Paz y las aventuras de Donald Trump
Paz Pereira ha colocado a Bolivia de escudo del transatlántico de Trump cuyo rumbo en indescifrable y al que miran con escepticismo Europa, Brasil, México, Canadá, Australia o Colombia además de China, India o Rusia
Música épica, unidireccionalidad informativa y el apoyo de la apisonadora mediática de Donald Trump y su control de redes. Rodrigo Paz Pereira se unió formalmente el sábado 7 de marzo en Miami al club de amigos de Trump y arrastró con él a todo el país.
Como todo lo que rodea al presidente del país militarmente más poderoso de la tierra – al menos hasta que se demuestre lo contrario – tiene ese aura soberbia y bufonesca, de entrada, casi nadie se tomó muy en serio lo sucedido en aquella reunión patrocinada por Trump y que viene a ser algo así como otro brazo operativo, esta vez enmarcado para América Latina, de su Junta de Paz “Sociedad Anónima”, y que en síntesis viene a ser la materialización de una alternativa de cooperación multilateral subordinada, desde la firma, a Estados Unidos.
El asunto no es menor. Donald Trump está construyendo una suerte de institucionalidad paralela a la que durante ochenta años ha evitado, mal que bien, una deflagración mundial, incluyendo en esa cuenta cincuenta años de verdadera tensión entre dos modelos civilizatorios contrapuestos.
La Junta de Paz se presentó en enero en la cumbre de Davos, el encuentro anual en el que los millonarios del planeta pasan revista a los políticos. Trump le puso precio al ingreso al club – unos mil millones de dólares – y describió objetivos: promover la paz y la reconstrucción en Gaza, es decir, lo más parecido a un Fondo de Inversión. En su puesta en marcha hace pocas semanas apenas unos pocos países del G20 (Argentina, Arabia Saudí, Indonesia y Turquía) han confirmado su participación mientras el resto plantea serias duras e incluso frontales rechazos.
Es curioso que Bolivia lleve una década dándole vueltas a incorporarse al Mercosur y sea tan fácil adherirse a una estrategia militar que tiene un claro beneficiario identificado.
Lo que se presentó el sábado en Miami y que el presidente de Bolivia firmó, a pesar de no estar sujeto a ningún tipo de institucionalidad multilateral habitual, es una alianza militar. Así como suena. Una alianza militar que además no disimula para nada: está subordinada a los intereses de Estados Unidos y se llama “Escudo de las Américas”. Escudo. El plural se introdujo después.
Trump convocó esencialmente a sus amigos latinoamericanos. A muchos los apoyó abiertamente en campaña como a Milei o Asfura. Otros están absolutamente alineados como Daniel Noboa o José Antonio Kast. No fue el caso de Paz Pereira, quien marcó ciertos límites en campaña, pero que quedaron absolutamente disueltos en pocos días.
Desde el sábado, Paz Pereira ha colocado inequívocamente a Bolivia en el barco de Trump, un transatlántico de rumbo indescifrable que parece dirigirse a toda velocidad contra algo, pero que no solo Rusia, China o India miran con escepticismo, sino al que no sigue ninguna de las potencias de la Unión Europea, ni Reino Unido, ni Brasil, ni México, ni Canadá, ni Colombia, ni Australia, ni en realidad, casi nadie, pero al que una docena de países medianos de América Latina se han ofrecido de escudo.
El presidente, fiel a su estilo, trató de marcar algunas distancias – “no soy de derecha” dijo en al cumbre -, pero la foto no engaña: la nueva Bolivia – que ya no es del ALBA pero que también se ha subido al barco de Israel abandonando el de la CIJ -, se está alejando de los consensos multilaterales y ni siquiera por decisión propia, sino “porque no iba a decir que no, ¿nove?”.
El objetivo declarado es la lucha militar contra el narcotráfico. Militar. Y en ese punto cabe recordar que el narco en Venezuela sirvió de excusa para acercar miles de marines a sus costas y matar a un centenar de pescadores - que con seguridad transportaban droga pero que no eran ni de lejos los capos y tenían derecho a un juicio justo según la legislación internacional – sin que nadie levantara un dedo. El objetivo no declarado tiene que ver con hacer causa común contra China, y ojo que lo de mezclar militares y tierra raras suena peligroso.
En cualquier caso, es curioso que Bolivia lleve una década dándole vueltas a incorporarse al Mercosur y que sin embargo, sea tan fácil adherirse a una estrategia militar que tiene un claro beneficiario identificado.
Las decisiones del Gobierno de Paz no son inocuas y tendrán repercusiones. Una cosa es “conectar Bolivia con el mundo” y otra aventurarse en esquemas unilaterales de riesgo sin conocer los beneficios. Ni las consecuencias.


