El misterio de la Autonomía
El debate de fondo sigue siendo otro: cómo fortalecer las autonomías para que funcionen mejor, con competencias definidas, financiamiento sostenible y coordinación efectiva con el nivel central
Hay un par de cosas ciertas en toda la crisis del 50-50. La una es que Andrea Barrientos nunca fue una autonomista convencida dispuesta a partirse el alma por llevar adelante el proceso más transformador que puede vivir el país en este Bicentenario. Y ahí cabe aclarar que ni Andrea, ni ninguno de los pesos pesados del Gobierno. La otra es que para las regiones que sí han padecido durante décadas el centralismo secante culminado con 15 años de promesas vacías, volver a escuchar ciertos planteamientos, en ciertos tonos, luego de haber utilizado el tema como evidente campaña electoral, pues no es ni mucho menos tolerable ni gracioso.
La salida de la viceministra de Autonomías, Andrea Barrientos, tras sus declaraciones sobre la viabilidad del llamado reparto 50/50 de los recursos públicos, en realidad, vuelve a poner sobre la mesa una discusión que Bolivia arrastra desde hace años: cómo avanzar hacia una descentralización real sin caer en simplificaciones que terminan frustrando a todos.
La descentralización no puede avanzar a golpe de consignas. Requiere diagnóstico, acuerdos políticos y una arquitectura normativa clara. Pero rápida.
La Constitución de 2009 introdujo la Autonomía, pero con una ensalada de competencias de tal calibre que la ha hecho inviable. Eso no quiere decir que departamentos como Santa Cruz o Tarija hayan intentado sacar adelante ese proyecto con todas sus dificultades, y no es por cálculo o letanía, sino por convencimiento.
Son 15 años, por lo que volver a sentir paños fríos y promesas sobre los plazos suena a cuchilladas. Aún así, lejos de ser una herejía política, esa afirmación refleja una realidad técnica que muchos prefieren evitar: antes de repartir mejor, es imprescindible ordenar las responsabilidades del Estado.
Las autonomías no se fortalecen únicamente moviendo porcentajes en una hoja de cálculo.
Uno de los problemas estructurales del modelo autonómico boliviano es la persistente confusión sobre qué corresponde hacer a cada nivel de gobierno. Municipios, gobernaciones y el propio Estado central comparten o disputan competencias en áreas clave, mientras otras responsabilidades quedan difusas o directamente desatendidas.
En ese contexto, prometer un reparto 50/50 sin antes definir con claridad quién debe financiar qué servicios puede terminar generando nuevas distorsiones. No se trata de negar la necesidad de una distribución más equilibrada, sino de construirla sobre bases institucionales sólidas.
La descentralización no puede avanzar a golpe de consignas. Requiere diagnóstico, acuerdos políticos y una arquitectura normativa clara. Pero rápida.
Que una autoridad pública reconozca la complejidad de un proceso debería ser visto como un ejercicio de responsabilidad. Si la consecuencia de decirlo es la salida del cargo, el mensaje para el resto de la administración es preocupante: la política premia el silencio y castiga la franqueza.
Por ello corresponde reconocer el gesto de Andrea Barrientos. Más allá de las diferencias que puedan existir sobre su gestión, asumir las consecuencias de sus declaraciones y dar un paso al costado es una decisión que merece respeto en un contexto político donde la autocrítica suele brillar por su ausencia.
Tal vez sería saludable que otros actores públicos —algunos con mayor peso político y mediático— asumieran con la misma claridad sus responsabilidades cuando sus decisiones generan controversia o resultados cuestionables.
En las últimas horas han surgido propuestas para cerrar el Viceministerio de Autonomías o reemplazarlo por delegados presidenciales en cada departamento. Son ideas que pueden discutirse, pero que requieren el mismo rigor que se reclama en la distribución de recursos.
El debate de fondo sigue siendo otro: cómo fortalecer las autonomías para que funcionen mejor, con competencias definidas, financiamiento sostenible y coordinación efectiva con el nivel central.
Bolivia necesita profundizar su modelo autonómico, no debilitarlo con soluciones improvisadas o decisiones tomadas en caliente.
Si algo demuestra este episodio es que la descentralización sigue siendo una tarea inconclusa. Y que, para avanzar, el país necesita más debate serio, más claridad institucional y menos castigo político a quienes se atreven a decir que las transformaciones profundas no ocurren de la noche a la mañana.


