Ormuz y la fragilidad boliviana
Para el mundo, el problema es evidente: Ormuz no tiene sustituto. Pero para Bolivia, la cuestión adquiere una dimensión distinta y quizá más inquietante.
El estrecho de Ormuz, ese angosto corredor marítimo entre Irán y Omán por el que circula cerca del 20% del petróleo y del gas del mundo, vuelve a situarse en el centro de la geopolítica global. La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha colocado al principal cuello de botella energético del planeta al borde de una parálisis, con navieras evitando la zona, ataques a infraestructuras energéticas y un clima de incertidumbre creciente en los mercados.
La reacción empezó siendo contenida, pero ya no. El precio del petróleo ha subido de forma disparada hasta los 100 dólares y el gas ha mostrado picos de nerviosismo, especialmente en Europa. Los analistas recuerdan que existen reservas acumuladas, que la producción global ha superado a la demanda en los últimos meses y que Estados Unidos ha reforzado su papel como gran productor gracias al fracking. Sin embargo, la calma fue engañosa.
Irán sabe que no necesita cerrar físicamente Ormuz para provocar un terremoto energético: basta con convertir el tránsito en demasiado peligroso y caro. Esa estrategia de “denegación de área”, basada en ataques selectivos, minas, drones y guerra electrónica, ya está teniendo efectos. Catar dio la voz de alarma y con eso no se juega: la paralización de la producción es una posibilidad real. En un mercado que funciona por expectativas, esa incertidumbre puede ser tan poderosa como un bloqueo real.
Bolivia debería estar discutiendo ya un plan concreto de contingencia que contemple distintos escenarios de precios energéticos, pero seguimos discutiendo la “gasolina negra”
Para el mundo, el problema es evidente: Ormuz no tiene sustituto. Pero para Bolivia, la cuestión adquiere una dimensión distinta y quizá más inquietante. El país no es un gran actor del mercado petrolero global, pero sí es extraordinariamente vulnerable a sus vaivenes. La economía boliviana atraviesa un momento de fragilidad fiscal, con reservas internacionales menguantes, déficit elevado y una estructura energética que depende en buena medida de subsidios crecientes a los combustibles. En medio de la crisis por la calidad del combustible distribuido, pensar en una nueva subida es políticamente suicida, como dejó claro el ministro de Economía Gabriel Espinoza.
Una escalada prolongada en el Golfo Pérsico puede traducirse en un aumento sostenido de los precios internacionales del petróleo, lo que presionaría aún más el costo de importar combustibles. Pero también podría desencadenar el escenario contrario en el mediano plazo: una desaceleración global o incluso una recesión si la crisis energética se agrava. En ese caso, la demanda de hidrocarburos podría caer y los precios desplomarse con la misma rapidez con la que subieron.
Para un país como Bolivia, que todavía arrastra una fuerte dependencia de los ingresos energéticos —aunque su producción haya declinado—, ese tipo de volatilidad puede ser devastadora si no se anticipa. Las crisis energéticas globales no suelen avisar dos veces y sus efectos se trasladan rápidamente a las cuentas públicas, al tipo de cambio, al costo de vida y a la estabilidad económica.
Por eso sorprende el silencio estratégico del Gobierno frente a un escenario internacional cada vez más inestable. No se trata de alarmismo ni de geopolítica lejana. Se trata de previsión. Bolivia debería estar discutiendo ya un plan concreto de contingencia que contemple distintos escenarios de precios energéticos: desde picos de encarecimiento que disparen el costo de los subsidios hasta eventuales colapsos de precios que afecten los ingresos fiscales y las exportaciones.
Ese plan debería incluir, entre otras cosas, una estrategia clara sobre el manejo de los subsidios, un programa acelerado de diversificación energética, mecanismos de protección fiscal ante choques externos y una hoja de ruta creíble para reducir la vulnerabilidad estructural del país frente a los ciclos del petróleo y el gas. Pero seguimos discutiendo la gasolina negra.
Las crisis globales siempre terminan llegando, incluso a quienes creen estar lejos de ellas. El estrecho de Ormuz puede parecer geográficamente remoto, pero su impacto económico es inmediato y universal. Bolivia haría bien en recordar esa lección antes de que la próxima sacudida del mercado energético nos encuentre, una vez más, sin preparación.


