa. Con él, en muchos casos, se disuelve también una propuesta, un equipo y una energía política que había logrado interpelar a miles de votantes.

Mientras tanto, los espacios de representación —concejos municipales, asambleas departamentales e incluso la Asamblea Legislativa nacional— se llenan de nombres que, en demasiadas ocasiones, no han pasado por el mismo escrutinio público ni han construido un vínculo directo con la ciudadanía. Son, fundamentalmente, ilustres desconocidos en un tiempo de culto a la personalidad y sometimientos autoritarios. No se trata de desmerecer su legitimidad formal, que la tienen, sino de reconocer una debilidad estructural: la desconexión entre liderazgo político real y presencia efectiva en los órganos de decisión.

El sistema boliviano, de fuerte impronta presidencialista aunque contradictorio – hay segunda vuelta para Gobernadores, pero no para alcaldes -, genera así un efecto indeseado. Premia el “todo o nada”. O se gana el Ejecutivo, o se desaparece del mapa institucional. Y en ese camino se pierde algo valioso: la posibilidad de que quienes han cosechado respaldo ciudadano significativo —aunque insuficiente para ganar— puedan canalizar esa representación desde el Legislativo, enriquecer el debate, fiscalizar con conocimiento de causa y contribuir a la construcción de políticas públicas. De Luciana Campero a Ervin Mancilla o Wilfredo Vicente y Never Antelo, hay nombres propios por demás.

Bolivia necesita corregir una paradoja: quienes más votos, propuestas y legitimidad acumulan en campaña quedan fuera, mientras los espacios legislativos se llenan de figuras poco conocidas y sin proyecto claro

Otros sistemas de orden parlamentario han resuelto este dilema con mecanismos más flexibles, donde los liderazgos derrotados en el Ejecutivo encuentran continuidad en parlamentos o concejos, manteniendo viva la competencia democrática, dando posibilidades de solidificar un proyecto político más o menos ideológico y elevando la calidad del debate. Aquí, en cambio, la política se vuelve episódica: intensa durante la campaña, pero frágil y discontinua después de los resultados, mientras se sostiene aquello de que “una vez gobernó el tercero”, menospreciando la capacidad de los representantes del pueblo de llegar a acuerdos para garantizar lo mejor.

No es casual entonces que muchos espacios legislativos terminen diluyéndose, sin norte claro, sin liderazgo articulador y, en el peor de los casos, subordinados a lógicas coyunturales o intereses particulares. La ausencia del “jefe político” —sobre todo cuando no hay estructuras partidarias sólidas detrás— deja a estas instancias sin dirección ni proyecto, reduciendo su potencial transformador.

Esta reflexión no busca deslegitimar a quienes hoy ocupan esos cargos, sino más bien fortalecer el sistema en su conjunto. Porque la democracia no se agota en elegir autoridades ejecutivas; se sostiene, sobre todo, en la calidad de sus deliberaciones, en la diversidad de voces y en la capacidad de representar de forma efectiva a la ciudadanía.

Por eso, junto con celebrar una vez más la participación, el compromiso y las ganas de tantos candidatos y equipos que han puesto el cuerpo en esta elección, corresponde también mirar hacia adelante. A quienes no alcanzaron la victoria, animarlos a seguir, a prepararse más, a no abandonar el espacio público. La política también se construye desde fuera de las instituciones, en la sociedad civil, en los medios, en la reflexión crítica.

Pero al mismo tiempo, es legítimo —y necesario— abrir el debate sobre posibles ajustes normativos que permitan aprovechar mejor ese capital político. Mecanismos que faciliten la continuidad de los liderazgos con respaldo electoral dentro de los órganos deliberativos no solo harían más representativo el sistema, sino también más eficiente y más conectado con la ciudadanía.

Bolivia necesita más y mejor política. Y eso pasa, también, por no dejar fuera a quienes ya han demostrado su voluntad —y su capacidad— de aportar.


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